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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 14 de agosto, 2026
Jalisco Digest 14 de junio de 2026

Diez mil millones de pesos y ni para una coladera que jale

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Diez mil millones de pesos y ni para una coladera que jale
Guadalajara amaneció este domingo como toda buena anfitriona del Mundial: con el cielo encapotado, 100 por ciento de probabilidad de lluvia y la dignidad flotando a la altura del cordón de la banqueta. Sí, la Perla de Occidente es sede de la Copa del Mundo 2026, pero nadie nos avisó que el torneo traía disciplina extra: natación sincronizada en el paso a desnivel de 8 de Julio.

Nos prometieron una derrama económica de diez mil millones de pesos. Diez. Mil. Millones. La cifra suena a alineación de ensueño y a presupuesto de superproducción. El propio analista que sacó la calculadora se atrevió a preguntar lo que todos pensábamos mientras escurríamos los tenis: ¿dónde veremos ese dinero? Por lo pronto lo vimos pasar flotando, junto a un huarache solitario y media torta ahogada, rumbo al canal más cercano.

Porque la tormenta del viernes hizo lo que ningún rival le hará al Tri: nos goleó en casa, de visita y con el estadio lleno. Dos personas lesionadas, trece rescatadas de autos convertidos en submarinos, y Guadalajara y Zapopan peleándose el deshonroso título del municipio más anegado de la jornada. El paso a desnivel de 8 de Julio alcanzó tres metros de agua; un récord que ningún funcionario saldrá a presumir en rueda de prensa.

El plantel arbóreo también pagó factura: cerca de cincuenta árboles cayeron en la Zona Metropolitana, lo que abre un debate botánico-existencial. ¿Por qué se nos caen los árboles? Resulta —nos explican los expertos— que tanto concreto obliga a las raíces a crecer de ladito, superficiales, sin de dónde agarrarse. Difícil hallar una metáfora más exacta de nuestra planeación urbana: plantamos árboles donde no caben, igual que organizamos fiestas donde no hay drenaje.

El gol del fin de semana, sin embargo, lo metió un automóvil en la colonia Las Huertas, en Tlaquepaque, que halló estacionamiento subterráneo gratuito gracias a un oportuno socavón. Cero lesionados, eso sí; en Guadalajara hasta los hoyos tienen modales. En El Salto la cosa fue menos pintoresca: 42 viviendas de Las Pintas y La Huizachera amanecieron con alberca incluida, amenidad que nadie pidió, que nadie cotizó y que, sospechamos, nadie va a desazolvar antes del próximo aguacero.

¿Y la fiesta? La fiesta entendió. El Fan Fest tuvo que suspenderse el viernes porque ni la euforia mundialista quiso salir con ese clima. Imagínense el nivel: cancelaron la pachanga organizada y, aun así, miles seguimos haciendo cardio sacando agua de la sala con cubeta y jerga. Eso sí es pasión por el deporte.

En el capítulo «imagen internacional» tampoco faltó la postal de bienvenida: una denuncia de racismo durante el Mundial que encendió las redes. El Colegio de Ingenieros Civiles del Estado se apresuró a aclarar que el señor exhibido no era su dirigente, en el más clásico de los deslindes tapatíos: «ese no es de los nuestros». Faltó nomás el «nos saludábamos de lejos». La ciudad que presume hospitalidad descubrió que la hospitalidad, como las coladeras, también requiere mantenimiento.

Y para que no digan que aquí solo hablamos de agua, el Foro Plural Jalisco salió a advertir sobre los riesgos de la concentración del poder y a pedir una ciudadanía más participativa. Causa nobilísima, aunque uno sospecha que este fin de semana la ciudadanía estuvo concentradísima... en levantar los muebles antes de que se mojaran. Cuesta defender los contrapesos democráticos cuando lo único que pesa en tu sala es la alfombra empapada.

Así que bienvenidos a Guadalajara, turistas de los diez mil millones. Traigan su jersey, su bloqueador y, por encima de todo, sus botas de hule. Aquí el espectáculo está garantizado: si no rueda el balón, rueda el agua; si no hay gol, hay socavón. Y si de veras existen esos diez mil millones de pesos de derrama, los recibimos con gusto en la única moneda que de verdad nos urge en temporada de lluvias: una coladera que jale, un árbol con raíces de verdad y, ya encarrerados, un domingo en que la única tormenta sea la de aplausos. Mientras tanto, seguimos jugando de locales... en la cancha y en la chinampa.