El SIAPA gana el premio al organismo más corrupto y agradece el reconocimiento sin ruborizarse
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Hay ceremonias que uno espera con ilusión —el Óscar, el Balón de Oro— y hay otras que se celebran en la banqueta de la avenida González Gallo a las ocho de la mañana con cara de pocos amigos. Esta semana, un grupo de ciudadanos de Guadalajara le entregó al SIAPA un reconocimiento simbólico nombrándolo 'el organismo más corrupto de México', y hay que reconocerle al colectivo la creatividad: en una ciudad donde ya nadie escucha las quejas, mejor premiar públicamente, a ver si por vanidad reaccionan.
El contexto es sencillo de entender para cualquiera que haya abierto una llave últimamente: el agua sale turbia, con un tono que va del café con leche al consomé de pollo, según la colonia y el día. Los manifestantes explicaron que, ante la mala calidad del líquido, han tenido que gastar de más comprando garrafones para poder beber algo que no parezca guisado. Es el negocio perfecto: pagas el recibo del agua que no se puede tomar, y luego pagas otra vez por el agua que sí. Dos suscripciones al mismo problema.
Lo verdaderamente notable es la serenidad institucional con la que se recibe todo esto. Ni una llave se ha destapado sola, ni una tubería se ha ruborizado. En otras ciudades una protesta afuera de las oficinas centrales generaría, por lo menos, un comunicado nervioso; aquí genera lo de siempre: la promesa de que se está trabajando en ello, frase que en Jalisco ya perdió todo significado y funciona más como saludo.
Uno entiende que modernizar la red hidráulica de una metrópoli es caro, complejo y de esas obras que no se ven, que no cortan listón ni salen en foto. Pero cuando el ciudadano tiene que decidir entre lavarse los dientes con agua embotellada o vivir en la incertidumbre bacteriológica, algo se rompió, y no fue precisamente una tubería: fue la confianza. Ojalá el reconocimiento simbólico les sepa amargo. Del color del agua, digamos.
El contexto es sencillo de entender para cualquiera que haya abierto una llave últimamente: el agua sale turbia, con un tono que va del café con leche al consomé de pollo, según la colonia y el día. Los manifestantes explicaron que, ante la mala calidad del líquido, han tenido que gastar de más comprando garrafones para poder beber algo que no parezca guisado. Es el negocio perfecto: pagas el recibo del agua que no se puede tomar, y luego pagas otra vez por el agua que sí. Dos suscripciones al mismo problema.
Lo verdaderamente notable es la serenidad institucional con la que se recibe todo esto. Ni una llave se ha destapado sola, ni una tubería se ha ruborizado. En otras ciudades una protesta afuera de las oficinas centrales generaría, por lo menos, un comunicado nervioso; aquí genera lo de siempre: la promesa de que se está trabajando en ello, frase que en Jalisco ya perdió todo significado y funciona más como saludo.
Uno entiende que modernizar la red hidráulica de una metrópoli es caro, complejo y de esas obras que no se ven, que no cortan listón ni salen en foto. Pero cuando el ciudadano tiene que decidir entre lavarse los dientes con agua embotellada o vivir en la incertidumbre bacteriológica, algo se rompió, y no fue precisamente una tubería: fue la confianza. Ojalá el reconocimiento simbólico les sepa amargo. Del color del agua, digamos.