Trescientos trece pesos: el nuevo precio del duelo
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Hay cifras que no necesitan adjetivos. Doscientos mil pesos de hospitalización en el último mes de vida de una niña. Trescientos trece pesos de reembolso. La resta la hace cualquiera; lo difícil es explicarla en una junta de consejo sin que a alguien se le atore el café.
Según denuncia una familia de Monterrey, esa fue la respuesta de su aseguradora tras la muerte de la menor: un depósito de trescientos trece pesos. Trescientos trece. Ni siquiera un número redondo, que al menos permitiría sospechar un gesto simbólico. Es la clase de cantidad que sale de una fórmula, de un actuario, de un algoritmo que revisó cláusulas a las tres de la mañana y determinó, con la frialdad de quien tacha una casilla, que eso era lo procedente. Alguien lo autorizó. Alguien lo capturó en el sistema. Alguien le dio Enter.
Y la familia lo revisó en el estado de cuenta, que es donde hoy se recibe el pésame.
Lo llamativo no es el caso aislado —aunque uno bastaría—, sino que ya nadie se sorprende. La percepción entre los usuarios, dice la nota, es que las compañías del sector buscan evadir el pago de indemnizaciones o incumplir las condiciones pactadas. Percepción. Qué palabra tan diplomática. Es la misma percepción que uno tiene cuando le vacían la cartera: técnicamente subjetiva, prácticamente irrefutable.
El seguro de gastos médicos mayores en México funciona como un contrato entre dos partes que firman el mismo papel pero leen documentos distintos. Tú lees: "cubrimos hospitalización". Ellos leen: "cubrimos hospitalización, salvo lo que digan los anexos 4, 7 y 11-B, y salvo que el padecimiento se haya manifestado en cualquier momento del universo conocido, y salvo que el hospital haya usado gasas de otro proveedor". Tú pagas religiosamente durante años, mes con mes, sin faltar uno solo, porque si tú fallas un pago la póliza se cancela con la puntualidad de un reloj suizo. Ellos, en cambio, tienen "procesos de dictaminación".
Un proceso de dictaminación es cuando la empresa se toma su tiempo para decidir si tu tragedia califica.
Y el mercado, mientras tanto, es un desfile de comerciales donde una familia sonríe en cámara lenta bajo un paraguas metafórico. El paraguas. Siempre el paraguas. Nunca sale en el comercial el momento en que llega el paraguas y mide catorce centímetros y ya está lloviendo desde hace un año.
Aquí conviene ser justos: la aseguradora tiene derecho a defender su versión, y toda controversia contractual tiene dos lados y una Condusef en medio, ese organismo al que uno acude con la ilusión de un ciudadano ejemplar y del que sale con un folio. Un folio precioso. Enmarcable.
Pero hay algo más grande que el caso, y es lo que revela sobre nosotros: hemos normalizado que el sistema entero funcione bajo la premisa de que el más desesperado va a ceder. Que la familia que acaba de enterrar a una hija no tiene fuerza para litigar dieciocho meses. Que el cansancio es una herramienta de cobranza. Y que si aguantas la respiración lo suficiente, el reclamante se rinde y el saldo se queda donde estaba.
Es una apuesta razonable. Casi siempre gana la casa.
Salvo cuando la familia decide hablar, y entonces trescientos trece pesos dejan de ser un asiento contable y se convierten en lo que siempre fueron: el precio que alguien le puso a que los dejaran en paz.
Según denuncia una familia de Monterrey, esa fue la respuesta de su aseguradora tras la muerte de la menor: un depósito de trescientos trece pesos. Trescientos trece. Ni siquiera un número redondo, que al menos permitiría sospechar un gesto simbólico. Es la clase de cantidad que sale de una fórmula, de un actuario, de un algoritmo que revisó cláusulas a las tres de la mañana y determinó, con la frialdad de quien tacha una casilla, que eso era lo procedente. Alguien lo autorizó. Alguien lo capturó en el sistema. Alguien le dio Enter.
Y la familia lo revisó en el estado de cuenta, que es donde hoy se recibe el pésame.
Lo llamativo no es el caso aislado —aunque uno bastaría—, sino que ya nadie se sorprende. La percepción entre los usuarios, dice la nota, es que las compañías del sector buscan evadir el pago de indemnizaciones o incumplir las condiciones pactadas. Percepción. Qué palabra tan diplomática. Es la misma percepción que uno tiene cuando le vacían la cartera: técnicamente subjetiva, prácticamente irrefutable.
El seguro de gastos médicos mayores en México funciona como un contrato entre dos partes que firman el mismo papel pero leen documentos distintos. Tú lees: "cubrimos hospitalización". Ellos leen: "cubrimos hospitalización, salvo lo que digan los anexos 4, 7 y 11-B, y salvo que el padecimiento se haya manifestado en cualquier momento del universo conocido, y salvo que el hospital haya usado gasas de otro proveedor". Tú pagas religiosamente durante años, mes con mes, sin faltar uno solo, porque si tú fallas un pago la póliza se cancela con la puntualidad de un reloj suizo. Ellos, en cambio, tienen "procesos de dictaminación".
Un proceso de dictaminación es cuando la empresa se toma su tiempo para decidir si tu tragedia califica.
Y el mercado, mientras tanto, es un desfile de comerciales donde una familia sonríe en cámara lenta bajo un paraguas metafórico. El paraguas. Siempre el paraguas. Nunca sale en el comercial el momento en que llega el paraguas y mide catorce centímetros y ya está lloviendo desde hace un año.
Aquí conviene ser justos: la aseguradora tiene derecho a defender su versión, y toda controversia contractual tiene dos lados y una Condusef en medio, ese organismo al que uno acude con la ilusión de un ciudadano ejemplar y del que sale con un folio. Un folio precioso. Enmarcable.
Pero hay algo más grande que el caso, y es lo que revela sobre nosotros: hemos normalizado que el sistema entero funcione bajo la premisa de que el más desesperado va a ceder. Que la familia que acaba de enterrar a una hija no tiene fuerza para litigar dieciocho meses. Que el cansancio es una herramienta de cobranza. Y que si aguantas la respiración lo suficiente, el reclamante se rinde y el saldo se queda donde estaba.
Es una apuesta razonable. Casi siempre gana la casa.
Salvo cuando la familia decide hablar, y entonces trescientos trece pesos dejan de ser un asiento contable y se convierten en lo que siempre fueron: el precio que alguien le puso a que los dejaran en paz.