SAPAL cuenta 13 tapas de alcantarilla menos: León, la ciudad que se traga a sus peatones
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Hay logros que no salen en el informe de gobierno pero merecen monumento, y este es uno: en lo que va de 2026, León ha perdido 13 tapas de alcantarilla por robo. Lo confirmó el propio director de SAPAL, Enrique de Haro Maldonado, quien detalló que Valle de León y Villas de Santa Julia son las colonias donde más casos se han registrado. Trece. No es un número redondo, no es cábala, es simplemente la cuenta de las coladeras que hoy están abiertas al público como trampas municipales de acceso gratuito.
Conviene entender la hazaña logística. Robarse una tapa de alcantarilla no es como llevarse un espejo lateral: pesa, es incómoda, huele a lo que huele y no cabe en la mochila. Alguien, con premeditación y buena espalda, decidió que ese fierro valía más como chatarra que como salvavidas del vecino distraído. Y aquí es donde la ciudad de la industria del calzado enfrenta su paradoja histórica: León hace los mejores zapatos del país, pero ahora hay que fijarse dónde los pisas, porque el siguiente paso puede ser directo al drenaje.
Uno imagina la escena cotidiana en Valle de León: familias caminando en formación de reconocimiento militar, el más chico adelante haciendo de detector de coladeras, la abuela cerrando la fila. Salir a comprar tortillas se volvió una expedición con riesgo de desaparición súbita. Y lo mejor es que la lluvia de esta misma semana —la que dejó el bulevar Vasco de Quiroga hecho pedazos— convierte esas 13 bocas destapadas en piscinas camufladas: no ves el hueco, ves un charco, y el charco te ve a ti.
La parte triste es la aritmética del cinismo: alguien calculó que el kilo de fierro fundido pagaba mejor que la integridad física de un peatón. En Guanajuato, tierra de emprendedores, hasta el subsuelo se volvió modelo de negocio. Ojalá que la campaña contra el robo de tapas tenga el mismo entusiasmo que las de descacharrización, porque por ahora la ciudad va perdiendo trece a cero contra sus propios ladrones de chatarra. Y el marcador, como las coladeras, sigue abierto.
Conviene entender la hazaña logística. Robarse una tapa de alcantarilla no es como llevarse un espejo lateral: pesa, es incómoda, huele a lo que huele y no cabe en la mochila. Alguien, con premeditación y buena espalda, decidió que ese fierro valía más como chatarra que como salvavidas del vecino distraído. Y aquí es donde la ciudad de la industria del calzado enfrenta su paradoja histórica: León hace los mejores zapatos del país, pero ahora hay que fijarse dónde los pisas, porque el siguiente paso puede ser directo al drenaje.
Uno imagina la escena cotidiana en Valle de León: familias caminando en formación de reconocimiento militar, el más chico adelante haciendo de detector de coladeras, la abuela cerrando la fila. Salir a comprar tortillas se volvió una expedición con riesgo de desaparición súbita. Y lo mejor es que la lluvia de esta misma semana —la que dejó el bulevar Vasco de Quiroga hecho pedazos— convierte esas 13 bocas destapadas en piscinas camufladas: no ves el hueco, ves un charco, y el charco te ve a ti.
La parte triste es la aritmética del cinismo: alguien calculó que el kilo de fierro fundido pagaba mejor que la integridad física de un peatón. En Guanajuato, tierra de emprendedores, hasta el subsuelo se volvió modelo de negocio. Ojalá que la campaña contra el robo de tapas tenga el mismo entusiasmo que las de descacharrización, porque por ahora la ciudad va perdiendo trece a cero contra sus propios ladrones de chatarra. Y el marcador, como las coladeras, sigue abierto.