Candelabros nuevos, drenaje virreinal: la CDMX y su talento para decorar lo que se inunda
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Hay ciudades que resuelven problemas y hay ciudades que los iluminan. La nuestra eligió lo segundo, y con lámpara de araña.
El 7 de julio entregamos al público las estaciones Hidalgo y Bellas Artes de la Línea 2, remozadas, relucientes, con candelabros dignos de un vestíbulo de ópera puesto encima de un andén donde la gente viaja abrazada contra el vidrio. Cuarenta y ocho horas después, tras la cancelación de una mesa de diálogo con autoridades, una protesta terminó en destrozos: candelabros rotos, cámaras dañadas, mobiliario reventado. Dos días de vida útil. Dos. El aguacate de mi cocina dura más. Y mientras la ciudad se agarra la cabeza por los cristales, no puedo dejar de admirar la coherencia estética del asunto: pusimos lujo francés donde el pendiente era una mesa de diálogo, y luego nos sorprendimos de que el lujo no aguantara la conversación que no tuvimos.
Porque ese es el arte capitalino: el remate ornamental sobre la cañería. Mientras Hidalgo estrenaba luces, la colonia Providencia, en Gustavo A. Madero, estrenaba aguas negras. Decenas de familias pasaron la noche del miércoles achicando su propia casa con cubetas, porque la tormenta subió el drenaje por las coladeras y el apoyo oficial llegó, puntualísimo, al amanecer. Treinta viviendas afectadas entre GAM y Azcapotzalco, setenta y cinco encharcamientos, muebles arruinados, ropa impregnada del perfume inconfundible del Valle de México. La respuesta institucional fue inmediata: se anunció que las obras del colector se aceleran esta semana. Esta semana. Es decir, cuando ya nos inundamos. En la CDMX el drenaje no se repara: se conmemora. Se le hace un evento cuando ya nadó la abuela.
Y luego nos quejamos del tráfico. Una especialista lo dijo sin adornos: hay un auto particular por cada 2.5 capitalinos y el congestionamiento seguirá agravándose mientras no se fortalezca el transporte público. Traducción: las políticas públicas existen, redactadas, publicadas, encuadernadas, letra muerta, respetadísimas como un tío al que nadie invita a cenar. Y como para subrayar el chiste, el Cablebús —esa maravilla que sube a donde no sube nada— suspenderá servicio de forma escalonada del 13 de julio al 23 de agosto por mantenimiento anual, con RTP gratuito como consuelo. Seis semanas. Uno entiende que las cabinas necesitan revisión; solo pregunta, humildemente, por qué el mantenimiento del sistema que conecta zonas de difícil acceso siempre cae en el mes en que la lluvia convierte a la ciudad en un experimento de flotación.
En el Pedregal de Carrasco no hay candelabros ni cabinas: hay rutina. Asaltos a mano armada y robo de autopartes en la lateral del Periférico, entre un hotel y una plaza comercial, con videos, con modus operandi identificado, con oficios entregados durante meses a la alcaldía y a la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Respuesta: nula, dicen los vecinos. Ayer querían cerrar la vialidad, que es la única forma comprobada en esta ciudad de aparecer en la agenda: no denunciando, sino estorbando. La denuncia se archiva; el bloqueo se atiende. Es un sistema, y funciona perfectamente, solo que para lo contrario de lo que dice funcionar.
Del otro lado del mapa, en Lomas de Chapultepec, una obra clausurada desde abril recibió una visita de inspección del Tribunal de Justicia Administrativa, la PAOT y la alcaldía. Estaba el representante legal del propietario. No dejaron pasar al actuario. Habrá que reprogramar, con apercibimiento de multa, justo cuando el tribunal entra en periodo vacacional. El abogado denunciante lo llama táctica dilatoria; yo lo llamo dominio del calendario. Los sellos de clausura en esta ciudad son como los propósitos de año nuevo: obligan hasta que estorban.
En Garibaldi, mientras tanto, la fiesta no llegó. Comerciantes dicen que el Mundial no dejó las ganancias esperadas y que retirar la pantalla que transmitía los partidos ahuyentó al turismo. Coparmex celebra 100 mil 756 empleos formales creados en junio en la capital y advierte, con esa prudencia de quien ya vio la película, que el reto será que no sean temporales. Duden. En Tepito, entretanto, la camiseta más vendida es la de Noruega, agotada a 450 pesos, y también corre la de Cabo Verde. El mercado, ese oráculo cruel, ya nos eliminó antes que el silbatazo.
Y en la economía doméstica, el Inegi trae buenas y malas: el jitomate se desplomó 38.98% y el aguacate subió 24.53%. La salsa ya salió barata; el guacamole no. Es la metáfora perfecta del país: te abaratan la base y te encarecen lo que le da sentido.
Mención honorífica al conductor de televisión al que la Procuraduría Ambiental tuvo que responderle públicamente por sus dichos contra las mascotas en espacios públicos. Ya se disculpó, dijo que sentía una vergüenza horrible y que es incapaz de matar una mosca. Le creemos. En esta ciudad las moscas están protegidas por el mismo sistema que protege los candelabros: nadie las cuida, pero todos hablan de ellas.
Así que sí, querido lector de la columna que preguntaba por qué no podemos convivir todos los días como en una fiesta del futbol. Podemos. Ya lo hacemos. Nos organizamos con una eficiencia conmovedora para vender playeras noruegas, para achicar nuestra propia sala a las tres de la mañana, para bloquear el Periférico cuando la denuncia no sirve. La cultura ciudadana está intacta. Lo que falta es la otra parte.
