120 combis ya te ven: la videovigilancia que cuenta pasajeros pero no cuenta los baches
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Bienvenidos al futuro, señoras y señores, que llegó en combi. Morelia estrenó su programa piloto de videovigilancia en el transporte público con 120 unidades equipadas con dos aparatos de última generación: una cámara para vigilar y una máquina contadora de pasajeros. Es decir, que ahora el mismo camión que rechina en cada tope y que arranca antes de que termines de subir, también tiene ojos electrónicos y sabe matemáticas.
La idea suena impecable en el boletín: más seguridad, más datos, más modernidad. Y uno la aplaude, porque nadie está en contra de que a las unidades les pongan tecnología. El problema es la jerarquía de urgencias. En una ciudad donde la combi va llena como lata de sardinas en aceite, lo primero que decidimos medir con precisión suiza es cuánta gente cabe apretada. Gracias, ciencia: por fin tendremos la cifra exacta del sufrimiento colectivo, certificada por sensor.
La cámara, dicen, es para la seguridad de los usuarios. Excelente. Solo falta que ese mismo ojo biónico grabe también las cosas que de verdad quitan el sueño al pasajero moreliano: la cara del chofer cuando le pagas con billete grande, la velocidad de crucero rumbo al centro que compite con Fórmula 1, o el misterioso momento en que la unidad decide que ya no va a tu destino y se desvía porque sí. Eso sí sería un documental con rating.
Y que conste: contar pasajeros está bien, porque de ahí salen datos para planear rutas y frecuencias. Pero uno teme que la cifra termine en una presentación de PowerPoint con gráficas bonitas mientras el usuario sigue esperando su combi bajo la lluvia, en una de las seis zonas que se inundan puntualmente cada temporal. La tecnología avanza; la banqueta encharcada, no.
Son 120 combis para empezar, un piloto, o sea que apenas es el ensayo general. Habrá que ver si el proyecto crece o si, como tantos pilotos en este país, se queda para siempre en modo prueba, eternamente aterrizando. Por lo pronto, sonría, paisano: ya lo están contando. Ojalá algún día también lo escuchen.
La idea suena impecable en el boletín: más seguridad, más datos, más modernidad. Y uno la aplaude, porque nadie está en contra de que a las unidades les pongan tecnología. El problema es la jerarquía de urgencias. En una ciudad donde la combi va llena como lata de sardinas en aceite, lo primero que decidimos medir con precisión suiza es cuánta gente cabe apretada. Gracias, ciencia: por fin tendremos la cifra exacta del sufrimiento colectivo, certificada por sensor.
La cámara, dicen, es para la seguridad de los usuarios. Excelente. Solo falta que ese mismo ojo biónico grabe también las cosas que de verdad quitan el sueño al pasajero moreliano: la cara del chofer cuando le pagas con billete grande, la velocidad de crucero rumbo al centro que compite con Fórmula 1, o el misterioso momento en que la unidad decide que ya no va a tu destino y se desvía porque sí. Eso sí sería un documental con rating.
Y que conste: contar pasajeros está bien, porque de ahí salen datos para planear rutas y frecuencias. Pero uno teme que la cifra termine en una presentación de PowerPoint con gráficas bonitas mientras el usuario sigue esperando su combi bajo la lluvia, en una de las seis zonas que se inundan puntualmente cada temporal. La tecnología avanza; la banqueta encharcada, no.
Son 120 combis para empezar, un piloto, o sea que apenas es el ensayo general. Habrá que ver si el proyecto crece o si, como tantos pilotos en este país, se queda para siempre en modo prueba, eternamente aterrizando. Por lo pronto, sonría, paisano: ya lo están contando. Ojalá algún día también lo escuchen.