Césped a 450 dólares: la FIFA vende el pasto que a Jalisco le sobra
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La FIFA descubrió el modelo de negocio que los jardineros mexicanos llevan siglos ignorando: cobrar por el pasto. La organización puso a la venta pedacitos del césped de la Final del Mundial 2026 a 450 dólares la pieza —unos nueve mil pesos al tipo de cambio del optimismo— y, contra todo pronóstico o gracias a él, el artículo se agotó en la tienda en línea. Sí: hay seres humanos que pagaron el equivalente a la quincena por un tepe con pedigrí.
Uno lo lee desde Guadalajara y no sabe si reír o salir a cosechar las banquetas. Porque en Tlaquepaque el pasto crece solito, gratis, entre las grietas del concreto y con un entusiasmo que ya lo quisiera cualquier vivero. En temporada de lluvias, media metrópoli podría montar un puesto de “césped de autor” y jubilarse. La diferencia, claro, es la narrativa: la FIFA no vende zacate, vende pertenencia, vende el sueño de tocar un pedazo de historia deportiva. Nosotros solo tenemos el sueño de que no se inunde la cochera.
El gesto corona una relación que ya conocíamos: el Mundial como el tianguis más caro del planeta, donde todo tiene precio, hasta lo que crece de la tierra. Se calcula que el torneo dejó entre 45 y 50 mil millones de pesos de derrama en México, así que un poquito de monetización extra del jardín no le hace daño a nadie —salvo, quizá, a la cordura del comprador—. Y mientras, el director de Seguridad de la FIFA declaraba que el país demostró estar listo “con creces”, frase que suena mejor cuando uno no revisa el estado de las coladeras.
En fin: si alguien de verdad quería un recuerdo verde y auténtico del futbol en México, pudo ahorrarse los 450 dólares y pasear un domingo por cualquier camellón olvidado de la ciudad. El pasto es el mismo, la humedad es real y la historia, esa, la ponemos nosotros cada temporada de lluvias.
Uno lo lee desde Guadalajara y no sabe si reír o salir a cosechar las banquetas. Porque en Tlaquepaque el pasto crece solito, gratis, entre las grietas del concreto y con un entusiasmo que ya lo quisiera cualquier vivero. En temporada de lluvias, media metrópoli podría montar un puesto de “césped de autor” y jubilarse. La diferencia, claro, es la narrativa: la FIFA no vende zacate, vende pertenencia, vende el sueño de tocar un pedazo de historia deportiva. Nosotros solo tenemos el sueño de que no se inunde la cochera.
El gesto corona una relación que ya conocíamos: el Mundial como el tianguis más caro del planeta, donde todo tiene precio, hasta lo que crece de la tierra. Se calcula que el torneo dejó entre 45 y 50 mil millones de pesos de derrama en México, así que un poquito de monetización extra del jardín no le hace daño a nadie —salvo, quizá, a la cordura del comprador—. Y mientras, el director de Seguridad de la FIFA declaraba que el país demostró estar listo “con creces”, frase que suena mejor cuando uno no revisa el estado de las coladeras.
En fin: si alguien de verdad quería un recuerdo verde y auténtico del futbol en México, pudo ahorrarse los 450 dólares y pasear un domingo por cualquier camellón olvidado de la ciudad. El pasto es el mismo, la humedad es real y la historia, esa, la ponemos nosotros cada temporada de lluvias.