Solución radical: si la policía está infiltrada, que la policía diagnostique el problema
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El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla propuso cabildear la extinción de las policías municipales en Michoacán, argumentando que el fenómeno de la infiltración criminal está extendido por todo el país y que ya lo platicó con la presidenta Claudia Sheinbaum. La lógica es impecable y hasta valiente: si la institución está podrida, no se remienda, se desaparece. Es la versión estatal de tirar el sillón entero porque le salió una mancha; ambicioso, definitivo y sospechosamente cómodo.
Lo que le da sabor a la propuesta es su acompañamiento fáctico. La idea de extinguir a las corporaciones municipales llegó casi el mismo día en que en Zacapu detuvieron al director y al subdirector de Seguridad Pública, señalados por su presunta relación con la emboscada de La Mojonera, en Nahuatzen, donde perdieron la vida cinco elementos de la Guardia Civil y otros cinco resultaron heridos. Es decir: la mejor campaña publicitaria a favor de desaparecer a los mandos policiales municipales la protagonizaron, gratuitamente, dos mandos policiales municipales. El destino tiene un sentido del humor que a Michoacán le sale carísimo.
El gobernador citó además los casos de Coeneo y Ecuandureo como parte del mismo patrón, lo que sugiere que no hablamos de una manzana podrida sino de una huerta con problemas estructurales. Y aquí la pregunta que nadie quiere hacer en voz alta: si las municipales están tan infiltradas que hay que extinguirlas, ¿quién exactamente va a llenar el hueco, y cómo garantizamos que la nueva corporación no repita el trámite de infiltración a los seis meses? Porque desaparecer una policía es fácil; lo difícil es que la que llegue no herede la misma agenda telefónica.
Uno entiende la desesperación. Michoacán lleva años intentando cada modelo de seguridad conocido por el hombre, del mando único a la Guardia Civil, con resultados que van del optimismo al comunicado de prensa. Extinguir a las municipales es, en el fondo, admitir que el remiendo local ya no da para más. Suena a rendición disfrazada de reforma, pero al menos es una rendición honesta, y en estos tiempos eso ya es casi un mérito cívico.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie —que no distingue de siglas ni de mandos— seguirá marcando al número de emergencias con la misma fe con que se compra un billete de lotería. Que se extingan o no las municipales le importa menos que saber si, la próxima vez que grite auxilio, alguien —del uniforme que sea— va a llegar antes de que se acabe el problema por sí solo.
Lo que le da sabor a la propuesta es su acompañamiento fáctico. La idea de extinguir a las corporaciones municipales llegó casi el mismo día en que en Zacapu detuvieron al director y al subdirector de Seguridad Pública, señalados por su presunta relación con la emboscada de La Mojonera, en Nahuatzen, donde perdieron la vida cinco elementos de la Guardia Civil y otros cinco resultaron heridos. Es decir: la mejor campaña publicitaria a favor de desaparecer a los mandos policiales municipales la protagonizaron, gratuitamente, dos mandos policiales municipales. El destino tiene un sentido del humor que a Michoacán le sale carísimo.
El gobernador citó además los casos de Coeneo y Ecuandureo como parte del mismo patrón, lo que sugiere que no hablamos de una manzana podrida sino de una huerta con problemas estructurales. Y aquí la pregunta que nadie quiere hacer en voz alta: si las municipales están tan infiltradas que hay que extinguirlas, ¿quién exactamente va a llenar el hueco, y cómo garantizamos que la nueva corporación no repita el trámite de infiltración a los seis meses? Porque desaparecer una policía es fácil; lo difícil es que la que llegue no herede la misma agenda telefónica.
Uno entiende la desesperación. Michoacán lleva años intentando cada modelo de seguridad conocido por el hombre, del mando único a la Guardia Civil, con resultados que van del optimismo al comunicado de prensa. Extinguir a las municipales es, en el fondo, admitir que el remiendo local ya no da para más. Suena a rendición disfrazada de reforma, pero al menos es una rendición honesta, y en estos tiempos eso ya es casi un mérito cívico.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie —que no distingue de siglas ni de mandos— seguirá marcando al número de emergencias con la misma fe con que se compra un billete de lotería. Que se extingan o no las municipales le importa menos que saber si, la próxima vez que grite auxilio, alguien —del uniforme que sea— va a llegar antes de que se acabe el problema por sí solo.