A veces se gana, a veces se aprende y a veces se busca sombra bajo un solo árbol
Tamaño de letra
Domingo mundialista en Monterrey: el termómetro rozando los 35 grados, la ilusión rozando el paro cardiaco y la Selección Mexicana despidiéndose de su propio Mundial en octavos con un 3-2 ante Inglaterra que dolió más que el sol de la una de la tarde en la Explanada de los Héroes. Cuarenta años esperando pasar la fase de eliminatorias para que, cuando por fin sucede, nos toque perder en casa como buenos anfitriones que ceden hasta la sala.
La frase oficial del duelo la puso la Presidenta desde Nezahualcóyotl, jersey negro y todo: 'a veces se gana y a veces se aprende'. Traducción para regios: aprendimos que se puede madrugar, formarse tres horas, aguantar el sol como iguana en asfalto y aun así irse a casa con la playera empapada y el marcador en contra. Un máster completo, oiga. Los especialistas, no queriéndose quedar atrás, decretaron que México 'ganó la copa fuera de la cancha' gracias a un legado de 'unidad, identidad y orgullo'. Bonito trofeo, ese que no se puede levantar ni poner en la vitrina, pero que sirve para consolarse el lunes.
El verdadero deporte extremo, sin embargo, no se jugó en el Estadio Ciudad de México sino en los parques metropolitanos. Miles de regios 'madrugaron' —así, entre comillas, porque aquí madrugar para el fut es una disciplina olímpica no reconocida— para abarrotar el Parque del Agua, el Parque Fundidora y la Explanada. La crónica más honesta del día no fue táctica: fue la de los aficionados peleándose cada centímetro de sombra bajo cualquier árbol disponible, como náufragos disputándose la última tabla. Cielo despejado, rayos cayendo con fuerza y una marea verde que descubrió que el rival más difícil no traía escudo de las tres leonas, sino forma de sol de mediodía.
Las autoridades, escarmentadas por los empujones del 30 de junio en el Fan Fest —cuando un grupo rebasó las vallas tras cerrarse el aforo—, montaron un operativo digno de cumbre internacional: doce dependencias coordinadas, Protección Civil regada en ocho sedes y hasta reconocimiento facial. Sí, leyó bien: las cámaras del Parque Fundidora ya identifican jóvenes revoltosos con la misma eficiencia con la que su tía lo etiqueta a usted en fotos de hace quince años. Un adolescente más fue detenido por los disturbios gracias a la tecnología; ojalá esa misma cámara sirviera algún día para localizar los baches de su colonia.
Y como en todo Mundial no falta el rumor, el Gobierno del Estado tuvo que salir a desmentir que en el Fan Fest hubiera muertos aplastados y hasta brotes de covid. La consigna oficial fue de manual: no crean ni difundan noticias falsas. Sabio consejo, aunque uno sospecha que la misma gente que comparte que el drenaje ya se arregló también comparte lo del covid en la Fundidora.
Hubo, eso sí, una nota que apaga cualquier sonrisa: un hombre de mediana edad, con la playera del Tri puesta, se desvaneció y perdió la vida en el andén de la estación Fundadores del Metro. Un recordatorio, sin ironías, de que la fiesta se disfruta mejor con agua, sombra y calma, y de que ningún partido vale un domingo de más.
En el plano internacional, el luto también cruzó fronteras: Neymar anunció su retiro tras la eliminación de Brasil, dejando huérfanos a los memes y a los defensas que ya extrañan sus rodadas. Mientras tanto se cerraron avenidas, se aplicó ley seca en varias zonas del país y se pidió, por enésima vez, 'vivir el partido desde casa', frase que en Nuevo León tiene el mismo efecto que decirle a un perro que no persiga la pelota.
El saldo del domingo, pues, es el clásico de la casa: el Tri se fue con la frente en alto y la afición con la nuca quemada. Aprendimos, dicen. Aprendimos que somos el mejor anfitrión del mundo —recibimos a todos, incluso a la derrota, y le ofrecemos agua fresca—. Aprendimos que 35 grados no bajan el ánimo pero sí la presión. Y aprendimos que, en Monterrey, la única constante mundialista no es el marcador: es la búsqueda desesperada de una sombrita. El lunes, a ver si ahora sí llegan las clases, la lluvia y el consuelo. En ese orden de improbabilidad.
