La ciudad que se remodela por la mañana y se hunde por la tarde
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Hay días en que la Ciudad de México amanece con vocación de tríptico de gobierno y anochece con vocación de tragedia griega. Hoy es uno de esos días, así que abramos la sombrilla —literal— y repasemos el prodigio de una capital que inaugura obras con listón, banda y discurso, y que a las pocas semanas las devuelve al taller de garantía.
Empecemos por el Hospital General de Xoco, ese milagro de la ingeniería que a menos de un mes de estrenar su moderna área de urgencias con alta tecnología ya presume filtraciones pluviales, derrumbes y falta de insumos. Uno espera que un hospital recién rehabilitado te cure padecimientos, no que te agregue uno nuevo por goteo. Pero aquí la modernidad es tan avanzada que la lluvia entra sola a consulta y el techo hace triage. Mientras las autoridades hablan de inversión y actualización, los pacientes reportan que sus males empeoraron entre cubetazos: la única alta tecnología garantizada, por ahora, es la cubeta.
De los goteos pasemos a los agujeros. En el deportivo Gertrudis Sánchez, de la Gustavo A. Madero, se formó un nuevo socavón: 50 metros cuadrados, ocho de profundidad, a un ladito de las canchas de básquet y volibol que apenas hace tres meses fueron rehabilitadas. Es el segundo en menos de tres años y —agárrense— el séptimo del inmueble. Ya no es un socavón, es una tradición vecinal. Hace un rato se tragó un gimnasio de box; ahora amenaza el volibol. A este paso, el deportivo va a inscribir la modalidad de clavado sin agua. Y el eufemismo del día lo firma la autoridad del agua, que no habla de socavón sino de 'oquedad': porque no hay hoyo que no mejore con un sinónimo elegante.
Y si el subsuelo abre la boca, el cielo la secunda. La tormenta dejó el sur convertido en canal veneciano: en Tlalpan el agua alcanzó 80 centímetros, con espejos de 100 metros de largo, viviendas anegadas y coches semisumergidos en un taller mecánico, que ahora reparan mojados por dentro. Se activó Alerta Naranja, el Metro bajó la velocidad de los trenes y, para no perder la costumbre digital, las redes bautizaron el chubasco como 'tormenta negra', término que —aclararon las autoridades— viene del observatorio de Hong Kong. Porque en esta ciudad hasta las inundaciones tienen sucursal internacional.
Mientras abajo se hunde y arriba se inunda, en medio flota el cableado: 30 mil toneladas de espagueti aéreo dominan el paisaje, y 65 por ciento es tendido obsoleto de telecomunicaciones. Es decir, tres de cada cuatro cables que le tapan el sol a su calle ya no sirven para nada, salvo para que los pájaros ensayen coreografías. La regulación llegó tarde, como el camión: cuando por fin apareció, la maraña ya tenía escritura pública.
En el frente político-arquitectónico, la jefa de Gobierno entregó 106 departamentos y anunció la 'política de vivienda más grande y ambiciosa en la historia de la ciudad', con meta de 200 mil acciones al 2030. Ambición no falta; ojalá los edificios nuevos vengan con impermeabilizante de fábrica y no compartan proveedor con Xoco. Porque una cosa es el derecho a la ciudad —homenajeado con toda razón— y otra el derecho a que no se te caiga encima. Ya en Bosque de las Lomas un muro decidió jubilarse anticipadamente sobre una caseta de vigilancia, recordándonos que en esta capital hasta la construcción cara tiene ideas propias.
Y como toda saga necesita su final feliz, aquí va: la familia del Pato Merlín —sí, el pato que se volvió mascota extraoficial del Mundial— ya tiene casa del INVI. Su dueña reveló que vivían en un local comercial y callaban por temor a que se los quitaran. Uno se alegra sinceramente por ellos, aunque no deja de ser poesía urbana pura: en la Ciudad de México, el camino más corto a una vivienda del bienestar pasó por adoptar un pato con carisma mediático. Nota para el resto de los solicitantes en lista de espera: consíganse un ánade fotogénico.
