Los últimos zapateros de Tepito: cuando el taller se vuelve museo
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En la calle Cananea, en la colonia Nicolás Bravo de la Venustiano Carranza, sobrevive un taller que abrió en 1986 y que hoy parece más pieza de museo que negocio. Su dueño, un zapatero originario de Tepito, heredó el oficio desde niño y ahora lo custodia como quien cuida una lengua que se está quedando sin hablantes. Según los propios artesanos, la competencia del calzado importado a bajo precio ha desplazado buena parte de la fabricación hecha a mano en la Ciudad de México, y los antiguos talleres de elaboración y reparación ya no son fábricas: son pequeños relicarios del oficio.
Es una ironía con suela y agujeta. Durante décadas, hacer zapatos dio identidad y sustento a decenas de familias capitalinas. Hoy el zapato de fábrica que dura tres lluvias le gana al zapato que duraba tres sexenios, porque cuesta la tercera parte y llega en contenedor. El consumidor, que no es tonto, hace la cuenta: para qué pagar por algo eterno si la moda —y la banqueta— cambian cada temporada.
Y aquí entra el segundo acto de la comedia urbana. Mientras el zapatero honesto ve morir su taller, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial identificó siete grandes mercados de piratería en la CDMX donde se ofertan, entre otras cosas, ropa, bolsas, cosméticos, electrónica y —adivinó usted— calzado. Es decir: por un lado se apaga el oficio artesanal, por el otro florece la industria de la copia. El artesano que se rompe las manos cosiendo a mano compite contra el importado barato y contra el clon de marca que se vende a media cuadra. Un triple encontronazo que ninguna cámara de comercio incluyó en su cálculo de la derrama.
Nadie está acusando a nadie de nada: son dinámicas de mercado, tan viejas como la ciudad misma. Pero da para pensar. La CDMX se llena la boca hablando de identidad, de barrios con historia y de patrimonio vivo, y al mismo tiempo deja que ese patrimonio termine detrás de una vitrina polvorienta mientras el andador de junto revienta de mercancía. Si el gobierno de veras quiere museos, que abra uno formal; mientras tanto, el que tenemos gratis está en Cananea 6, atendido por su último curador, martillo en mano.
Es una ironía con suela y agujeta. Durante décadas, hacer zapatos dio identidad y sustento a decenas de familias capitalinas. Hoy el zapato de fábrica que dura tres lluvias le gana al zapato que duraba tres sexenios, porque cuesta la tercera parte y llega en contenedor. El consumidor, que no es tonto, hace la cuenta: para qué pagar por algo eterno si la moda —y la banqueta— cambian cada temporada.
Y aquí entra el segundo acto de la comedia urbana. Mientras el zapatero honesto ve morir su taller, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial identificó siete grandes mercados de piratería en la CDMX donde se ofertan, entre otras cosas, ropa, bolsas, cosméticos, electrónica y —adivinó usted— calzado. Es decir: por un lado se apaga el oficio artesanal, por el otro florece la industria de la copia. El artesano que se rompe las manos cosiendo a mano compite contra el importado barato y contra el clon de marca que se vende a media cuadra. Un triple encontronazo que ninguna cámara de comercio incluyó en su cálculo de la derrama.
Nadie está acusando a nadie de nada: son dinámicas de mercado, tan viejas como la ciudad misma. Pero da para pensar. La CDMX se llena la boca hablando de identidad, de barrios con historia y de patrimonio vivo, y al mismo tiempo deja que ese patrimonio termine detrás de una vitrina polvorienta mientras el andador de junto revienta de mercancía. Si el gobierno de veras quiere museos, que abra uno formal; mientras tanto, el que tenemos gratis está en Cananea 6, atendido por su último curador, martillo en mano.