El Congreso busca consejeros de búsqueda y, de pasada, su propio expediente
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Hay ironías que uno no necesita inventar porque llegan ya redactadas. En el Congreso de Jalisco, el Consejo Ciudadano del Comité Coordinador del Sistema Estatal de Búsqueda de Personas envió desde el 28 de mayo dos oficios para solicitar la renovación de cinco de sus integrantes. Los documentos llegaron puntuales a la Comisión de Derechos Humanos y Asuntos Indígenas y a la Mesa Directiva. Y ahí, según se cuenta, ingresaron a una dimensión desconocida: nadie sabe cuándo verá la luz el asunto. Es decir, el organismo dedicado a buscar ahora también tiene que buscar a sus propios consejeros y, de remate, al expediente perdido entre los pasillos legislativos.
Entiéndase la magnitud poética del asunto: en un estado atravesado por la tragedia de las desapariciones, la institución encargada de coordinar la búsqueda no logra que el Legislativo encuentre dos oficios que le mandaron a la puerta. Uno esperaría que, de todas las cosas del mundo, un Sistema de Búsqueda inspirara en el Congreso una diligencia especial. Pero no: aquí hasta el papeleo se nos volatiliza con una facilidad que daría envidia a cualquier ilusionista.
Los plazos, como es tradición, avanzan a la velocidad de la buena voluntad, que en este edificio equivale a la del deshielo de los polos. Mes y medio después, el silencio es tan sólido que ya podría dictaminarse como mobiliario. Y mientras el trámite duerme la siesta, el Consejo trabaja incompleto, porque cinco de sus integrantes esperan que alguien, cualquier alma caritativa del Legislativo, recuerde que existe una fila pendiente.
Lo peor no es la lentitud: es la metáfora involuntaria. Que la institución de la búsqueda tenga que rogar por ser encontrada retrata mejor que mil discursos la relación de Jalisco con sus pendientes. Se legisla el reconocimiento a las víctimas, se posa para la foto solidaria, y luego el oficio que sostiene todo eso se traspapela en un cajón. Ojalá el asunto reaparezca pronto, sano y salvo, como esos expedientes que un día regresan de madrugada sin explicar dónde estuvieron. Mientras tanto, el Consejo sigue buscando: personas, consejeros y ese sobre que juró alguien haber recibido.
Entiéndase la magnitud poética del asunto: en un estado atravesado por la tragedia de las desapariciones, la institución encargada de coordinar la búsqueda no logra que el Legislativo encuentre dos oficios que le mandaron a la puerta. Uno esperaría que, de todas las cosas del mundo, un Sistema de Búsqueda inspirara en el Congreso una diligencia especial. Pero no: aquí hasta el papeleo se nos volatiliza con una facilidad que daría envidia a cualquier ilusionista.
Los plazos, como es tradición, avanzan a la velocidad de la buena voluntad, que en este edificio equivale a la del deshielo de los polos. Mes y medio después, el silencio es tan sólido que ya podría dictaminarse como mobiliario. Y mientras el trámite duerme la siesta, el Consejo trabaja incompleto, porque cinco de sus integrantes esperan que alguien, cualquier alma caritativa del Legislativo, recuerde que existe una fila pendiente.
Lo peor no es la lentitud: es la metáfora involuntaria. Que la institución de la búsqueda tenga que rogar por ser encontrada retrata mejor que mil discursos la relación de Jalisco con sus pendientes. Se legisla el reconocimiento a las víctimas, se posa para la foto solidaria, y luego el oficio que sostiene todo eso se traspapela en un cajón. Ojalá el asunto reaparezca pronto, sano y salvo, como esos expedientes que un día regresan de madrugada sin explicar dónde estuvieron. Mientras tanto, el Consejo sigue buscando: personas, consejeros y ese sobre que juró alguien haber recibido.