En resumen: hospitales que gotean, deportivos que se hunden, calles que se inundan, cables que sobran y patos que ascienden socialmente. La CDMX no está en crisis; está en obra permanente, que es distinto. Aquí no se termina nada, solo se reinaugura. Traiga botas, casco y, por si las dudas, un patito de la suerte.
Empecemos por el Hospital General de Xoco, ese milagro de la ingeniería que a menos de un mes de estrenar su moderna área de urgencias con alta tecnología ya presume filtraciones pluviales, derrumbes y falta de insumos. Uno espera que un hospital recién rehabilitado te cure padecimientos, no que te agregue uno nuevo por goteo. Pero aquí la modernidad es tan avanzada que la lluvia entra sola a consulta y el techo hace triage. Mientras las autoridades hablan de inversión y actualización, los pacientes reportan que sus males empeoraron entre cubetazos: la única alta tecnología garantizada, por ahora, es la cubeta.
De los goteos pasemos a los agujeros. En el deportivo Gertrudis Sánchez, de la Gustavo A. Madero, se formó un nuevo socavón: 50 metros cuadrados, ocho de profundidad, a un ladito de las canchas de básquet y volibol que apenas hace tres meses fueron rehabilitadas. Es el segundo en menos de tres años y —agárrense— el séptimo del inmueble. Ya no es un socavón, es una tradición vecinal. Hace un rato se tragó un gimnasio de box; ahora amenaza el volibol. A este paso, el deportivo va a inscribir la modalidad de clavado sin agua. Y el eufemismo del día lo firma la autoridad del agua, que no habla de socavón sino de 'oquedad': porque no hay hoyo que no mejore con un sinónimo elegante.
Y si el subsuelo abre la boca, el cielo la secunda. La tormenta dejó el sur convertido en canal veneciano: en Tlalpan el agua alcanzó 80 centímetros, con espejos de 100 metros de largo, viviendas anegadas y coches semisumergidos en un taller mecánico, que ahora reparan mojados por dentro. Se activó Alerta Naranja, el Metro bajó la velocidad de los trenes y, para no perder la costumbre digital, las redes bautizaron el chubasco como 'tormenta negra', término que —aclararon las autoridades— viene del observatorio de Hong Kong. Porque en esta ciudad hasta las inundaciones tienen sucursal internacional.
Mientras abajo se hunde y arriba se inunda, en medio flota el cableado: 30 mil toneladas de espagueti aéreo dominan el paisaje, y 65 por ciento es tendido obsoleto de telecomunicaciones. Es decir, tres de cada cuatro cables que le tapan el sol a su calle ya no sirven para nada, salvo para que los pájaros ensayen coreografías. La regulación llegó tarde, como el camión: cuando por fin apareció, la maraña ya tenía escritura pública.
En el frente político-arquitectónico, la jefa de Gobierno entregó 106 departamentos y anunció la 'política de vivienda más grande y ambiciosa en la historia de la ciudad', con meta de 200 mil acciones al 2030. Ambición no falta; ojalá los edificios nuevos vengan con impermeabilizante de fábrica y no compartan proveedor con Xoco. Porque una cosa es el derecho a la ciudad —homenajeado con toda razón— y otra el derecho a que no se te caiga encima. Ya en Bosque de las Lomas un muro decidió jubilarse anticipadamente sobre una caseta de vigilancia, recordándonos que en esta capital hasta la construcción cara tiene ideas propias.
Y como toda saga necesita su final feliz, aquí va: la familia del Pato Merlín —sí, el pato que se volvió mascota extraoficial del Mundial— ya tiene casa del INVI. Su dueña reveló que vivían en un local comercial y callaban por temor a que se los quitaran. Uno se alegra sinceramente por ellos, aunque no deja de ser poesía urbana pura: en la Ciudad de México, el camino más corto a una vivienda del bienestar pasó por adoptar un pato con carisma mediático. Nota para el resto de los solicitantes en lista de espera: consíganse un ánade fotogénico.
En resumen: hospitales que gotean, deportivos que se hunden, calles que se inundan, cables que sobran y patos que ascienden socialmente. La CDMX no está en crisis; está en obra permanente, que es distinto. Aquí no se termina nada, solo se reinaugura. Traiga botas, casco y, por si las dudas, un patito de la suerte.