Se solicita secretario de Educación para un millón de alumnos; interesados, tocar en la puerta vacía
Tamaño de letra
Imagine usted una empresa con un millón de clientes. Ahora imagine que esa empresa se queda sin director general y que pasan las semanas sin que nadie nombre a un sustituto. Ahora imagine que a nadie le urge. Felicidades: acaba de imaginar la Secretaría de Educación en el Estado de Michoacán.
Tras la salida de Gabriela Molina, el gobierno estatal no ha designado a quien asumirá el cargo al frente de una de las instituciones más grandes de la entidad, esa que atiende a más de un millón de estudiantes. Un millón. Más gente que la que cabe en Morelia. Y la silla, ahí, girando sola.
Uno entiende que estas cosas se piensan. Que hay que sondear equilibrios, medir susceptibilidades, contar cuántos actores hay que no quedarán contentos. Lo que no se entiende es que se piense **con el calendario escolar encima**. Porque los estudiantes de bachillerato y universidad regresan a clases entre agosto y septiembre, y las escuelas no tienen la costumbre de esperar a que la política termine de acomodar sus fichas.
Hay algo profundamente michoacano en esta escena: una dependencia gigantesca, decisiva, con presupuesto, con nómina, con historia, con conflictos sindicales del tamaño de la Meseta Purépecha, y nadie que quiera —o que pueda, o al que dejen— sentarse ahí. El puesto de secretario de Educación en Michoacán tiene el prestigio de un premio y la esperanza de vida de una piñata.
Mientras tanto, la maquinaria administrativa sigue moviéndose sola, como esos coches de comedia que avanzan sin conductor mientras los pasajeros discuten quién va a manejar. Hay presupuesto que ejercer, plazas que asignar, escuelas que reparar, calendarios que cumplir. Todo eso ocurre igual, solo que sin nadie que firme, sin nadie que responda y, sobre todo, sin nadie a quien preguntarle.
Lo notable es el silencio. Si en Michoacán se queda vacante una regiduría —digamos, en Chinicuila— hasta el Poder Judicial se mete a ordenar que se nombre a alguien, y el Congreso designa a un regidor por orden judicial en cuestión de meses. Un regidor. En Chinicuila. Con toda seriedad: bien por el orden institucional. Pero uno se pregunta por qué el aparato del Estado puede movilizarse por una regiduría y no por la dependencia que educa a un millón de michoacanos.
Quizá el problema es de escala. Un regidor faltante es un hueco visible en una foto de cabildo. Un secretario de Educación faltante es una abstracción: nadie lo ve, nadie lo extraña de inmediato, los niños entran a la escuela igual, los maestros dan clase igual, la burocracia teclea igual. Es la clase de vacío que solo se nota tres años después, cuando alguien revisa los resultados de aprendizaje y se pregunta qué pasó.
Hay una teoría alternativa, más piadosa: que el gobierno estatal está buscando a la persona correcta, con cuidado, con rigor, con vocación. Que quiere acertar. Que prefiere la vacante honesta a la ocurrencia apresurada. Es una teoría hermosa. También es la que suele contarse cuando no hay quien acepte el trabajo.
En cualquier caso, la convocatoria queda abierta. Se busca: persona con temple, paciencia infinita, tolerancia al bloqueo carretero y disposición a ser el rostro público de un millón de expectativas. Prestaciones: las de ley. Duración estimada: la que aguante.
Se agradece pasar por la oficina. Está abierta. No hay nadie.
Tras la salida de Gabriela Molina, el gobierno estatal no ha designado a quien asumirá el cargo al frente de una de las instituciones más grandes de la entidad, esa que atiende a más de un millón de estudiantes. Un millón. Más gente que la que cabe en Morelia. Y la silla, ahí, girando sola.
Uno entiende que estas cosas se piensan. Que hay que sondear equilibrios, medir susceptibilidades, contar cuántos actores hay que no quedarán contentos. Lo que no se entiende es que se piense **con el calendario escolar encima**. Porque los estudiantes de bachillerato y universidad regresan a clases entre agosto y septiembre, y las escuelas no tienen la costumbre de esperar a que la política termine de acomodar sus fichas.
Hay algo profundamente michoacano en esta escena: una dependencia gigantesca, decisiva, con presupuesto, con nómina, con historia, con conflictos sindicales del tamaño de la Meseta Purépecha, y nadie que quiera —o que pueda, o al que dejen— sentarse ahí. El puesto de secretario de Educación en Michoacán tiene el prestigio de un premio y la esperanza de vida de una piñata.
Mientras tanto, la maquinaria administrativa sigue moviéndose sola, como esos coches de comedia que avanzan sin conductor mientras los pasajeros discuten quién va a manejar. Hay presupuesto que ejercer, plazas que asignar, escuelas que reparar, calendarios que cumplir. Todo eso ocurre igual, solo que sin nadie que firme, sin nadie que responda y, sobre todo, sin nadie a quien preguntarle.
Lo notable es el silencio. Si en Michoacán se queda vacante una regiduría —digamos, en Chinicuila— hasta el Poder Judicial se mete a ordenar que se nombre a alguien, y el Congreso designa a un regidor por orden judicial en cuestión de meses. Un regidor. En Chinicuila. Con toda seriedad: bien por el orden institucional. Pero uno se pregunta por qué el aparato del Estado puede movilizarse por una regiduría y no por la dependencia que educa a un millón de michoacanos.
Quizá el problema es de escala. Un regidor faltante es un hueco visible en una foto de cabildo. Un secretario de Educación faltante es una abstracción: nadie lo ve, nadie lo extraña de inmediato, los niños entran a la escuela igual, los maestros dan clase igual, la burocracia teclea igual. Es la clase de vacío que solo se nota tres años después, cuando alguien revisa los resultados de aprendizaje y se pregunta qué pasó.
Hay una teoría alternativa, más piadosa: que el gobierno estatal está buscando a la persona correcta, con cuidado, con rigor, con vocación. Que quiere acertar. Que prefiere la vacante honesta a la ocurrencia apresurada. Es una teoría hermosa. También es la que suele contarse cuando no hay quien acepte el trabajo.
En cualquier caso, la convocatoria queda abierta. Se busca: persona con temple, paciencia infinita, tolerancia al bloqueo carretero y disposición a ser el rostro público de un millón de expectativas. Prestaciones: las de ley. Duración estimada: la que aguante.
Se agradece pasar por la oficina. Está abierta. No hay nadie.