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El Destiempo

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Edición Nacional 13 de agosto, 2026
Chihuahua Nota 13 de junio de 2026

La Batalla del Mundial (o cómo posar para la foto sin que se note el palco)

Por Juan Montes

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La Batalla del Mundial (o cómo posar para la foto sin que se note el palco)
En política todo comunica, dicen los que viven de explicarnos lo obvio. Y ayer comunicó hasta el aire acondicionado del Estadio Banorte: mientras el balón rodaba, la clase política completa se dedicó a lo que de verdad le apasiona del futbol, que no es el futbol sino la fotografía. Dos selecciones jugaban; cuatro narrativas se peleaban por el encuadre.

De un lado, el gobierno repartió videos y postales de Claudia Sheinbaum viendo el primer partido de la selección en el Deportivo Hermanos Galeana, acompañada de Clara Brugada y rodeada de un grupo cuidadosamente identificado como “pueblo”. Del otro, la oposición “tradicional” subía sus selfies desde el Banorte, con la noble intención de demostrar que también ellos pueden convivir con la ciudadanía, aunque sea desde primera fila.

Dicho en cristiano: chocaron dos discursos. Uno “tradicional” y otro que los estudiosos llaman “autenticista”, y que aquí en Chihuahua traduciríamos como “mírenme, soy igualito a ustedes”. Para saber cuál va a ganar, hay que dar un paso atrás, hasta el sexenio de López Obrador, y aguantar la cátedra.

La ruptura semiótica (palabra cara para una idea sencilla)

En épocas de normalidad, los gobiernos se visten de etiqueta: ceremonias, protocolos, zapatos lustrados y esa cosa que llaman estar “a la altura de su investidura”. Importa que quien manda se vea digno, pulcro y, de ser posible, sofisticado.

Pero cuando la democracia “tradicional” se desgasta, ganan terreno los políticos percibidos como “auténticos” frente a una clase política que se ve impecable pero lejana. Y como la gente los siente “parte del pueblo”, les perdona todo. La oposición, en ese juego, es el mejor empleado del oficialismo: la pintan de “enemiga” o de “inauténtica” y, diga lo que diga, termina echándole agua al molino del gobierno.

López Obrador fue el maestro del género. Durante décadas construyó un personaje tan creíble que su sola presencia moral le ganó 2018: dejarse retratar en el puesto de tacos, el desaliño calculado en actos oficiales. Para la oposición era un “puerco”; para la mayoría, era uno de ellos sentado en la silla grande. Y luego pretenden que creamos que el aparato de comunicación más vigilante del país lo dejaba salir con la ropa sucia por descuido. Claro, y aquí en Chihuahua nieva por accidente.

La narrativa oficialista, capítulo “yo no voy”

Fiel al manual, Sheinbaum anunció hace meses que no iría a la inauguración del Mundial porque los precios eran inaccesibles para la mayoría. En vez de boleto, rifa: la afortunada fue una niña llamada Yolett Cervantes. Después de semanas de suspenso cortesía de las movilizaciones de la CNTE, el jueves 11 abrió el Zócalo para el Fan Fest y vio la inauguración desde el Deportivo Hermanos Galeana, claro, rodeada del “pueblo”.

El acto protocolario, en cambio, lo encabezó Salma Hayek. Pudo ser la postal autenticista perfecta, pero a Yolett Cervantes no la mencionaron sino hasta el día siguiente, cuando alguien revisó el guion y dijo “se nos olvidó la niña”. Los críticos tienen su punto: que la ausencia raspaba el liderazgo, que mejor Yolett que Salma. Pero cuando uno quiere a un político como se quiere al equipo, ignora cualquier dato incómodo. La apuesta del gobierno fue que mande el corazón y no la calculadora.

La narrativa opositora, capítulo “también soy normal”

Enfrente, los opositores se retrataron en el estadio fingiendo cotidianidad. El problema es que la foto, salvo honrosas excepciones, gritaba justo el privilegio que el gobierno quería esconder. La alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, posó en primera fila: difícil hacerse pasar por raso desde la butaca que cuesta una quincena. La más astuta fue Xóchitl Gálvez, que se mostró en las gradas de atrás en lugar de palco, demostrando que a veces ser auténtico es simplemente sentarse lejos.

Mención aparte para Ricardo Salinas Pliego, que convirtió una transmisión de su cadena en mitin propio. Proselitismo con patrocinador incluido: eso sí es integración vertical.

¿Cuál narrativa gana?

Sheinbaum no tiene la fuerza moral imbatible de su antecesor, pero por ahora el sentimiento sigue del lado del oficialismo, al menos mientras no estalle una crisis que le raspe la credibilidad. El Mundial, mientras tanto, regala una tregua y lo más probable es que este pleito de fotos quede en el anecdotario, junto a tantos otros.

Moraleja para la oposición, que lleva ocho años sin conectar: o cambia de táctica, o el hartazgo no traerá de regreso los discursos “tradicionales”, sino que le abrirá la puerta a otro extremo con símbolos nuevos, como el propio Salinas Pliego. Porque el vacío, igual que la grada vacía, siempre lo acaba ocupando alguien.