La frase oficial del duelo la puso la Presidenta desde Nezahualcóyotl, jersey negro y todo: 'a veces se gana y a veces se aprende'. Traducción para regios: aprendimos que se puede madrugar, formarse tres horas, aguantar el sol como iguana en asfalto y aun así irse a casa con la playera empapada y el marcador en contra. Un máster completo, oiga. Los especialistas, no queriéndose quedar atrás, decretaron que México 'ganó la copa fuera de la cancha' gracias a un legado de 'unidad, identidad y orgullo'. Bonito trofeo, ese que no se puede levantar ni poner en la vitrina, pero que sirve para consolarse el lunes.
El verdadero deporte extremo, sin embargo, no se jugó en el Estadio Ciudad de México sino en los parques metropolitanos. Miles de regios 'madrugaron' —así, entre comillas, porque aquí madrugar para el fut es una disciplina olímpica no reconocida— para abarrotar el Parque del Agua, el Parque Fundidora y la Explanada. La crónica más honesta del día no fue táctica: fue la de los aficionados peleándose cada centímetro de sombra bajo cualquier árbol disponible, como náufragos disputándose la última tabla. Cielo despejado, rayos cayendo con fuerza y una marea verde que descubrió que el rival más difícil no traía escudo de las tres leonas, sino forma de sol de mediodía.
Las autoridades, escarmentadas por los empujones del 30 de junio en el Fan Fest —cuando un grupo rebasó las vallas tras cerrarse el aforo—, montaron un operativo digno de cumbre internacional: doce dependencias coordinadas, Protección Civil regada en ocho sedes y hasta reconocimiento facial. Sí, leyó bien: las cámaras del Parque Fundidora ya identifican jóvenes revoltosos con la misma eficiencia con la que su tía lo etiqueta a usted en fotos de hace quince años. Un adolescente más fue detenido por los disturbios gracias a la tecnología; ojalá esa misma cámara sirviera algún día para localizar los baches de su colonia.
Y como en todo Mundial no falta el rumor, el Gobierno del Estado tuvo que salir a desmentir que en el Fan Fest hubiera muertos aplastados y hasta brotes de covid. La consigna oficial fue de manual: no crean ni difundan noticias falsas. Sabio consejo, aunque uno sospecha que la misma gente que comparte que el drenaje ya se arregló también comparte lo del covid en la Fundidora.
Hubo, eso sí, una nota que apaga cualquier sonrisa: un hombre de mediana edad, con la playera del Tri puesta, se desvaneció y perdió la vida en el andén de la estación Fundadores del Metro. Un recordatorio, sin ironías, de que la fiesta se disfruta mejor con agua, sombra y calma, y de que ningún partido vale un domingo de más.
En el plano internacional, el luto también cruzó fronteras: Neymar anunció su retiro tras la eliminación de Brasil, dejando huérfanos a los memes y a los defensas que ya extrañan sus rodadas. Mientras tanto se cerraron avenidas, se aplicó ley seca en varias zonas del país y se pidió, por enésima vez, 'vivir el partido desde casa', frase que en Nuevo León tiene el mismo efecto que decirle a un perro que no persiga la pelota.
El saldo del domingo, pues, es el clásico de la casa: el Tri se fue con la frente en alto y la afición con la nuca quemada. Aprendimos, dicen. Aprendimos que somos el mejor anfitrión del mundo —recibimos a todos, incluso a la derrota, y le ofrecemos agua fresca—. Aprendimos que 35 grados no bajan el ánimo pero sí la presión. Y aprendimos que, en Monterrey, la única constante mundialista no es el marcador: es la búsqueda desesperada de una sombrita. El lunes, a ver si ahora sí llegan las clases, la lluvia y el consuelo. En ese orden de improbabilidad.