Candiles para la plebe: el Metro estrena lámparas de araña mientras la ciudad estrena fracturas
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Hay días en que la Ciudad de México se pone tan barroca que hasta el Metro se antoja Versalles. Esta semana, entre el olor a copal de la remodelación y el runrún de las auditorías, la línea 2 reabrió con más de un mes de retraso y, oh sorpresa, con candelabros. Sí: en la estación Hidalgo, donde el máximo lujo histórico había sido un tamal calientito y un vendedor de chicles, ahora cuelgan lámparas de araña cuya pieza más cara alcanzó los 56 mil pesos. El director del Metro salió a defenderlas jurando que todo se compró por licitación abierta y pública, como quien enseña el ticket para que nadie piense que el candil se pagó con propina. Nos tranquiliza: nada dice más 'transporte del pueblo' que iluminar el transbordo con un objeto que cuesta lo que gana en tres meses el usuario promedio que pasa por debajo.
Y como en esta ciudad la ironía trabaja horas extra, resulta que las mismas obras que estrenan candiles serán revisadas por no una, ni dos, sino tres auditorías, dos de ellas forenses. Forense, esa palabra bonita que uno asocia con series de crímenes y que ahora aplica a la compra de materiales de 16 estaciones por al menos mil 502 millones de pesos. La jefa de Gobierno cortó el listón, se retiró a los comerciantes del pasillo de transbordo y presumió que se destinaron 'dos de cada tres pesos' al mantenimiento. Muy noble. Lo que no aclararon es cuántos de esos pesos van dedicados a que el candelabro no junte polvo, porque un chandelier en hora pico de la línea 2 es, básicamente, un martirologio del cristal cortado.
Mientras la burocracia pule sus lámparas, la Cruz Roja hacía otra cuenta menos glamorosa: 206 personas atendidas el domingo del México–Inglaterra por golpes y fracturas, casi todas en Paseo de la Reforma, entre la Estela de Luz y la Alameda. La causa, según la propia institución, incluye una práctica bautizada con ternura como 'quiere volar', que consiste en aventar personas al aire para celebrar. Porque nada honra a la selección eliminada como terminar enyesado. Seis requirieron hospital y, para el lunes, ya no quedaba nadie internado por 'volar'. La afición mexicana: capaz de organizar una tanda de penales emocional sobre el asfalto y aterrizar directo en urgencias.
En Coyoacán, el barroco cambió de bando. El INAH bajó a la tierra y le puso sellos de suspensión a una estructura que la alcaldía autorizó instalar a una empresa en pleno jardín Centenario, espacio protegido por ley federal. Los vecinos venían gritando 'privatización' y el instituto, con la elegancia de un maestro que cacha copiando, informó que 'no se tramitó la autorización correspondiente'. La alcaldía, que juraba haber actuado 'en apego al marco legal', quedó con esa cara de quien insiste en que el kiosco siempre fue suyo. El Barrio Mundialista, resulta, tenía todo menos el papelito.
Hablando de acceso a la cultura para el pueblo: en Xochimilco los vecinos piden que regresen los martes gratuitos al museo Dolores Olmedo, eliminados tras la reapertura. La nueva tarifa de 162 pesos —70 para locales, estudiantes y adultos mayores— resultó alta para familias que durante años entraban gratis a ver los Riveras y los xoloitzcuintles. O sea: candelabros de 56 mil pesos abajo, y arriba, en el sur, alguien haciendo cuentas para saber si le alcanza para ver un cuadro. Muy equilibrado todo.
El Estadio Ciudad de México, ese que insistimos en no llamar por su nombre viejo, ya inició su desmontaje mundialista: grúas, tubos en el piso y cuadrillas retirando arcos detectores y mantas para devolverle su aspecto de siempre y prepararlo para la Liga MX. La fiesta se fue tan rápido como llegó, y el coloso presume 24 partidos de Copa del Mundo en tres ediciones, más que nadie. Récord mundial en albergar ilusiones que duran exactamente hasta octavos.
