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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 12 de agosto, 2026
Ciudad de México Nota 10 de julio de 2026

Cuarenta y ocho horas de esplendor: la vida breve de un candelabro en el Metro

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Cuarenta y ocho horas de esplendor: la vida breve de un candelabro en el Metro
Que nadie diga que la Ciudad de México no sabe hacer teatro. El 7 de julio nos entregaron las estaciones Hidalgo y Bellas Artes de la Línea 2, modernizadas, brillantes, con candelabros colgando sobre los andenes como si el Sistema de Transporte Colectivo hubiera decidido que lo que le faltaba a la hora pico era un poquito de Palacio de Versalles. La noche del jueves 9, tras la cancelación de una mesa de diálogo entre autoridades y colectivos trans, una protesta escaló hasta los destrozos: candelabros rotos, cámaras de videovigilancia dañadas, mobiliario reventado, todo grabado en video mientras los usuarios seguían caminando por el andén como si nada, porque el capitalino tiene una capacidad de adaptación que la ONU debería estudiar.

Cuarenta y ocho horas. Ese fue el tiempo de vida útil del candelabro. Menos que un ramo de flores, menos que un aguacate, menos que la mayoría de los propósitos de fin de año. Hay bolsas de pan en mi alacena que le sobrevivieron.

Empecemos por lo obvio: romper la infraestructura del Metro no es una postura política, es una factura. La paga la señora que se levanta a las cinco de la mañana en Ecatepec, no el funcionario que cortó el listón. Los cristales no representaban al Estado; representaban ochenta pesos de horas extra de alguien que ya está cansado. Y la cámara de seguridad que voló no vigilaba ideologías: vigilaba carteristas.

Pero hagamos también la otra pregunta, la incómoda, la que nadie de saco quiere formular en la mañanera: ¿qué se cancela una mesa de diálogo un jueves y qué se espera que pase el jueves en la noche? El diálogo es más barato que un candelabro. Es, de hecho, la única política pública en la historia de esta ciudad cuyo presupuesto cabe en una jarra de agua y unas sillas plegables. Cancelarla y luego lamentar los vidrios rotos tiene la misma lógica que apagar la alarma de humo para no oír el ruido del incendio.

Y luego está el detalle exquisito, el que solo esta ciudad podía producir: los candelabros. Alguien, en algún escritorio con aire acondicionado, decidió que la Línea 2 —esa arteria que mueve a cientos de miles de personas apretadas como tamal— necesitaba iluminación de salón de baile. No mejores torniquetes. No más trenes. No un elevador que sirva. Candelabros. La estación quedó preciosa para la foto del corte de listón y frágil para todo lo demás, que es el estado natural de casi todo lo que inauguramos: espléndido durante la ceremonia, provisional a partir del día siguiente.

Hay una imagen que se quedará: los manifestantes destruyendo la lámpara, los usuarios pasando debajo con audífonos, y la ciudad entera sin darse cuenta de que ambos —los que rompen y los que decoran— están operando sobre el mismo malentendido. Que el Metro es un escenario. Que ahí se representa algo. Que alguien mira.

Nadie mira, señores. Solo la cámara. Y ya la rompieron.

Se repondrán los candelabros, desde luego. Habrá boletín, habrá cifra, habrá quien diga que quedó mejor que antes. Y en tres días alguien volverá a cancelar una mesa a la que solo faltaba llegar. Es un ciclo tan estable que ya podríamos ponerle horario, como al Cablebús: inauguración a las diez, destrozo a las nueve de la noche del jueves, indignación el viernes, olvido el lunes. El Metro sigue corriendo. Nosotros seguimos abajo.