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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 13 de agosto, 2026
Ciudad de México Nota 9 de julio de 2026

El senador que aprendió el nombre completo de un registro

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El senador que aprendió el nombre completo de un registro
El Tribunal Electoral del Estado de Michoacán resolvió por unanimidad que el senador Gerardo Fernández Noroña cometió violencia política contra las mujeres en razón de género en perjuicio de Grecia Quiroz, alcaldesa de Uruapan. Determinó que sus expresiones rebasaron el debate político legítimo, ordenó medidas de reparación integral, una disculpa pública y su inscripción, por seis meses, en el Registro Nacional de Personas Sancionadas en Materia de Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género, una vez que la sentencia quede firme.

Hay que detenerse en ese nombre. El Registro Nacional de Personas Sancionadas en Materia de Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género. Diecisiete palabras. Es un título tan largo que uno sospecha que fue diseñado deliberadamente para que ningún sancionado alcance a decirlo completo en una conferencia de prensa sin quedarse sin aire y sin ganas. Es la única forma de justicia poética que permite el derecho administrativo mexicano.

Seis meses. Seis. Es menos tiempo del que dura un curso de inglés que uno abandona en marzo. Menos de lo que tarda en resolverse una queja ante la Profeco. Aproximadamente lo mismo que un semestre universitario, aunque en el semestre sí hay lecturas obligatorias. Uno esperaría que la lista de sancionados por violencia política de género tuviera la solemnidad de un archivo histórico y resulta que tiene la caducidad de un yogurt.

Y luego está la disculpa pública, ese género literario nacional que combina la sintaxis del arrepentimiento con la gramática de la autojustificación. Ya conocemos su estructura. Primero: “si alguien se sintió ofendido”. Segundo: “se malinterpretó lo dicho”. Tercero: una explicación de trescientas palabras sobre el contexto en que las palabras fueron pronunciadas y por qué el contexto, en realidad, lo exonera. Cuarto: una reflexión sobre los enemigos políticos que orquestaron todo. La disculpa propiamente dicha, si aparece, ocupa una oración subordinada.

Esta semana, curiosamente, tuvimos otro ejemplar del género. El comunicador argentino Eduardo Feinmann, tras decir en vivo que detestaba a los mexicanos con su alma, explicó después que “se malinterpretó” y aclaró que no quiso ofender al pueblo mexicano. Es admirable la fe que tienen los profesionales de la palabra en que sus palabras, justo las suyas, siempre significan otra cosa. Pedrito Sola, por su lado, ofreció disculpas tras sus comentarios sobre los perros y sus dueños. Al menos él dijo que no mataría ni una mosca, que es un compromiso verificable.

Lo relevante, más allá del inventario de retractaciones, es que existe un tribunal, existe un procedimiento, existe una resolución unánime y existe una alcaldesa que llevó el caso hasta el final. Grecia Quiroz no pidió opinión: pidió sentencia. Y la obtuvo. Eso, en un país donde la mayoría de las agresiones se resuelven con una palmada y un “ya déjenlo, así es él”, no es poca cosa.

Queda la parte incómoda. El registro dura medio año, la disculpa dura un tuit, y el cargo dura el sexenio. La aritmética institucional tiene sus preferencias, y no siempre coinciden con las nuestras.