El colector que se apura cuando ya nadaste
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Hay dos ciudades. Una amaneció el jueves con el olor a drenaje impregnado en las cortinas, achicando la sala con cubetas de peltre desde la medianoche. La otra amaneció con un boletín: se aceleran las obras del colector.
La tormenta del miércoles dejó al menos 30 viviendas anegadas en Gustavo A. Madero y Azcapotzalco. En la colonia Providencia, las aguas negras brotaron de las coladeras y se metieron a las casas por las calles Yucatán, Chiapas, Campeche y Morelos, que suenan a lista de estados y terminaron siendo una lista de damnificados. Los vecinos pasaron la noche solos con sus escobas. El apoyo oficial llegó por la mañana. Setenta y cinco encharcamientos en la ciudad, cinco todavía en atención cuando ya había salido el sol.
Y entonces, con la puntualidad de un pésame, llegó la noticia: Segiagua detectó hundimientos en el sistema de drenaje y los trabajos del colector inician esta semana. Esta semana. Qué precisión. Qué instinto. La CDMX no previene: reacciona con una elegancia que roza lo litúrgico. Primero el agua, luego el diagnóstico, después la obra, y al final el aniversario luctuoso del sillón que se quedó en la banqueta.
Uno quisiera entender la lógica presupuestal de un lugar donde los hundimientos del drenaje se "detectan" en julio, en pleno temporal, como si el suelo del Valle de México llevara hundiéndose desde ayer y no desde que los españoles decidieron que la mejor idea para un lago era secarlo. Los hundimientos no son una noticia. Son la biografía de esta ciudad. Anunciarlos como un hallazgo es como anunciar que el Popocatépetl echa humo.
Mientras tanto, la escena de siempre: los bomberos retirando árboles y postes caídos, atendiendo cortocircuitos y medio centenar de encharcamientos, haciendo el trabajo de tres dependencias con el presupuesto de media. Ellos sí llegaron. Ellos siempre llegan. Deberíamos ponerle su nombre al colector, ya que estamos inaugurando cosas.
Lo verdaderamente cruel no es la inundación; es la asimetría. La misma administración capaz de coordinar la instalación de candelabros en una estación del Metro para el corte de listón del 7 de julio no logró coordinar una pipa de succión en Providencia antes del amanecer del 9. No es un problema de dinero. Es un problema de qué se fotografía bien. El colector no se fotografía. El colector es un tubo enterrado que solo aparece en las noticias cuando falla, igual que los riñones. Nadie corta un listón sobre un registro de aguas negras. No hay aplauso. No hay tuit. Hay olor.
Y los vecinos, que ya conocen el guion, no piden milagros. Piden lo que pedía la colonia Pedregal de Carrasco con sus asaltos y sus oficios ignorados, lo que pedían los de Lomas de Chapultepec ante la obra clausurada que no dejó entrar al actuario: que alguien conteste el teléfono antes de que la cosa sea irreversible. En esta ciudad, el trámite es un ritual de humillación previo al desastre, y el desastre es el único formulario que la autoridad recibe sin ventanilla.
Se hará el colector. Estará listo, probablemente, para la siguiente temporada de lluvias, o para la de después, y será bueno, y funcionará, y alguien lo inaugurará con casco blanco y sonrisa. Y en Providencia, con el mueble nuevo pagado a plazos, habrán aprendido lo que ya sabían: que en la Ciudad de México la infraestructura no se planea, se lamenta. Que el agua siempre llega antes que el gobierno. Y que el olor tarda semanas en irse, pero el boletín se olvida en horas.
La tormenta del miércoles dejó al menos 30 viviendas anegadas en Gustavo A. Madero y Azcapotzalco. En la colonia Providencia, las aguas negras brotaron de las coladeras y se metieron a las casas por las calles Yucatán, Chiapas, Campeche y Morelos, que suenan a lista de estados y terminaron siendo una lista de damnificados. Los vecinos pasaron la noche solos con sus escobas. El apoyo oficial llegó por la mañana. Setenta y cinco encharcamientos en la ciudad, cinco todavía en atención cuando ya había salido el sol.
Y entonces, con la puntualidad de un pésame, llegó la noticia: Segiagua detectó hundimientos en el sistema de drenaje y los trabajos del colector inician esta semana. Esta semana. Qué precisión. Qué instinto. La CDMX no previene: reacciona con una elegancia que roza lo litúrgico. Primero el agua, luego el diagnóstico, después la obra, y al final el aniversario luctuoso del sillón que se quedó en la banqueta.
Uno quisiera entender la lógica presupuestal de un lugar donde los hundimientos del drenaje se "detectan" en julio, en pleno temporal, como si el suelo del Valle de México llevara hundiéndose desde ayer y no desde que los españoles decidieron que la mejor idea para un lago era secarlo. Los hundimientos no son una noticia. Son la biografía de esta ciudad. Anunciarlos como un hallazgo es como anunciar que el Popocatépetl echa humo.
Mientras tanto, la escena de siempre: los bomberos retirando árboles y postes caídos, atendiendo cortocircuitos y medio centenar de encharcamientos, haciendo el trabajo de tres dependencias con el presupuesto de media. Ellos sí llegaron. Ellos siempre llegan. Deberíamos ponerle su nombre al colector, ya que estamos inaugurando cosas.
Lo verdaderamente cruel no es la inundación; es la asimetría. La misma administración capaz de coordinar la instalación de candelabros en una estación del Metro para el corte de listón del 7 de julio no logró coordinar una pipa de succión en Providencia antes del amanecer del 9. No es un problema de dinero. Es un problema de qué se fotografía bien. El colector no se fotografía. El colector es un tubo enterrado que solo aparece en las noticias cuando falla, igual que los riñones. Nadie corta un listón sobre un registro de aguas negras. No hay aplauso. No hay tuit. Hay olor.
Y los vecinos, que ya conocen el guion, no piden milagros. Piden lo que pedía la colonia Pedregal de Carrasco con sus asaltos y sus oficios ignorados, lo que pedían los de Lomas de Chapultepec ante la obra clausurada que no dejó entrar al actuario: que alguien conteste el teléfono antes de que la cosa sea irreversible. En esta ciudad, el trámite es un ritual de humillación previo al desastre, y el desastre es el único formulario que la autoridad recibe sin ventanilla.
Se hará el colector. Estará listo, probablemente, para la siguiente temporada de lluvias, o para la de después, y será bueno, y funcionará, y alguien lo inaugurará con casco blanco y sonrisa. Y en Providencia, con el mueble nuevo pagado a plazos, habrán aprendido lo que ya sabían: que en la Ciudad de México la infraestructura no se planea, se lamenta. Que el agua siempre llega antes que el gobierno. Y que el olor tarda semanas en irse, pero el boletín se olvida en horas.