415 apagones, 22.76% de presa y un contratista recibido con piedras: la trilogía del norte
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Hay noticias que por separado son notas breves y juntas son un diagnóstico clínico.
**Primera.** El director ejecutivo de la JMAS, Alan Falomir, informó que durante junio se registraron **415 apagones** en pozos de agua potable de la capital. Cuatrocientos quince cortes de energía en treinta días. Trece punto ocho diarios. Casi uno cada dos horas, incluyendo madrugadas. El resultado: más de **34 mil metros cúbicos de agua** que no se pudieron suministrar. Agua que estaba ahí, abajo, esperando ser bombeada, y que se quedó abajo porque alguien, en algún lado, no pudo mantener prendido un foco.
Dicho de otro modo: la Comisión Federal de Electricidad apaga, la Junta Municipal de Agua no bombea, y el ciudadano se enjabona y se queda con el jabón puesto. Todos los días. Catorce veces al día. Es una coreografía perfecta de descoordinación institucional, ensayada durante décadas hasta alcanzar la excelencia.
**Segunda.** En Delicias, un contratista que trabaja para la CFE fue recibido a pedradas en el fraccionamiento Valle de Montealbán después de suspender el suministro eléctrico en un domicilio donde, según el reporte, había una orden de corte, aunque el pago aparentemente no se reflejaba en el sistema. Eran la 1:16 de la tarde. Nadie salió herido de gravedad, pero la escena es elocuente.
Que quede claro: apedrear trabajadores no está bien y en El Destiempo no lo aplaudimos. Pero convendrá el lector en que cuando el sistema de facturación de una paraestatal genera más piedras que soluciones, el problema no es el brazo del vecino. Es la base de datos. Alguien pagó, el sistema no lo vio, mandaron a un contratista externo a hacer el trabajo sucio, y el contratista externo se llevó la parte externa del enojo. Bienvenidos a la subcontratación del conflicto social.
**Tercera.** Y arriba, en el corazón hidráulico del estado, la presa **La Boquilla** está al **22.76% de su capacidad**, según el monitoreo diario que hace don Rafael Betance —un voluntario, subrayemos: un voluntario— con datos de la Conagua. Se están extrayendo 35.5 metros cúbicos por segundo para el ciclo agrícola, y el nivel baja de manera constante desde que se abrieron las compuertas en marzo.
Un cuarto de tanque. Si La Boquilla fuera una camioneta, ya llevaría cuatro meses con la luz ámbar prendida, y el copiloto ya habría preguntado tres veces si no convendría cargar gasolina antes de meterse al desierto.
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Así que hagamos la suma del día: hay agua en el subsuelo pero no hay luz para sacarla. Hay luz en las casas pero se corta cuando el sistema no reconoce un pago. Y hay una presa que se vacía a razón de treinta y cinco metros cúbicos por segundo mientras el Congreso del Estado discute apelaciones y la clase política define, con enorme rigor, si es Cruz o si no es Cruz.
Somos un estado que puede colgar una narcomanta de un puente y retirarla en veinte minutos, pero que necesita a un señor voluntario con una libreta para saber cuánta agua le queda.
Ese es el dato. Todo lo demás es campaña.
**Primera.** El director ejecutivo de la JMAS, Alan Falomir, informó que durante junio se registraron **415 apagones** en pozos de agua potable de la capital. Cuatrocientos quince cortes de energía en treinta días. Trece punto ocho diarios. Casi uno cada dos horas, incluyendo madrugadas. El resultado: más de **34 mil metros cúbicos de agua** que no se pudieron suministrar. Agua que estaba ahí, abajo, esperando ser bombeada, y que se quedó abajo porque alguien, en algún lado, no pudo mantener prendido un foco.
Dicho de otro modo: la Comisión Federal de Electricidad apaga, la Junta Municipal de Agua no bombea, y el ciudadano se enjabona y se queda con el jabón puesto. Todos los días. Catorce veces al día. Es una coreografía perfecta de descoordinación institucional, ensayada durante décadas hasta alcanzar la excelencia.
**Segunda.** En Delicias, un contratista que trabaja para la CFE fue recibido a pedradas en el fraccionamiento Valle de Montealbán después de suspender el suministro eléctrico en un domicilio donde, según el reporte, había una orden de corte, aunque el pago aparentemente no se reflejaba en el sistema. Eran la 1:16 de la tarde. Nadie salió herido de gravedad, pero la escena es elocuente.
Que quede claro: apedrear trabajadores no está bien y en El Destiempo no lo aplaudimos. Pero convendrá el lector en que cuando el sistema de facturación de una paraestatal genera más piedras que soluciones, el problema no es el brazo del vecino. Es la base de datos. Alguien pagó, el sistema no lo vio, mandaron a un contratista externo a hacer el trabajo sucio, y el contratista externo se llevó la parte externa del enojo. Bienvenidos a la subcontratación del conflicto social.
**Tercera.** Y arriba, en el corazón hidráulico del estado, la presa **La Boquilla** está al **22.76% de su capacidad**, según el monitoreo diario que hace don Rafael Betance —un voluntario, subrayemos: un voluntario— con datos de la Conagua. Se están extrayendo 35.5 metros cúbicos por segundo para el ciclo agrícola, y el nivel baja de manera constante desde que se abrieron las compuertas en marzo.
Un cuarto de tanque. Si La Boquilla fuera una camioneta, ya llevaría cuatro meses con la luz ámbar prendida, y el copiloto ya habría preguntado tres veces si no convendría cargar gasolina antes de meterse al desierto.
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Así que hagamos la suma del día: hay agua en el subsuelo pero no hay luz para sacarla. Hay luz en las casas pero se corta cuando el sistema no reconoce un pago. Y hay una presa que se vacía a razón de treinta y cinco metros cúbicos por segundo mientras el Congreso del Estado discute apelaciones y la clase política define, con enorme rigor, si es Cruz o si no es Cruz.
Somos un estado que puede colgar una narcomanta de un puente y retirarla en veinte minutos, pero que necesita a un señor voluntario con una libreta para saber cuánta agua le queda.
Ese es el dato. Todo lo demás es campaña.