Once mil llamadas no son violencia, son ganas de platicar
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En León se descubrió esta semana un fenómeno lingüístico fascinante: el 911 recibe más de once mil trescientos reportes por violencia familiar —el motivo número uno, por encima de todo lo demás— y resulta que muchos de ellos, según el secretario de Seguridad, Jorge Guillén Rico, no son violencia. Son "conflictos familiares".
Uno se pregunta cuál es el umbral. ¿A partir de qué decibel un conflicto asciende a violencia? ¿Se requiere sangre, testigos, dictamen? Porque el ciudadano promedio, en su ignorancia, tiende a pensar que si tuvo que marcar el número de las emergencias no fue precisamente porque en la sala se estuviera debatiendo con cortesía sobre la Reforma Educativa.
El mismo día, el mismo funcionario ofreció una segunda estadística. Diez números telefónicos han generado más de tres mil llamadas improcedentes a los servicios de emergencia. Pedían pizzas. Insultaban a las operadoras. Y —esto lo subrayó con severidad— todas las personas responsables son adultas.
Admiremos la asimetría. Tres mil llamadas por pizza: problema identificado, culpables rastreados, denuncia presentada, diez números en la lista negra. Once mil llamadas por violencia familiar: bueno, muchas no cuentan.
No es que el funcionario mienta; probablemente tiene razón en que una fracción de esos reportes se clasifica de otro modo. El problema es el orden de las palabras. Cuando el titular de tu seguridad municipal recibe la cifra más alta del catálogo de emergencias y su primer reflejo público es aclarar que está inflada, ya nos dijo dónde está puesto el músculo institucional: no en atender, en desinflar.
El mensaje que le llega a la señora que titubea con el teléfono en la mano a las once de la noche es nítido: si marcas, alguien allá afuera ya está considerando la posibilidad de que solo estés exagerando. Bienvenida a la fila. Detrás del señor de la pizza.
La denuncia contra los bromistas es, por cierto, correcta y bien merecida. Ojalá los persigan hasta el último timbrazo. Pero la conclusión que uno saca de leer las dos noticias juntas es que en León hay más energía institucional para perseguir a diez chistositos que para digerir once mil gritos de auxilio.
Quizá el próximo boletín aclare que los tres mil pedidos de pizza tampoco eran pizza. Eran, digamos, expresiones de hambre no vinculante. Un conflicto gastronómico. Nada que no se arregle platicando.
Uno se pregunta cuál es el umbral. ¿A partir de qué decibel un conflicto asciende a violencia? ¿Se requiere sangre, testigos, dictamen? Porque el ciudadano promedio, en su ignorancia, tiende a pensar que si tuvo que marcar el número de las emergencias no fue precisamente porque en la sala se estuviera debatiendo con cortesía sobre la Reforma Educativa.
El mismo día, el mismo funcionario ofreció una segunda estadística. Diez números telefónicos han generado más de tres mil llamadas improcedentes a los servicios de emergencia. Pedían pizzas. Insultaban a las operadoras. Y —esto lo subrayó con severidad— todas las personas responsables son adultas.
Admiremos la asimetría. Tres mil llamadas por pizza: problema identificado, culpables rastreados, denuncia presentada, diez números en la lista negra. Once mil llamadas por violencia familiar: bueno, muchas no cuentan.
No es que el funcionario mienta; probablemente tiene razón en que una fracción de esos reportes se clasifica de otro modo. El problema es el orden de las palabras. Cuando el titular de tu seguridad municipal recibe la cifra más alta del catálogo de emergencias y su primer reflejo público es aclarar que está inflada, ya nos dijo dónde está puesto el músculo institucional: no en atender, en desinflar.
El mensaje que le llega a la señora que titubea con el teléfono en la mano a las once de la noche es nítido: si marcas, alguien allá afuera ya está considerando la posibilidad de que solo estés exagerando. Bienvenida a la fila. Detrás del señor de la pizza.
La denuncia contra los bromistas es, por cierto, correcta y bien merecida. Ojalá los persigan hasta el último timbrazo. Pero la conclusión que uno saca de leer las dos noticias juntas es que en León hay más energía institucional para perseguir a diez chistositos que para digerir once mil gritos de auxilio.
Quizá el próximo boletín aclare que los tres mil pedidos de pizza tampoco eran pizza. Eran, digamos, expresiones de hambre no vinculante. Un conflicto gastronómico. Nada que no se arregle platicando.