Cuatro punto ocho millones para dos partidos nuevos; tres psicólogos para los adolescentes de León
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Dos partidos recién nacidos, Somos México y Partido Paz, obtuvieron su registro nacional y con eso ganaron automáticamente un lugar en el Instituto Electoral del Estado de Guanajuato. Bienvenida la pluralidad. El precio de bienvenida: más de 4.8 millones de pesos de financiamiento público.
En otra parte del estado, en otra bolsa presupuestal, en otro nivel de gobierno —lo aclaro antes de que alguien se ofenda— la Dirección de Prevención del Delito de León informó que tiene tres psicólogos para atender a adolescentes, y que le hacen falta diez.
Tres. No tres equipos. No tres áreas. Tres personas.
Son presupuestos distintos, sí. Son autoridades distintas, sí. Y precisamente por eso el contraste es más elocuente: no se trata de un error contable, se trata de una cultura. Guanajuato, y México entero, tiene mecanismos automáticos, generosos y puntualísimos para financiar la vida partidista, y mecanismos discrecionales, mendicantes y siempre insuficientes para financiar la salud mental de los muchachos que están a un paso de ser reclutados por quien sí les paga.
El dinero de los partidos no se discute: se calcula. Existe una fórmula, se aplica, se transfiere. El dinero para los psicólogos se discute cada año, se pospone, se recorta, y al final aparece en un reportaje como una carencia lamentable que alguien promete atender en el siguiente ejercicio fiscal.
Adivinen cuál de los dos rubros nunca amanece con déficit.
Y antes de que suene a diatriba contra los partidos nuevos: ojalá les vaya bien. Ojalá el dirigente estatal que promete que una tercera parte de sus candidaturas será para jóvenes cumpla la promesa. Ojalá esos jóvenes no sean los mismos jóvenes que necesitaban terapia y no la encontraron. Sería un ciclo virtuoso interesante: el estado no te dio psicólogo, pero te dio candidatura. Perdón, el estado no te dio psicólogo, pero te dará un partido donde vas a necesitarlo más.
Acompañemos el cuadro con otro dato de la semana: el Hospital Regional de León recibió once sillas cama donadas por un club rotario, y necesita doscientas más. Once de doscientas. Las donó la sociedad civil, ese proveedor de última instancia al que siempre le tocan las sillas, las palas, las fichas de búsqueda y las incubadoras que compran los niños voluntarios de Acámbaro rifando lo que se pueda.
Hay una división del trabajo perfectamente aceitada en Guanajuato. El Estado financia la representación. La ciudadanía financia la existencia.
En León hay 4.4 millones aprobados para botas y uniformes de policías. Está bien: que anden dignos y calzados. Pero un adolescente en riesgo no necesita ver pasar una bota nueva. Necesita ver, una vez a la semana, una silla, un cuarto tranquilo y una persona que lo escuche sin tomar nota para el expediente.
Ese gasto no da nota, no da corte de listón y no da lona. Por eso no se hace.
Seguirá habiendo dinero para partidos. Y seguirá habiendo tres psicólogos, con lista de espera, en una ciudad de más de un millón y medio de habitantes.
Democracia bien financiada, ciudadanía bien fregada.
En otra parte del estado, en otra bolsa presupuestal, en otro nivel de gobierno —lo aclaro antes de que alguien se ofenda— la Dirección de Prevención del Delito de León informó que tiene tres psicólogos para atender a adolescentes, y que le hacen falta diez.
Tres. No tres equipos. No tres áreas. Tres personas.
Son presupuestos distintos, sí. Son autoridades distintas, sí. Y precisamente por eso el contraste es más elocuente: no se trata de un error contable, se trata de una cultura. Guanajuato, y México entero, tiene mecanismos automáticos, generosos y puntualísimos para financiar la vida partidista, y mecanismos discrecionales, mendicantes y siempre insuficientes para financiar la salud mental de los muchachos que están a un paso de ser reclutados por quien sí les paga.
El dinero de los partidos no se discute: se calcula. Existe una fórmula, se aplica, se transfiere. El dinero para los psicólogos se discute cada año, se pospone, se recorta, y al final aparece en un reportaje como una carencia lamentable que alguien promete atender en el siguiente ejercicio fiscal.
Adivinen cuál de los dos rubros nunca amanece con déficit.
Y antes de que suene a diatriba contra los partidos nuevos: ojalá les vaya bien. Ojalá el dirigente estatal que promete que una tercera parte de sus candidaturas será para jóvenes cumpla la promesa. Ojalá esos jóvenes no sean los mismos jóvenes que necesitaban terapia y no la encontraron. Sería un ciclo virtuoso interesante: el estado no te dio psicólogo, pero te dio candidatura. Perdón, el estado no te dio psicólogo, pero te dará un partido donde vas a necesitarlo más.
Acompañemos el cuadro con otro dato de la semana: el Hospital Regional de León recibió once sillas cama donadas por un club rotario, y necesita doscientas más. Once de doscientas. Las donó la sociedad civil, ese proveedor de última instancia al que siempre le tocan las sillas, las palas, las fichas de búsqueda y las incubadoras que compran los niños voluntarios de Acámbaro rifando lo que se pueda.
Hay una división del trabajo perfectamente aceitada en Guanajuato. El Estado financia la representación. La ciudadanía financia la existencia.
En León hay 4.4 millones aprobados para botas y uniformes de policías. Está bien: que anden dignos y calzados. Pero un adolescente en riesgo no necesita ver pasar una bota nueva. Necesita ver, una vez a la semana, una silla, un cuarto tranquilo y una persona que lo escuche sin tomar nota para el expediente.
Ese gasto no da nota, no da corte de listón y no da lona. Por eso no se hace.
Seguirá habiendo dinero para partidos. Y seguirá habiendo tres psicólogos, con lista de espera, en una ciudad de más de un millón y medio de habitantes.
Democracia bien financiada, ciudadanía bien fregada.