El culebrón del Mayo: todos mienten, nadie confía y el piloto ya voló
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Pocas cosas unen tanto a los mexicanos como una buena telenovela de espionaje donde no se puede creer absolutamente a nadie, y el caso del 'Mayo' Zambada entregó esta semana varios capítulos de temporada premiada. Por un lado, la Fiscalía General de la República emitió un pronunciamiento acusando al FBI de haber pisoteado tratados internacionales al trasladar sin aviso a Ismael Zambada a Estados Unidos, invocando la Carta de las Naciones Unidas, la Convención de Viena y el latinajo obligatorio de todo escándalo diplomático: pacta sunt servanda. Por otro lado, la Presidencia confirmó que fue el Consejo de Seguridad Nacional el que ordenó entregar a Estados Unidos al piloto que voló con Zambada, dentro de un paquete de 90 objetivos.
Hasta ahí el guion. Lo delicioso son los subtextos. La FGR aclara que no discute los cargos que el líder del Cártel de Sinaloa enfrenta en el extranjero, solo la manera en que se lo llevaron: es como quejarse del uber, no del destino. Y en el fondo palpita la desconfianza mutua más honesta de la política reciente: el exembajador Ken Salazar niega haber mentido, la Presidenta señala contradicciones en sus versiones, y los columnistas recuerdan la joya de la corona intelectual del caso: que dos versiones contradictorias pueden ser ciertas al mismo tiempo. Es posible que a Washington se le haya olvidado avisarle a su propio embajador; es posible que el operativo lo armara el FBI; es posible que a alguien 'se le haya perdido' el piloto en el camino. Todo es posible, y ese es justamente el problema.
El ciudadano, que ve el espectáculo desde Jalisco con el recibo del agua turbia en la mano, ha llegado a la única conclusión sensata: no le cree a la Fiscalía, no le cree al exembajador, no le cree al gobierno de allá ni al de acá. En un país donde la desconfianza es el consenso, uno casi extraña las certezas de las telenovelas viejas, donde por lo menos sabíamos quién era el malo desde el primer capítulo. Aquí ni eso: todos se acusan de mentir mientras el avión ya despegó, el piloto ya cruzó la frontera y el próximo episodio se transmitirá, como siempre, en la mañanera.
Hasta ahí el guion. Lo delicioso son los subtextos. La FGR aclara que no discute los cargos que el líder del Cártel de Sinaloa enfrenta en el extranjero, solo la manera en que se lo llevaron: es como quejarse del uber, no del destino. Y en el fondo palpita la desconfianza mutua más honesta de la política reciente: el exembajador Ken Salazar niega haber mentido, la Presidenta señala contradicciones en sus versiones, y los columnistas recuerdan la joya de la corona intelectual del caso: que dos versiones contradictorias pueden ser ciertas al mismo tiempo. Es posible que a Washington se le haya olvidado avisarle a su propio embajador; es posible que el operativo lo armara el FBI; es posible que a alguien 'se le haya perdido' el piloto en el camino. Todo es posible, y ese es justamente el problema.
El ciudadano, que ve el espectáculo desde Jalisco con el recibo del agua turbia en la mano, ha llegado a la única conclusión sensata: no le cree a la Fiscalía, no le cree al exembajador, no le cree al gobierno de allá ni al de acá. En un país donde la desconfianza es el consenso, uno casi extraña las certezas de las telenovelas viejas, donde por lo menos sabíamos quién era el malo desde el primer capítulo. Aquí ni eso: todos se acusan de mentir mientras el avión ya despegó, el piloto ya cruzó la frontera y el próximo episodio se transmitirá, como siempre, en la mañanera.