El camión fantasma de Parral: un mes de servicio impecable y cero pasajeros
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Hay obras públicas que fracasan. Y hay obras públicas que alcanzan la perfección platónica. La ruta urbana al Cejum, en Parral, pertenece a la segunda categoría: lleva casi un mes operando sin transportar a un solo pasajero. Ni uno. Ni por accidente. Ni un despistado que se subió creyendo que iba al mercado.
Piénselo con calma. Un camión sale, recorre su trayecto, respeta sus paradas, cumple horario, regresa a la base. Todos los días. Durante casi treinta días. Y nunca, jamás, en ningún momento, se abre la puerta para que suba un ser humano. Es el único servicio público de Chihuahua que no ha decepcionado a nadie, porque no ha atendido a nadie. Cero quejas. Cero reclamos en redes. Cero videos del chofer manejando con el celular. Una hoja de servicio impoluta.
Las autoridades informan, con esa prosa burocrática que parece redactada por un sacerdote dudando de su fe, que "la falta de demanda podría obligar a replantear la permanencia del recorrido". Podría. Después de un mes. Con cero pasajeros. Uno se pregunta cuál era el umbral exacto que estaban esperando: ¿menos cero? ¿Que los pasajeros empezaran a bajarse del camión sin haberse subido nunca?
El Cejum —Centro de Justicia para las Mujeres— es exactamente el tipo de lugar al que debería haber una ruta. Ahí llega gente que necesita llegar, muchas veces sin dinero, muchas veces sin coche, muchas veces sin ganas de explicarle a nadie a dónde va. Que exista un camión es buena idea. Que ese camión ande solo, mes tras mes, saludando banquetas, sugiere que a alguien se le ocurrió la ruta en un escritorio, la dibujó con regla, la anunció en rueda de prensa y jamás preguntó a una sola usuaria si el horario le servía, si la parada le quedaba, o si siquiera sabía que la ruta existía.
Porque hay dos hipótesis. Una: nadie necesita ir al Cejum en Parral. Que sería una noticia extraordinaria, digna de portada nacional, de estudio académico, de premio internacional de paz. Dos: sí lo necesitan, pero nadie se enteró de que hay camión, o pasa a una hora en que ninguna mujer trabajadora puede tomarlo, o la parada está a doce cuadras de donde vive la gente. Le apostamos a la segunda, porque en el mismo municipio la Puerta Violeta reporta que casi ocho de cada diez casos atendidos por violencia familiar en junio derivaron en orientación con acompañamiento institucional. Ahí hay demanda. Existe. Camina, respira, pide ayuda.
Simplemente no llegó al camión. O el camión no llegó a ella, que para efectos prácticos es lo mismo, salvo para el informe trimestral.
Mientras tanto, la unidad seguirá su peregrinaje diario, gastando diésel, gastando chofer, gastando presupuesto, con la dignidad melancólica de un tranvía en una ciudad abandonada. Y cuando llegue el momento de "replantear la permanencia del recorrido", alguien dirá que la ruta se canceló por falta de interés ciudadano.
No, señores. Se canceló por falta de interés en el ciudadano. Que es una preposición distinta y una responsabilidad completamente distinta.
Sugerencia modesta: antes de darla de baja, súbanse ustedes. Aunque sea una vez. Para ver, desde la ventanilla, la ciudad a la que le diseñaron una ruta sin preguntarle nada.
Piénselo con calma. Un camión sale, recorre su trayecto, respeta sus paradas, cumple horario, regresa a la base. Todos los días. Durante casi treinta días. Y nunca, jamás, en ningún momento, se abre la puerta para que suba un ser humano. Es el único servicio público de Chihuahua que no ha decepcionado a nadie, porque no ha atendido a nadie. Cero quejas. Cero reclamos en redes. Cero videos del chofer manejando con el celular. Una hoja de servicio impoluta.
Las autoridades informan, con esa prosa burocrática que parece redactada por un sacerdote dudando de su fe, que "la falta de demanda podría obligar a replantear la permanencia del recorrido". Podría. Después de un mes. Con cero pasajeros. Uno se pregunta cuál era el umbral exacto que estaban esperando: ¿menos cero? ¿Que los pasajeros empezaran a bajarse del camión sin haberse subido nunca?
El Cejum —Centro de Justicia para las Mujeres— es exactamente el tipo de lugar al que debería haber una ruta. Ahí llega gente que necesita llegar, muchas veces sin dinero, muchas veces sin coche, muchas veces sin ganas de explicarle a nadie a dónde va. Que exista un camión es buena idea. Que ese camión ande solo, mes tras mes, saludando banquetas, sugiere que a alguien se le ocurrió la ruta en un escritorio, la dibujó con regla, la anunció en rueda de prensa y jamás preguntó a una sola usuaria si el horario le servía, si la parada le quedaba, o si siquiera sabía que la ruta existía.
Porque hay dos hipótesis. Una: nadie necesita ir al Cejum en Parral. Que sería una noticia extraordinaria, digna de portada nacional, de estudio académico, de premio internacional de paz. Dos: sí lo necesitan, pero nadie se enteró de que hay camión, o pasa a una hora en que ninguna mujer trabajadora puede tomarlo, o la parada está a doce cuadras de donde vive la gente. Le apostamos a la segunda, porque en el mismo municipio la Puerta Violeta reporta que casi ocho de cada diez casos atendidos por violencia familiar en junio derivaron en orientación con acompañamiento institucional. Ahí hay demanda. Existe. Camina, respira, pide ayuda.
Simplemente no llegó al camión. O el camión no llegó a ella, que para efectos prácticos es lo mismo, salvo para el informe trimestral.
Mientras tanto, la unidad seguirá su peregrinaje diario, gastando diésel, gastando chofer, gastando presupuesto, con la dignidad melancólica de un tranvía en una ciudad abandonada. Y cuando llegue el momento de "replantear la permanencia del recorrido", alguien dirá que la ruta se canceló por falta de interés ciudadano.
No, señores. Se canceló por falta de interés en el ciudadano. Que es una preposición distinta y una responsabilidad completamente distinta.
Sugerencia modesta: antes de darla de baja, súbanse ustedes. Aunque sea una vez. Para ver, desde la ventanilla, la ciudad a la que le diseñaron una ruta sin preguntarle nada.