MiBici inventa la bicicleta pública que te llevas a tu casa medio año (o sea, una bicicleta)
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La movilidad tapatía acaba de inventar un concepto revolucionario: la bicicleta pública que te llevas a tu casa. El Instituto Metropolitano de Planeación (Imeplan) pondrá en marcha el programa piloto Mi Bici+, que llega a Tlajomulco con unidades eléctricas que el usuario podrá conservar en renta hasta por seis meses. Sí, leyó bien: medio año con la bici en la sala. A eso, en otras latitudes, le dicen sencillamente «tener una bicicleta».
El argumento es razonable, hay que reconocerlo: en Tlajomulco las distancias son de fábula y resulta difícil instalar las estaciones convencionales, esas cicloestaciones donde uno toma y deja la unidad. La solución oficial fue elegante en su lógica local: si no podemos llevar la estación a la gente, que la gente se lleve la estación... digo, la bici. Y de paso reinventamos el verbo «compartir», que ahora significa «quedártela tú solito hasta diciembre».
Uno celebra, de verdad, cualquier alternativa al coche y al transporte público en una metrópoli que esta misma semana demostró que con dos gotas se paraliza. Una bici eléctrica esquiva charcos mejor que cualquier sedán varado en un paso a desnivel. El detalle es semántico y entrañablemente nuestro: bautizamos como «pública» a una bicicleta que vivirá seis meses bajo llave en un patio particular, encadenada al tinaco para que no se la vuelen.
Imaginemos la escena: el usuario pedalea orgulloso su unidad, la mete a la casa, la estaciona junto al sillón como un mueble más, le pone nombre y la incluye en la foto familiar de Navidad. Cuando termine el plazo tendrá que devolverla, y será un duelo. Habrá quien la extrañe más que a ciertos parientes.
Bromas aparte, ojalá funcione y ojalá se quede. Que una ciudad rentista de cajones y casetas descubra el placer de pedalear ya es ganancia neta. Solo pedimos una cosa, por congruencia: que cuando este piloto crezca, las ciclovías de verdad existan y no terminen, como casi todo aquí en junio, bajo medio metro de agua. Una bici eléctrica es maravillosa hasta que te toca usarla de lancha.
El argumento es razonable, hay que reconocerlo: en Tlajomulco las distancias son de fábula y resulta difícil instalar las estaciones convencionales, esas cicloestaciones donde uno toma y deja la unidad. La solución oficial fue elegante en su lógica local: si no podemos llevar la estación a la gente, que la gente se lleve la estación... digo, la bici. Y de paso reinventamos el verbo «compartir», que ahora significa «quedártela tú solito hasta diciembre».
Uno celebra, de verdad, cualquier alternativa al coche y al transporte público en una metrópoli que esta misma semana demostró que con dos gotas se paraliza. Una bici eléctrica esquiva charcos mejor que cualquier sedán varado en un paso a desnivel. El detalle es semántico y entrañablemente nuestro: bautizamos como «pública» a una bicicleta que vivirá seis meses bajo llave en un patio particular, encadenada al tinaco para que no se la vuelen.
Imaginemos la escena: el usuario pedalea orgulloso su unidad, la mete a la casa, la estaciona junto al sillón como un mueble más, le pone nombre y la incluye en la foto familiar de Navidad. Cuando termine el plazo tendrá que devolverla, y será un duelo. Habrá quien la extrañe más que a ciertos parientes.
Bromas aparte, ojalá funcione y ojalá se quede. Que una ciudad rentista de cajones y casetas descubra el placer de pedalear ya es ganancia neta. Solo pedimos una cosa, por congruencia: que cuando este piloto crezca, las ciclovías de verdad existan y no terminen, como casi todo aquí en junio, bajo medio metro de agua. Una bici eléctrica es maravillosa hasta que te toca usarla de lancha.