El 7 de julio entregamos al público las estaciones Hidalgo y Bellas Artes de la Línea 2, remozadas, relucientes, con candelabros dignos de un vestíbulo de ópera puesto encima de un andén donde la gente viaja abrazada contra el vidrio. Cuarenta y ocho horas después, tras la cancelación de una mesa de diálogo con autoridades, una protesta terminó en destrozos: candelabros rotos, cámaras dañadas, mobiliario reventado. Dos días de vida útil. Dos. El aguacate de mi cocina dura más. Y mientras la ciudad se agarra la cabeza por los cristales, no puedo dejar de admirar la coherencia estética del asunto: pusimos lujo francés donde el pendiente era una mesa de diálogo, y luego nos sorprendimos de que el lujo no aguantara la conversación que no tuvimos.
Porque ese es el arte capitalino: el remate ornamental sobre la cañería. Mientras Hidalgo estrenaba luces, la colonia Providencia, en Gustavo A. Madero, estrenaba aguas negras. Decenas de familias pasaron la noche del miércoles achicando su propia casa con cubetas, porque la tormenta subió el drenaje por las coladeras y el apoyo oficial llegó, puntualísimo, al amanecer. Treinta viviendas afectadas entre GAM y Azcapotzalco, setenta y cinco encharcamientos, muebles arruinados, ropa impregnada del perfume inconfundible del Valle de México. La respuesta institucional fue inmediata: se anunció que las obras del colector se aceleran esta semana. Esta semana. Es decir, cuando ya nos inundamos. En la CDMX el drenaje no se repara: se conmemora. Se le hace un evento cuando ya nadó la abuela.
Y luego nos quejamos del tráfico. Una especialista lo dijo sin adornos: hay un auto particular por cada 2.5 capitalinos y el congestionamiento seguirá agravándose mientras no se fortalezca el transporte público. Traducción: las políticas públicas existen, redactadas, publicadas, encuadernadas, letra muerta, respetadísimas como un tío al que nadie invita a cenar. Y como para subrayar el chiste, el Cablebús —esa maravilla que sube a donde no sube nada— suspenderá servicio de forma escalonada del 13 de julio al 23 de agosto por mantenimiento anual, con RTP gratuito como consuelo. Seis semanas. Uno entiende que las cabinas necesitan revisión; solo pregunta, humildemente, por qué el mantenimiento del sistema que conecta zonas de difícil acceso siempre cae en el mes en que la lluvia convierte a la ciudad en un experimento de flotación.
En el Pedregal de Carrasco no hay candelabros ni cabinas: hay rutina. Asaltos a mano armada y robo de autopartes en la lateral del Periférico, entre un hotel y una plaza comercial, con videos, con modus operandi identificado, con oficios entregados durante meses a la alcaldía y a la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Respuesta: nula, dicen los vecinos. Ayer querían cerrar la vialidad, que es la única forma comprobada en esta ciudad de aparecer en la agenda: no denunciando, sino estorbando. La denuncia se archiva; el bloqueo se atiende. Es un sistema, y funciona perfectamente, solo que para lo contrario de lo que dice funcionar.
Del otro lado del mapa, en Lomas de Chapultepec, una obra clausurada desde abril recibió una visita de inspección del Tribunal de Justicia Administrativa, la PAOT y la alcaldía. Estaba el representante legal del propietario. No dejaron pasar al actuario. Habrá que reprogramar, con apercibimiento de multa, justo cuando el tribunal entra en periodo vacacional. El abogado denunciante lo llama táctica dilatoria; yo lo llamo dominio del calendario. Los sellos de clausura en esta ciudad son como los propósitos de año nuevo: obligan hasta que estorban.
En Garibaldi, mientras tanto, la fiesta no llegó. Comerciantes dicen que el Mundial no dejó las ganancias esperadas y que retirar la pantalla que transmitía los partidos ahuyentó al turismo. Coparmex celebra 100 mil 756 empleos formales creados en junio en la capital y advierte, con esa prudencia de quien ya vio la película, que el reto será que no sean temporales. Duden. En Tepito, entretanto, la camiseta más vendida es la de Noruega, agotada a 450 pesos, y también corre la de Cabo Verde. El mercado, ese oráculo cruel, ya nos eliminó antes que el silbatazo.
Y en la economía doméstica, el Inegi trae buenas y malas: el jitomate se desplomó 38.98% y el aguacate subió 24.53%. La salsa ya salió barata; el guacamole no. Es la metáfora perfecta del país: te abaratan la base y te encarecen lo que le da sentido.
Mención honorífica al conductor de televisión al que la Procuraduría Ambiental tuvo que responderle públicamente por sus dichos contra las mascotas en espacios públicos. Ya se disculpó, dijo que sentía una vergüenza horrible y que es incapaz de matar una mosca. Le creemos. En esta ciudad las moscas están protegidas por el mismo sistema que protege los candelabros: nadie las cuida, pero todos hablan de ellas.
Así que sí, querido lector de la columna que preguntaba por qué no podemos convivir todos los días como en una fiesta del futbol. Podemos. Ya lo hacemos. Nos organizamos con una eficiencia conmovedora para vender playeras noruegas, para achicar nuestra propia sala a las tres de la mañana, para bloquear el Periférico cuando la denuncia no sirve. La cultura ciudadana está intacta. Lo que falta es la otra parte.