Robaron cinco millones al Banco del Bienestar y se compraron seis carros: cuando el bajo perfil no era el plan
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Hay delitos que fracasan por mala suerte y hay delitos que fracasan por exceso de entusiasmo. El robo al Banco del Bienestar en Nuevo León pertenece orgullosamente a la segunda categoría. Según las investigaciones de la Agencia Estatal de Investigaciones, presuntos familiares de la gerente de una sucursal, supuestamente en complicidad con ella, sustrajeron cinco millones de pesos. Hasta ahí, un guion de película. El problema fue el epílogo: con parte del botín se compraron al menos seis carros.
Seis. Detengámonos ahí un momento. No un auto usado y discreto para pasar desapercibidos, ni una camionetita gris que se pierde en el tráfico de Guadalupe. Media agencia automotriz. Es el equivalente delictivo de robar un pastel y salir a la calle con la cara embarrada de betún gritando que uno está a dieta. En el arte de no llamar la atención, estos presuntos obtuvieron cero de calificación y una mención honorífica en la categoría de autosabotaje.
Las autoridades ya detuvieron al cuarto implicado, un hombre de 57 años identificado como Ignacio, con parentesco por afinidad con la presunta autora intelectual. Es decir: un asunto de familia, de esos donde en la próxima carne asada el tema va a estar prohibido. Porque nada une y desune tanto a un clan como un plan financiero compartido que termina en el Ministerio Público.
La moraleja tiene valor pedagógico. El dinero mal habido comparte una propiedad física con el bien habido: se evapora a la misma velocidad, pero atrae seis veces más miradas. Comprar flotilla de vehículos con lana recién sustraída de un banco es, técnicamente, dejar un rastro con placas y factura. Los investigadores no tuvieron que ser Sherlock; bastó seguir el olor a coche nuevo.
Así que quedará para el anecdotario regio: el atraco que quiso ser sofisticado y terminó siendo un comercial de concesionaria. En Nuevo León, tierra de emprendedores, hasta los presuntos ladrones invierten mal. La diferencia es que a estos la mala inversión les costó, además del dinero, la libertad.
Seis. Detengámonos ahí un momento. No un auto usado y discreto para pasar desapercibidos, ni una camionetita gris que se pierde en el tráfico de Guadalupe. Media agencia automotriz. Es el equivalente delictivo de robar un pastel y salir a la calle con la cara embarrada de betún gritando que uno está a dieta. En el arte de no llamar la atención, estos presuntos obtuvieron cero de calificación y una mención honorífica en la categoría de autosabotaje.
Las autoridades ya detuvieron al cuarto implicado, un hombre de 57 años identificado como Ignacio, con parentesco por afinidad con la presunta autora intelectual. Es decir: un asunto de familia, de esos donde en la próxima carne asada el tema va a estar prohibido. Porque nada une y desune tanto a un clan como un plan financiero compartido que termina en el Ministerio Público.
La moraleja tiene valor pedagógico. El dinero mal habido comparte una propiedad física con el bien habido: se evapora a la misma velocidad, pero atrae seis veces más miradas. Comprar flotilla de vehículos con lana recién sustraída de un banco es, técnicamente, dejar un rastro con placas y factura. Los investigadores no tuvieron que ser Sherlock; bastó seguir el olor a coche nuevo.
Así que quedará para el anecdotario regio: el atraco que quiso ser sofisticado y terminó siendo un comercial de concesionaria. En Nuevo León, tierra de emprendedores, hasta los presuntos ladrones invierten mal. La diferencia es que a estos la mala inversión les costó, además del dinero, la libertad.