Agua y Drenaje, el estudio de arte que deja obras inconclusas por toda la ciudad
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Si algún día Nuevo León quiere abrir un museo de arte contemporáneo, no necesita comisionar nada: le basta con vallar las obras inconclusas de Agua y Drenaje y cobrar entrada. Tenemos toda una exposición itinerante regada por el área metropolitana. En Mitras Centro, la calle Yuriria en su cruce con Moisés Sáenz lleva más de cinco meses intransitable por una obra que dejó la carpeta asfáltica destrozada y nadie ha vuelto por ella. En la avenida Venustiano Carranza, cruce con Colón, dos obras inconclusas mantienen el caos vial y, ante la falta de señalización, fueron los propios vecinos quienes colocaron trafitambos para que nadie se mate. La instalación se titula: "Ausencia, óleo sobre zanja".
El detalle conmovedor es la respuesta ciudadana. Cuando la autoridad no pone un letrero, el regiomontano no espera: saca sus propios botes, sus conos improvisados, y monta un sistema de protección civil casero con la resignación de quien ya sabe que la próxima semana prometida nunca llega. Es el mismo espíritu emprendedor que presume el estado, aplicado a tapar los pendientes del estado. Autogestión pura.
Y por si faltara coro, en Guadalupe el alcalde Héctor García tuvo que sentarse formalmente con el director de Agua y Drenaje y con la CFE a "gestionar prontitud" en las fallas de agua y luz que padecen los vecinos. Que un alcalde tenga que reunirse para pedir que se acelere el tapado de zanjas es la confirmación de que aquí ni las dependencias se apuran solas. En la junta acordaron incrementar equipos y cuadrillas, frase que en el diccionario burocrático significa "lo mismo, pero prometido con más gente".
Lo notable es la constancia. Estas obras no se abandonan por descuido: se abandonan con método, con reincidencia, con vocación. Cinco meses aquí, más de un año allá. Si la construcción avanzara al ritmo con que las zanjas se quedan abiertas, ya tendríamos metro hasta Linares.
Mientras tanto, el trafitambo naranja se ha ganado un lugar en el corazón del paisaje urbano regio, junto al Cerro de la Silla y las nubes de tolvanera. Es el monumento no oficial a una verdad incómoda: en la ciudad que presume ser la más eficiente del país, la obra que nunca falla es la que nunca termina.
El detalle conmovedor es la respuesta ciudadana. Cuando la autoridad no pone un letrero, el regiomontano no espera: saca sus propios botes, sus conos improvisados, y monta un sistema de protección civil casero con la resignación de quien ya sabe que la próxima semana prometida nunca llega. Es el mismo espíritu emprendedor que presume el estado, aplicado a tapar los pendientes del estado. Autogestión pura.
Y por si faltara coro, en Guadalupe el alcalde Héctor García tuvo que sentarse formalmente con el director de Agua y Drenaje y con la CFE a "gestionar prontitud" en las fallas de agua y luz que padecen los vecinos. Que un alcalde tenga que reunirse para pedir que se acelere el tapado de zanjas es la confirmación de que aquí ni las dependencias se apuran solas. En la junta acordaron incrementar equipos y cuadrillas, frase que en el diccionario burocrático significa "lo mismo, pero prometido con más gente".
Lo notable es la constancia. Estas obras no se abandonan por descuido: se abandonan con método, con reincidencia, con vocación. Cinco meses aquí, más de un año allá. Si la construcción avanzara al ritmo con que las zanjas se quedan abiertas, ya tendríamos metro hasta Linares.
Mientras tanto, el trafitambo naranja se ha ganado un lugar en el corazón del paisaje urbano regio, junto al Cerro de la Silla y las nubes de tolvanera. Es el monumento no oficial a una verdad incómoda: en la ciudad que presume ser la más eficiente del país, la obra que nunca falla es la que nunca termina.