Bajen las pantallas, suban la derrama: la resaca mundialista de la CDMX
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El Tri se fue del Mundial y la ciudad hizo lo que mejor sabe hacer después de una fiesta: fingir que barrió antes de que llegaran las visitas. Apenas sonó el silbatazo final contra Inglaterra, las cuadrillas del gobierno capitalino ya estaban en Paseo de la Reforma desmontando las pantallas gigantes con esa urgencia de anfitrión que quiere recoger los vasos antes de que el último invitado termine su cuba. Y no exagero con lo de las visitas: mientras se retiraban las estructuras entre la Estela de Luz y avenida Hidalgo, la Secretaría de Obras ya preparaba el terreno para sembrar plantas. Traducción: donde ayer miles gritaban un gol que nunca llegó, mañana habrá geranios. La CDMX no supera un duelo, lo ajardina.
Lo poético del asunto es la velocidad. Hay trámites de agua que llevan meses; hay baches que cumplen años y ya piden pastel. Pero una pantalla mundialista se desinstala en lo que tarda un aficionado en dejar de creer que faltaba un tercer gol. Reforma, la avenida que se cierra por todo —por maratón, por marcha, por concierto, por vuelta ciclista—, esta vez se cerró para el luto: carriles reducidos rumbo al oriente porque la ciudad estaba, literalmente, guardando la ilusión en cajas.
Y mientras las grúas hacían su trabajo, en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento comenzaba el segundo deporte nacional: la contabilidad creativa. La jefa de Gobierno anunció una derrama estimada en 45 mil millones de pesos y, con el optimismo de quien todavía no ve el estado de cuenta, confió en que rebasará los 50 mil. Bonito número redondo. El problema es que la Canaco, que también estuvo en la fiesta, reporta poco más de 22 mil millones, y la Coparmex, más aguafiestas todavía, calcula 18 mil 818. Es decir: entre el cálculo del gobierno y el de los patrones hay una diferencia de más de 26 mil millones de pesos, que es como si a la cuenta del restaurante uno le pusiera 45 y el otro 18 y todos juraran haber pedido lo mismo. Alguien pidió postre sin avisar.
El detalle es que la derrama, esa palabra mágica que suena a lluvia de billetes cayendo parejo, no llegó parejo a nadie. En el Centro de Guadalajara los comerciantes reportan pérdidas de hasta 60 por ciento, y en la CDMX también hubo locatarios que en lugar de derrama tuvieron goteo. Resulta que la fiesta mundialista funciona como el pozole familiar: unos se llevan la carne, otros el caldo y a varios les toca nomás el rábano. Pero en el discurso oficial todos comimos igual de rico.
Capítulo aparte —y este ya no da risa, aunque el dato oficial invite a la reflexión— es el saldo humano. La cifra de fallecidos durante los eventos del Mundial subió a cinco, luego de que se sumara el caso de un hombre de 35 años que se sintió mal en el Fan Fest del Zócalo, caminó hasta un hospital del Centro y murió de un infarto. La secretaria de Salud capitalina explicó que ese deceso no se había incluido antes porque, según dijo, 'le hubiera podido pasar en cualquier lugar', pero como fue en ese contexto 'se decidió, pues, ponerlo'. Y ahí está el gran hallazgo administrativo del sexenio: la muerte que primero estuvo en discusión de si contaba o no, como si la tragedia se aprobara por consenso de comité. Uno entiende la lógica estadística, pero cuesta trabajo escuchar 'le hubiera podido pasar en cualquier lugar' y no pensar que en cualquier lugar también hay familia.
Mientras tanto, la ciudad presume 'saldo blanco' y más de 3 mil atenciones médicas repartidas entre nacionales y extranjeros —un saldo blanco con asterisco, digamos, del color de las gasas—. Y la jefa de Gobierno nos recuerda, con toda razón, que el Mundial no ha terminado: todavía faltan casi dos semanas de torneo, o sea, todavía hay Fan Fest en el Zócalo, todavía hay parques con pantallas, todavía hay motivo para cerrar Reforma otra vez. Porque una cosa es que México haya salido y otra muy distinta es que la fiesta pare: los deportivos Vivanco y Xochimilco, La Bombilla, Tezozomoc y compañía siguen abiertos para que el capitalino haga lo que hace siempre: celebrar un mundial ajeno con el mismo entusiasmo que uno propio.
