El gran legado del Mundial en Nuevo León: 50 millones en chelas y 238 toneladas de basura
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Cuando pase el tiempo y alguien pregunte qué dejó la Copa del Mundo en Nuevo León, tendremos dos respuestas contundentes y complementarias: cincuenta millones de pesos y doscientas treinta y ocho toneladas de basura. La primera cifra corresponde a la derrama fiscal que Guadalupe recibió de la FIFA por concepto de impuestos a la venta de alcohol dentro del Estadio Monterrey. La segunda, a lo que Monterrey tuvo que barrer del primer cuadro tras 25 días de fiesta mundialista.
Hermoso equilibrio cósmico. Por un lado, el municipio anfitrión descubre que la mina de oro del futbol no estaba en la cancha sino en la barra: 50 millones que llegaron gota a gota, tarro a tarro, en la más noble tradición del aficionado regio que primero brinda y luego, tal vez, entiende la alineación. Por el otro lado, Servicios Públicos desplegó más de 280 trabajadores en operativo permanente para levantar el saldo material de tanta euforia: 238 toneladas de envolturas, vasos y recuerdos imperecederos del entusiasmo.
La aritmética es poética. Se recaudó por vender la cerveza y luego se invirtió en recoger las consecuencias de haberla vendido. Es el ciclo perfecto de la economía festiva: monetizamos el desmadre y después pagamos por limpiarlo, todo con cara de organización de talla internacional. Nadie miente al decir que Nuevo León demostró capacidad para grandes eventos; solo faltaría añadir que también demostró una notable capacidad para generar residuos a escala global.
Así que levantemos el tarro por el Mundial, ese que nos dejó goles ajenos, orgullo prestado, ingresos etílicos y una montaña de basura del tamaño del Cerro de la Silla. El deporte une a los pueblos, sí, pero sobre todo une al recaudador con el barrendero. Salud, y no tiren la lata en la banqueta.
Hermoso equilibrio cósmico. Por un lado, el municipio anfitrión descubre que la mina de oro del futbol no estaba en la cancha sino en la barra: 50 millones que llegaron gota a gota, tarro a tarro, en la más noble tradición del aficionado regio que primero brinda y luego, tal vez, entiende la alineación. Por el otro lado, Servicios Públicos desplegó más de 280 trabajadores en operativo permanente para levantar el saldo material de tanta euforia: 238 toneladas de envolturas, vasos y recuerdos imperecederos del entusiasmo.
La aritmética es poética. Se recaudó por vender la cerveza y luego se invirtió en recoger las consecuencias de haberla vendido. Es el ciclo perfecto de la economía festiva: monetizamos el desmadre y después pagamos por limpiarlo, todo con cara de organización de talla internacional. Nadie miente al decir que Nuevo León demostró capacidad para grandes eventos; solo faltaría añadir que también demostró una notable capacidad para generar residuos a escala global.
Así que levantemos el tarro por el Mundial, ese que nos dejó goles ajenos, orgullo prestado, ingresos etílicos y una montaña de basura del tamaño del Cerro de la Silla. El deporte une a los pueblos, sí, pero sobre todo une al recaudador con el barrendero. Salud, y no tiren la lata en la banqueta.