Morena esperó a que México fuera eliminada para encuestar: la democracia interna se juega a los penales
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Hay confesiones que valen más que un manifiesto. Fuentes cercanas a Morena le contaron a un medio local que el partido decidió aplazar el arranque de las encuestas para definir a su coordinador estatal en Nuevo León hasta que concluyera el Mundial 2026 o, al menos, hasta que la Selección Mexicana quedara eliminada. Con ese escenario ya consumado —gracias, muchachos—, el proceso arrancará en las próximas semanas y habrá resultados en agosto.
Léalo otra vez, despacio. El calendario de la vida interna de un partido político estatal dependía del desempeño de once señores en shorts.
La cita textual de la fuente es literatura: "Unos dijeron que en diciembre, pero yo ya hablé con personal del Comité Ejecutivo Nacional y dicen que en agosto, que dependía mucho de cómo iba México en el mundial para empezar a encuestar". No dependía del padrón. No dependía de la estructura territorial. No dependía de la ley electoral. Dependía de si pasábamos a semifinales.
Y hay que reconocerlo: es la teoría política más honesta que ha producido este país en una década. Todos los partidos saben que la gente contesta encuestas según su humor, pero Morena tuvo el valor de convertirlo en metodología. Si México ganaba, el respondiente promedio estaba eufórico, patriota, generoso, dispuesto a decir que sí a lo que fuera. Si México perdía, se ponía como se pone: cínico, resentido, con ganas de castigar a alguien y sin nadie a quien castigar más que a un encuestador.
Esperar a la eliminación es, entonces, buscar al ciudadano en su estado basal. En su temperatura natural. El regio derrotado es el regio verdadero. Ahí sí se puede medir.
Uno imagina las juntas. El estratega con la playera verde puesta explicando que los números se contaminan con la euforia. Alguien proponiendo diciembre. Alguien contestando que diciembre está peor porque ahí ya andan todos con el aguinaldo y el aguinaldo también sesga. Alguien más señalando la única ventana limpia del año: ese hueco melancólico entre la eliminación de la Selección y el arranque del Apertura, cuando el mexicano no espera nada de nadie. Ese es el momento. Ahí se encuesta.
Lo demás es paisaje conocido. Un partido que ganó el país sigue sin decidir quién lo coordina en el estado que aporta uno de cada seis empleos formales de México. Nuevo León es el motor económico, la joya industrial, el estado que todos citan en sus discursos, y la definición de su liderazgo opositor esperaba pacientemente detrás de un partido de cuartos de final.
Hay algo entrañable en esto. Nos gusta pensar que la política se mueve por intereses oscuros y pactos en cuartos cerrados. Y resulta que a veces se mueve porque no queríamos hablarle a la gente cuando andaba de malas. O peor: porque no queríamos hablarle cuando andaba de buenas y podía decirnos que sí a cualquiera.
Agosto, pues. Ya con el luto deportivo procesado, con los jóvenes de vuelta en el cuarto de sus papás, con la presa llena de lirio y las aguas negras en la sala de la Carmen Serdán, alguien tocará puertas en Nuevo León preguntando a quién prefiere usted como coordinador estatal de Morena. Y usted, ciudadano en estado basal, contestará lo que contesta el mexicano recién eliminado: lo que sea, joven, con tal de que ya no me hagan sufrir.
Léalo otra vez, despacio. El calendario de la vida interna de un partido político estatal dependía del desempeño de once señores en shorts.
La cita textual de la fuente es literatura: "Unos dijeron que en diciembre, pero yo ya hablé con personal del Comité Ejecutivo Nacional y dicen que en agosto, que dependía mucho de cómo iba México en el mundial para empezar a encuestar". No dependía del padrón. No dependía de la estructura territorial. No dependía de la ley electoral. Dependía de si pasábamos a semifinales.
Y hay que reconocerlo: es la teoría política más honesta que ha producido este país en una década. Todos los partidos saben que la gente contesta encuestas según su humor, pero Morena tuvo el valor de convertirlo en metodología. Si México ganaba, el respondiente promedio estaba eufórico, patriota, generoso, dispuesto a decir que sí a lo que fuera. Si México perdía, se ponía como se pone: cínico, resentido, con ganas de castigar a alguien y sin nadie a quien castigar más que a un encuestador.
Esperar a la eliminación es, entonces, buscar al ciudadano en su estado basal. En su temperatura natural. El regio derrotado es el regio verdadero. Ahí sí se puede medir.
Uno imagina las juntas. El estratega con la playera verde puesta explicando que los números se contaminan con la euforia. Alguien proponiendo diciembre. Alguien contestando que diciembre está peor porque ahí ya andan todos con el aguinaldo y el aguinaldo también sesga. Alguien más señalando la única ventana limpia del año: ese hueco melancólico entre la eliminación de la Selección y el arranque del Apertura, cuando el mexicano no espera nada de nadie. Ese es el momento. Ahí se encuesta.
Lo demás es paisaje conocido. Un partido que ganó el país sigue sin decidir quién lo coordina en el estado que aporta uno de cada seis empleos formales de México. Nuevo León es el motor económico, la joya industrial, el estado que todos citan en sus discursos, y la definición de su liderazgo opositor esperaba pacientemente detrás de un partido de cuartos de final.
Hay algo entrañable en esto. Nos gusta pensar que la política se mueve por intereses oscuros y pactos en cuartos cerrados. Y resulta que a veces se mueve porque no queríamos hablarle a la gente cuando andaba de malas. O peor: porque no queríamos hablarle cuando andaba de buenas y podía decirnos que sí a cualquiera.
Agosto, pues. Ya con el luto deportivo procesado, con los jóvenes de vuelta en el cuarto de sus papás, con la presa llena de lirio y las aguas negras en la sala de la Carmen Serdán, alguien tocará puertas en Nuevo León preguntando a quién prefiere usted como coordinador estatal de Morena. Y usted, ciudadano en estado basal, contestará lo que contesta el mexicano recién eliminado: lo que sea, joven, con tal de que ya no me hagan sufrir.