Los anónimos: valientes hasta que les piden el nombre
Por El Carelio
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Hay una nueva especie suelta en Chihuahua, y no la verá en ningún recorrido del bioparque: el guerrero anónimo de Facebook. Vive en la sombra del perfil sin nombre, ataca de noche y de día, y tiene la valentía justa para insultar a un cristiano y la prudencia exacta para no firmar. Vaya raza la que nos tocó: capaces de prender la pradera digital con un comentario, pero incapaces de poner ahí su gracia de pila.
Porque eso es lo que abunda ahora: notas y publicaciones donde se ofende con la mayor impunidad, mientras los simples mortales miramos la pantalla como quien ve caer el granizo en pleno mayo, sin poder hacer nada. Y la cosa no para: estos comentarios crecen como la espuma en un vaso de cerveza recién servido en cantina del centro —como diría aquel Ripley, aunque usted no lo crea—, solo que esta espuma no se baja ni soplándole.
El que esto escribe lo vivió en carne propia. Me enredé, como tantos, en una de esas discusiones donde a uno lo insultan sin deberla ni temerla. Respondí con todo respeto, como educa cualquier madre norteña que se respete, y mi premio fue que me llamaran “rajado”. Para el que no sea de estos rumbos: por acá esa palabrita es como adelantarle a uno el festejo del 10 de mayo sin pastel ni mariachi. Eso calienta, y calienta del bueno.
Después de un intercambio digno de novela por entregas, vino el giro de la trama: la valiente contrincante, a la que todo el tiempo traté de varón, resultó ser fémina. Ahí entendí que en el anonimato no hay rostro, no hay nombre, y a veces ni siquiera el género que uno le supuso. Y, como buen norteño que cuida su salud mental antes que su orgullo, opté por guardarme la opinión, por humilde y bien intencionada que fuera.
Que conste que esto no es queja, es reflexión colectiva, de esas para meditar en banqueta y al fresco. Porque el año que entra hay elecciones, y por estos lares ya conocemos los veranos calientes: el de 1986 todavía lo recuerdan hasta las paredes. Si los anónimos ya andan así de bravos sin que haya boleta de por medio, ni me quiero imaginar la espuma que va a levantar el vaso cuando empiece la campaña. Saquen el ventilador, paisanos: se va a poner sabroso.
Porque eso es lo que abunda ahora: notas y publicaciones donde se ofende con la mayor impunidad, mientras los simples mortales miramos la pantalla como quien ve caer el granizo en pleno mayo, sin poder hacer nada. Y la cosa no para: estos comentarios crecen como la espuma en un vaso de cerveza recién servido en cantina del centro —como diría aquel Ripley, aunque usted no lo crea—, solo que esta espuma no se baja ni soplándole.
El que esto escribe lo vivió en carne propia. Me enredé, como tantos, en una de esas discusiones donde a uno lo insultan sin deberla ni temerla. Respondí con todo respeto, como educa cualquier madre norteña que se respete, y mi premio fue que me llamaran “rajado”. Para el que no sea de estos rumbos: por acá esa palabrita es como adelantarle a uno el festejo del 10 de mayo sin pastel ni mariachi. Eso calienta, y calienta del bueno.
Después de un intercambio digno de novela por entregas, vino el giro de la trama: la valiente contrincante, a la que todo el tiempo traté de varón, resultó ser fémina. Ahí entendí que en el anonimato no hay rostro, no hay nombre, y a veces ni siquiera el género que uno le supuso. Y, como buen norteño que cuida su salud mental antes que su orgullo, opté por guardarme la opinión, por humilde y bien intencionada que fuera.
Que conste que esto no es queja, es reflexión colectiva, de esas para meditar en banqueta y al fresco. Porque el año que entra hay elecciones, y por estos lares ya conocemos los veranos calientes: el de 1986 todavía lo recuerdan hasta las paredes. Si los anónimos ya andan así de bravos sin que haya boleta de por medio, ni me quiero imaginar la espuma que va a levantar el vaso cuando empiece la campaña. Saquen el ventilador, paisanos: se va a poner sabroso.