El Fan Fest era gratis hasta que Hacienda pasó la charola: 46 millones por Campo Marte
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Existe un tipo de gratuidad muy mexicana: la que dura hasta que alguien se acuerda de cobrar. Eso le pasó al Fan Fest del Mundial instalado en Campo Marte, donde según una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, la Secretaría de Hacienda terminó pidiendo el pago de 46 millones 71 mil 827 pesos por el uso del predio federal durante 39 días. El monto, además, debe cubrirse antes de que termine el torneo, con esa urgencia de quien recuerda la deuda justo cuando ya se acabó la fiesta y hay que recoger los vasos.
Lo sabroso está en la letra chica del origen. De acuerdo con la misma investigación, el convenio firmado en febrero entre la Sedena, la Secretaría de Turismo y una empresa que la organización vincula a Televisa establecía originalmente que el uso de Campo Marte no implicaría contraprestación económica. Traducción: era gratis. Y luego, por la vía del Indaabin, resultó que el terreno tenía un valor comercial que alguien calculó, cifra con centavos incluidos, como para que nadie diga que se sacaron el número de la manga. Ochocientos veintisiete pesos de propina cósmica.
Uno se pregunta en qué momento del proceso el predio pasó de ser un favor institucional a ser una factura. Es la clásica montaña rusa presupuestal: primero el abrazo republicano y el "aquí todo es del pueblo", después el oficio frío que dice "son 46 melones, con centavos, y de volada". El pueblo, mientras tanto, mira la fiesta desde la reja, porque el Fan Fest se disfruta pero la cuenta se hereda.
Hay algo profundamente pedagógico en el episodio. Nos enseña que en México la palabra "gratis" es como el pronóstico del clima: una estimación optimista sujeta a revisión sin previo aviso. También nos recuerda que cuando en un convenio participan una secretaría, el Ejército y una empresa de televisión, lo más probable es que quien acabe pagando no esté sentado en la mesa donde se firmó nada.
Que conste: no hay nada de malo en que un bien federal se cobre a su valor comercial. Al contrario, sería lo esperable. Lo raro es el orden de los factores: primero se dijo que no costaba, se montó la fiesta, se llenó de banderitas y pantallas, y hasta entonces apareció el precio. Es como invitar a alguien a tu boda, servirle el pastel y al final pasarle la cuenta del salón. El Mundial se irá, los goles se recordarán, pero el oficio de Hacienda quedará como la anotación más precisa del torneo: 46 millones, con centavos, y sin repetición en pantalla.
Lo sabroso está en la letra chica del origen. De acuerdo con la misma investigación, el convenio firmado en febrero entre la Sedena, la Secretaría de Turismo y una empresa que la organización vincula a Televisa establecía originalmente que el uso de Campo Marte no implicaría contraprestación económica. Traducción: era gratis. Y luego, por la vía del Indaabin, resultó que el terreno tenía un valor comercial que alguien calculó, cifra con centavos incluidos, como para que nadie diga que se sacaron el número de la manga. Ochocientos veintisiete pesos de propina cósmica.
Uno se pregunta en qué momento del proceso el predio pasó de ser un favor institucional a ser una factura. Es la clásica montaña rusa presupuestal: primero el abrazo republicano y el "aquí todo es del pueblo", después el oficio frío que dice "son 46 melones, con centavos, y de volada". El pueblo, mientras tanto, mira la fiesta desde la reja, porque el Fan Fest se disfruta pero la cuenta se hereda.
Hay algo profundamente pedagógico en el episodio. Nos enseña que en México la palabra "gratis" es como el pronóstico del clima: una estimación optimista sujeta a revisión sin previo aviso. También nos recuerda que cuando en un convenio participan una secretaría, el Ejército y una empresa de televisión, lo más probable es que quien acabe pagando no esté sentado en la mesa donde se firmó nada.
Que conste: no hay nada de malo en que un bien federal se cobre a su valor comercial. Al contrario, sería lo esperable. Lo raro es el orden de los factores: primero se dijo que no costaba, se montó la fiesta, se llenó de banderitas y pantallas, y hasta entonces apareció el precio. Es como invitar a alguien a tu boda, servirle el pastel y al final pasarle la cuenta del salón. El Mundial se irá, los goles se recordarán, pero el oficio de Hacienda quedará como la anotación más precisa del torneo: 46 millones, con centavos, y sin repetición en pantalla.