En León salvan abejas con museo; en Tepetapa las corren a escobazos: el estado no se pone de acuerdo con el enjambre
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Guanajuato vivió una jornada de profunda esquizofrenia apícola. En León, una emprendedora presume con toda razón un negocio que salva abejas, impulsa el campo, promueve la polinización y hasta tiene su propio Museo de las Abejas para crear conciencia ambiental. Un aplauso genuino: el mundo necesita más gente cuidando polinizadores y menos gente cuidando su ego.
El problema es que, mientras en León se les rinde tributo museográfico, en el puente de Tepetapa, en la capital, las abejas recibieron un trato considerablemente menos curatorial. Algo o alguien —y aquí el reporte mantiene un suspenso digno de novela negra— espantó al panal, y las abejas, que no leyeron el folleto del museo, procedieron a picar a varias personas. Tuvieron que intervenir Protección Civil y los bomberos voluntarios para atender a los afectados y retirar el enjambre. Cuando llegaron, los picados ya se habían ido, en la más pura tradición mexicana de resolver la emergencia antes de que llegue la autoridad.
El contraste es delicioso. En un municipio la abeja es símbolo de sustentabilidad, futuro verde y educación ambiental. En otro es una plaga con aguijón a la que se le declara la guerra en horario matutino. La misma especie, dos destinos. Todo depende del código postal en el que decidas construir tu panal. Si eres abeja y valoras tu integridad, ya sabes: múdate a León, ahí hay museo; en Tepetapa hay bombero.
Afortunadamente, según el reporte, solo fueron algunos piquetes sin mayor gravedad, lo cual es un alivio. Pero la moraleja queda flotando en el aire como el zumbido de un enjambre ofendido: Guanajuato quiere ser un estado que cuida el medio ambiente, siempre y cuando el medio ambiente no se le pare enfrente a media hora pico. Predicamos la conciencia ecológica en la sala de conferencias y la olvidamos en cuanto un bicho nos zumba cerca de la oreja. La naturaleza, mientras tanto, sigue esperando que nos pongamos de acuerdo.
El problema es que, mientras en León se les rinde tributo museográfico, en el puente de Tepetapa, en la capital, las abejas recibieron un trato considerablemente menos curatorial. Algo o alguien —y aquí el reporte mantiene un suspenso digno de novela negra— espantó al panal, y las abejas, que no leyeron el folleto del museo, procedieron a picar a varias personas. Tuvieron que intervenir Protección Civil y los bomberos voluntarios para atender a los afectados y retirar el enjambre. Cuando llegaron, los picados ya se habían ido, en la más pura tradición mexicana de resolver la emergencia antes de que llegue la autoridad.
El contraste es delicioso. En un municipio la abeja es símbolo de sustentabilidad, futuro verde y educación ambiental. En otro es una plaga con aguijón a la que se le declara la guerra en horario matutino. La misma especie, dos destinos. Todo depende del código postal en el que decidas construir tu panal. Si eres abeja y valoras tu integridad, ya sabes: múdate a León, ahí hay museo; en Tepetapa hay bombero.
Afortunadamente, según el reporte, solo fueron algunos piquetes sin mayor gravedad, lo cual es un alivio. Pero la moraleja queda flotando en el aire como el zumbido de un enjambre ofendido: Guanajuato quiere ser un estado que cuida el medio ambiente, siempre y cuando el medio ambiente no se le pare enfrente a media hora pico. Predicamos la conciencia ecológica en la sala de conferencias y la olvidamos en cuanto un bicho nos zumba cerca de la oreja. La naturaleza, mientras tanto, sigue esperando que nos pongamos de acuerdo.