El deportivo que colecciona socavones como estampas
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Hay coleccionistas de timbres, de monedas y de figuritas del álbum del Mundial. El deportivo Gertrudis Sánchez, en la Gustavo A. Madero, colecciona socavones. Ya va por el séptimo. El más reciente apareció la noche del miércoles y para el día siguiente ya medía 50 metros cuadrados con ocho de profundidad, justo al lado de las canchas de básquet y volibol que apenas hace tres meses habían sido rehabilitadas. Tres meses. Un socavón con mejor puntualidad que muchas obras.
Es el segundo en menos de tres años en el mismo predio que, hace un rato, se tragó completo el gimnasio de box. El vecindario ya no se pregunta si va a salir otro hoyo, sino cuándo y de qué tamaño. A este nivel de constancia, la tierra de ese deportivo merece un reconocimiento por trayectoria.
La causa: un tubo roto, un colector que reventó y dejó una oquedad. Y aquí conviene detenerse en la palabra estelar del boletín oficial: 'oquedad'. Porque cuando la autoridad del agua reporta la inspección, no dice socavón —suena feo, suena repetido—, dice oquedad, que es como llamarle 'incidente de superficie descendente' al abismo que apareció junto a la cancha. Con sinónimos así, hasta el fin del mundo sonaría a trámite menor.
Lo verdaderamente notable es la fe pública que se le pide al vecino: rehabilitan las canchas, cortan el listón, y a las pocas semanas el subsuelo emite su opinión. Quienes iban a hacer deporte ahora hacen equilibrismo, revisando el piso antes de botar el balón. La recomendación municipal debería venir impresa: en el Gertrudis Sánchez, antes de driblar, verifique que el suelo siga ahí. Porque en esta ciudad la única disciplina que nunca se suspende por mantenimiento es la de aparecer un hoyo nuevo.
Es el segundo en menos de tres años en el mismo predio que, hace un rato, se tragó completo el gimnasio de box. El vecindario ya no se pregunta si va a salir otro hoyo, sino cuándo y de qué tamaño. A este nivel de constancia, la tierra de ese deportivo merece un reconocimiento por trayectoria.
La causa: un tubo roto, un colector que reventó y dejó una oquedad. Y aquí conviene detenerse en la palabra estelar del boletín oficial: 'oquedad'. Porque cuando la autoridad del agua reporta la inspección, no dice socavón —suena feo, suena repetido—, dice oquedad, que es como llamarle 'incidente de superficie descendente' al abismo que apareció junto a la cancha. Con sinónimos así, hasta el fin del mundo sonaría a trámite menor.
Lo verdaderamente notable es la fe pública que se le pide al vecino: rehabilitan las canchas, cortan el listón, y a las pocas semanas el subsuelo emite su opinión. Quienes iban a hacer deporte ahora hacen equilibrismo, revisando el piso antes de botar el balón. La recomendación municipal debería venir impresa: en el Gertrudis Sánchez, antes de driblar, verifique que el suelo siga ahí. Porque en esta ciudad la única disciplina que nunca se suspende por mantenimiento es la de aparecer un hoyo nuevo.