Así que ya sabe, estimado lector: si pasa por Reforma y ve tierra removida, no es una nueva obra faraónica, son los geranios del duelo. Y si escucha tres cifras distintas de la misma derrama, no se preocupe, elija la que mejor le acomode a su estado de ánimo. En esta ciudad la realidad, como el Trionda, también viene en varias versiones.
Lo poético del asunto es la velocidad. Hay trámites de agua que llevan meses; hay baches que cumplen años y ya piden pastel. Pero una pantalla mundialista se desinstala en lo que tarda un aficionado en dejar de creer que faltaba un tercer gol. Reforma, la avenida que se cierra por todo —por maratón, por marcha, por concierto, por vuelta ciclista—, esta vez se cerró para el luto: carriles reducidos rumbo al oriente porque la ciudad estaba, literalmente, guardando la ilusión en cajas.
Y mientras las grúas hacían su trabajo, en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento comenzaba el segundo deporte nacional: la contabilidad creativa. La jefa de Gobierno anunció una derrama estimada en 45 mil millones de pesos y, con el optimismo de quien todavía no ve el estado de cuenta, confió en que rebasará los 50 mil. Bonito número redondo. El problema es que la Canaco, que también estuvo en la fiesta, reporta poco más de 22 mil millones, y la Coparmex, más aguafiestas todavía, calcula 18 mil 818. Es decir: entre el cálculo del gobierno y el de los patrones hay una diferencia de más de 26 mil millones de pesos, que es como si a la cuenta del restaurante uno le pusiera 45 y el otro 18 y todos juraran haber pedido lo mismo. Alguien pidió postre sin avisar.
El detalle es que la derrama, esa palabra mágica que suena a lluvia de billetes cayendo parejo, no llegó parejo a nadie. En el Centro de Guadalajara los comerciantes reportan pérdidas de hasta 60 por ciento, y en la CDMX también hubo locatarios que en lugar de derrama tuvieron goteo. Resulta que la fiesta mundialista funciona como el pozole familiar: unos se llevan la carne, otros el caldo y a varios les toca nomás el rábano. Pero en el discurso oficial todos comimos igual de rico.
Capítulo aparte —y este ya no da risa, aunque el dato oficial invite a la reflexión— es el saldo humano. La cifra de fallecidos durante los eventos del Mundial subió a cinco, luego de que se sumara el caso de un hombre de 35 años que se sintió mal en el Fan Fest del Zócalo, caminó hasta un hospital del Centro y murió de un infarto. La secretaria de Salud capitalina explicó que ese deceso no se había incluido antes porque, según dijo, 'le hubiera podido pasar en cualquier lugar', pero como fue en ese contexto 'se decidió, pues, ponerlo'. Y ahí está el gran hallazgo administrativo del sexenio: la muerte que primero estuvo en discusión de si contaba o no, como si la tragedia se aprobara por consenso de comité. Uno entiende la lógica estadística, pero cuesta trabajo escuchar 'le hubiera podido pasar en cualquier lugar' y no pensar que en cualquier lugar también hay familia.
Mientras tanto, la ciudad presume 'saldo blanco' y más de 3 mil atenciones médicas repartidas entre nacionales y extranjeros —un saldo blanco con asterisco, digamos, del color de las gasas—. Y la jefa de Gobierno nos recuerda, con toda razón, que el Mundial no ha terminado: todavía faltan casi dos semanas de torneo, o sea, todavía hay Fan Fest en el Zócalo, todavía hay parques con pantallas, todavía hay motivo para cerrar Reforma otra vez. Porque una cosa es que México haya salido y otra muy distinta es que la fiesta pare: los deportivos Vivanco y Xochimilco, La Bombilla, Tezozomoc y compañía siguen abiertos para que el capitalino haga lo que hace siempre: celebrar un mundial ajeno con el mismo entusiasmo que uno propio.
Así que ya sabe, estimado lector: si pasa por Reforma y ve tierra removida, no es una nueva obra faraónica, son los geranios del duelo. Y si escucha tres cifras distintas de la misma derrama, no se preocupe, elija la que mejor le acomode a su estado de ánimo. En esta ciudad la realidad, como el Trionda, también viene en varias versiones.