Y en el capítulo de galanes que no descansan: circuló un video donde presuntamente aparece un diputado federal y exfutbolista bailando reguetón en un antro, intentando esquivar la cámara al notar que lo grababan. Días antes su camioneta había sido vandalizada por manifestantes. Del vestidor al VIP, del gol al perreo: hay carreras que simplemente no conocen la banca. Como resumen del día capitalino, no está mal: una ciudad que audita candelabros, sella kioscos, cobra museos, junta enyesados y baila para no llorar. Muy nuestra.
Y como en esta ciudad la ironía trabaja horas extra, resulta que las mismas obras que estrenan candiles serán revisadas por no una, ni dos, sino tres auditorías, dos de ellas forenses. Forense, esa palabra bonita que uno asocia con series de crímenes y que ahora aplica a la compra de materiales de 16 estaciones por al menos mil 502 millones de pesos. La jefa de Gobierno cortó el listón, se retiró a los comerciantes del pasillo de transbordo y presumió que se destinaron 'dos de cada tres pesos' al mantenimiento. Muy noble. Lo que no aclararon es cuántos de esos pesos van dedicados a que el candelabro no junte polvo, porque un chandelier en hora pico de la línea 2 es, básicamente, un martirologio del cristal cortado.
Mientras la burocracia pule sus lámparas, la Cruz Roja hacía otra cuenta menos glamorosa: 206 personas atendidas el domingo del México–Inglaterra por golpes y fracturas, casi todas en Paseo de la Reforma, entre la Estela de Luz y la Alameda. La causa, según la propia institución, incluye una práctica bautizada con ternura como 'quiere volar', que consiste en aventar personas al aire para celebrar. Porque nada honra a la selección eliminada como terminar enyesado. Seis requirieron hospital y, para el lunes, ya no quedaba nadie internado por 'volar'. La afición mexicana: capaz de organizar una tanda de penales emocional sobre el asfalto y aterrizar directo en urgencias.
En Coyoacán, el barroco cambió de bando. El INAH bajó a la tierra y le puso sellos de suspensión a una estructura que la alcaldía autorizó instalar a una empresa en pleno jardín Centenario, espacio protegido por ley federal. Los vecinos venían gritando 'privatización' y el instituto, con la elegancia de un maestro que cacha copiando, informó que 'no se tramitó la autorización correspondiente'. La alcaldía, que juraba haber actuado 'en apego al marco legal', quedó con esa cara de quien insiste en que el kiosco siempre fue suyo. El Barrio Mundialista, resulta, tenía todo menos el papelito.
Hablando de acceso a la cultura para el pueblo: en Xochimilco los vecinos piden que regresen los martes gratuitos al museo Dolores Olmedo, eliminados tras la reapertura. La nueva tarifa de 162 pesos —70 para locales, estudiantes y adultos mayores— resultó alta para familias que durante años entraban gratis a ver los Riveras y los xoloitzcuintles. O sea: candelabros de 56 mil pesos abajo, y arriba, en el sur, alguien haciendo cuentas para saber si le alcanza para ver un cuadro. Muy equilibrado todo.
El Estadio Ciudad de México, ese que insistimos en no llamar por su nombre viejo, ya inició su desmontaje mundialista: grúas, tubos en el piso y cuadrillas retirando arcos detectores y mantas para devolverle su aspecto de siempre y prepararlo para la Liga MX. La fiesta se fue tan rápido como llegó, y el coloso presume 24 partidos de Copa del Mundo en tres ediciones, más que nadie. Récord mundial en albergar ilusiones que duran exactamente hasta octavos.
Y en el capítulo de galanes que no descansan: circuló un video donde presuntamente aparece un diputado federal y exfutbolista bailando reguetón en un antro, intentando esquivar la cámara al notar que lo grababan. Días antes su camioneta había sido vandalizada por manifestantes. Del vestidor al VIP, del gol al perreo: hay carreras que simplemente no conocen la banca. Como resumen del día capitalino, no está mal: una ciudad que audita candelabros, sella kioscos, cobra museos, junta enyesados y baila para no llorar. Muy nuestra.