En Morena, la aspirante que apuesta 'a los positivos' (y ojalá sean de encuesta)
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La morenista Gabriela Molina Aguilar anunció que, en las mediciones internas de su partido, apuesta "a los positivos" para posicionarse en la ruta hacia la Coordinación Estatal en Defensa de la 4T en Michoacán. La frase, así de inocente, tendría un aire de superación personal en cualquier otro contexto. En Michoacán, y a estas alturas del sexenio, "apostar a los positivos" suena menos a autoayuda y más a resultado de laboratorio que uno esperaría con las manos sudando en la sala de espera.
Más allá del chiste involuntario, la señora Molina dejó ver la verdadera trama. Preguntada sobre si el proceso interno de Morena se desarrolla con "dados cargados", optó por no pronunciarse, que en el diccionario político mexicano es la manera elegante de decir "sí, pero no lo voy a firmar". Ese silencio diplomático vale más que cualquier declaración: cuando una aspirante no descarta que la contienda esté amañada, no está describiendo a sus rivales, está describiendo el edificio entero donde milita.
Molina agregó un argumento con futuro: considera que es tiempo de mujeres y que en Michoacán existen condiciones para concretar la primera transición de género en la gubernatura. El planteamiento es legítimo y hasta necesario en un estado donde el poder ha sido, históricamente, un club con muy pocas sillas y ninguna reservada para ellas. El problema no es la aspiración, que es válida; el problema es el método, esos benditos procesos internos de Morena que a nadie convencen de ser limpios ni cuando salen bien.
Porque esa es la ironía de fondo: el partido que llegó prometiendo acabar con la vieja política resuelve sus candidaturas con encuestas cuya metodología solo conoce el que las paga, y donde el término "medición" abarca desde el estudio serio hasta la corazonada del que reparte las posiciones. En ese pantano, apostar "a los positivos" es casi un acto de fe, y doña Gabriela lo sabe, por eso reza a los números en lugar de a las urnas.
Le deseamos suerte a la aspirante, sinceramente. Que sus positivos sean muchos, medibles y a prueba de dados. Pero que no se confíe: en Michoacán las encuestas internas tienen la costumbre de coincidir milagrosamente con quien ya estaba decidido de antemano, y esa clase de milagro no aparece en ninguna boleta. Al final, la única medición que importa es la que se hace en corto, lejos de las cámaras, donde los positivos se cuentan de otro modo.
Más allá del chiste involuntario, la señora Molina dejó ver la verdadera trama. Preguntada sobre si el proceso interno de Morena se desarrolla con "dados cargados", optó por no pronunciarse, que en el diccionario político mexicano es la manera elegante de decir "sí, pero no lo voy a firmar". Ese silencio diplomático vale más que cualquier declaración: cuando una aspirante no descarta que la contienda esté amañada, no está describiendo a sus rivales, está describiendo el edificio entero donde milita.
Molina agregó un argumento con futuro: considera que es tiempo de mujeres y que en Michoacán existen condiciones para concretar la primera transición de género en la gubernatura. El planteamiento es legítimo y hasta necesario en un estado donde el poder ha sido, históricamente, un club con muy pocas sillas y ninguna reservada para ellas. El problema no es la aspiración, que es válida; el problema es el método, esos benditos procesos internos de Morena que a nadie convencen de ser limpios ni cuando salen bien.
Porque esa es la ironía de fondo: el partido que llegó prometiendo acabar con la vieja política resuelve sus candidaturas con encuestas cuya metodología solo conoce el que las paga, y donde el término "medición" abarca desde el estudio serio hasta la corazonada del que reparte las posiciones. En ese pantano, apostar "a los positivos" es casi un acto de fe, y doña Gabriela lo sabe, por eso reza a los números en lugar de a las urnas.
Le deseamos suerte a la aspirante, sinceramente. Que sus positivos sean muchos, medibles y a prueba de dados. Pero que no se confíe: en Michoacán las encuestas internas tienen la costumbre de coincidir milagrosamente con quien ya estaba decidido de antemano, y esa clase de milagro no aparece en ninguna boleta. Al final, la única medición que importa es la que se hace en corto, lejos de las cámaras, donde los positivos se cuentan de otro modo.