El simulacro perfecto: ensayar el caos para no perder práctica
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Buenas noticias para quienes extrañaban la adrenalina: este lunes 13 de julio, a partir de la una de la tarde, el Área Metropolitana de Guadalajara vivirá un simulacro masivo de bloqueos terrestres en varias vialidades, con la participación de cuerpos de seguridad de los tres niveles de gobierno. El objetivo, dicen, es evaluar la capacidad de respuesta ante hechos de violencia como los ocurridos el pasado 22 de febrero. Y para que nadie se ponga nervioso, las autoridades emitieron el mensaje más tranquilizador del calendario cívico: “no se alarmen”.
Hay algo profundamente tapatío en la escena. Vamos a fingir que la ciudad se bloquea para aprender qué hacer cuando la ciudad se bloquee, en una metrópoli que ya se bloquea sola cada vez que caen tres gotas y suspenden la Línea 4. Es como ensayar cómo apagar un incendio con la casa ya ardiendo un rato al año: técnicamente prevención, emocionalmente déjà vu.
Uno imagina la logística: patrullas cerrando cruceros de mentiritas, oficiales cronometrando su reacción heroica, y en medio, el ciudadano de a pie —ese que no recibió el memo— convencido de que esta vez sí, ahora sí, el lunes se descompuso de verdad. Porque el problema de los simulacros realistas es precisamente que son realistas: para el automovilista atorado en Periférico no hay diferencia entre un bloqueo ensayado y uno auténtico. El coraje es idéntico, el claxon también.
Se agradece, eso sí, la sinceridad institucional. Reconocer que necesitamos practicar cómo responder al caos es admitir, entre líneas, que el caos es un huésped frecuente y ya tiene su cuarto reservado. Lo demás es coreografía. Así que este lunes, si ve un despliegue de unidades y siente que el corazón se le acelera, respire hondo: es el ensayo general de una obra que, tarde o temprano, la metrópoli monta sin previo aviso y sin conos de utilería.
Hay algo profundamente tapatío en la escena. Vamos a fingir que la ciudad se bloquea para aprender qué hacer cuando la ciudad se bloquee, en una metrópoli que ya se bloquea sola cada vez que caen tres gotas y suspenden la Línea 4. Es como ensayar cómo apagar un incendio con la casa ya ardiendo un rato al año: técnicamente prevención, emocionalmente déjà vu.
Uno imagina la logística: patrullas cerrando cruceros de mentiritas, oficiales cronometrando su reacción heroica, y en medio, el ciudadano de a pie —ese que no recibió el memo— convencido de que esta vez sí, ahora sí, el lunes se descompuso de verdad. Porque el problema de los simulacros realistas es precisamente que son realistas: para el automovilista atorado en Periférico no hay diferencia entre un bloqueo ensayado y uno auténtico. El coraje es idéntico, el claxon también.
Se agradece, eso sí, la sinceridad institucional. Reconocer que necesitamos practicar cómo responder al caos es admitir, entre líneas, que el caos es un huésped frecuente y ya tiene su cuarto reservado. Lo demás es coreografía. Así que este lunes, si ve un despliegue de unidades y siente que el corazón se le acelera, respire hondo: es el ensayo general de una obra que, tarde o temprano, la metrópoli monta sin previo aviso y sin conos de utilería.