La Virgen le hace la chamba al agua que el SIAPA no acaba de administrar
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Como cada año, este domingo la Virgen de Zapopan visitó el Lago de Chapala acompañada por unos doce mil fieles y quinientos danzantes, en una peregrinación que llegó hasta el faro del malecón recibida por una alfombra de pétalos con formas de flores y peces. Se oró por un buen temporal, por que suba la cota del lago y por una buena temporada de pesca. Hasta ahí, tradición hermosa de más de siete décadas. El detalle sabroso llegó cuando el cardenal, tras bendecir el lago, pidió frenar la crisis hídrica. Es decir: la máxima autoridad espiritual de Occidente tuvo que subir al tema del agua porque las autoridades terrenales lo tienen en modo avión.
Y la coincidencia astral es perfecta, porque justo estos días un columnista serio se pregunta en voz alta si no será hora de decretarle la muerte al SIAPA, al que describe como un organismo obeso, con cada día menos competencias técnicas, rodeado de una Comisión Estatal del Agua de funciones poco claras, una Secretaría que se quedó a medio camino y una Conagua con mucha burocracia y soberanía en abundancia. Traducción para el ciudadano que abre la llave y reza: tenemos tantas instituciones del agua que ninguna se hace responsable, y por eso el trabajo pesado se lo encargamos a la fe.
Hay una división del trabajo que ya se volvió costumbre en Jalisco. Lo espiritual: pedir lluvia, bendecir cuencas, agradecer peces. Lo terrenal: reparar fugas, sanear, distribuir, y no cobrar como si el agua brotara del cielo, cosa que, técnicamente, sí ocurre, pero no gracias a ningún organismo. Cuando la solución hídrica de una metrópoli depende de que el temporal sea generoso y la Virgen esté de buenas, algo en el organigrama se descompuso hace rato.
Que conste: la devoción de miles de personas de la Ribera es genuina y respetable, y su preocupación por el lago es más honesta que muchos informes de gobierno. El problema no es la fe; es que la fe esté cubriendo la vacante que dejó la gestión pública. Ojalá el buen temporal llegue y suba la cota. Pero ojalá también que, mientras cae la lluvia bendita, alguien allá abajo por fin decida quién manda en el agua, porque de milagros ya vamos sobrados y de tubos funcionando seguimos cortos.
Y la coincidencia astral es perfecta, porque justo estos días un columnista serio se pregunta en voz alta si no será hora de decretarle la muerte al SIAPA, al que describe como un organismo obeso, con cada día menos competencias técnicas, rodeado de una Comisión Estatal del Agua de funciones poco claras, una Secretaría que se quedó a medio camino y una Conagua con mucha burocracia y soberanía en abundancia. Traducción para el ciudadano que abre la llave y reza: tenemos tantas instituciones del agua que ninguna se hace responsable, y por eso el trabajo pesado se lo encargamos a la fe.
Hay una división del trabajo que ya se volvió costumbre en Jalisco. Lo espiritual: pedir lluvia, bendecir cuencas, agradecer peces. Lo terrenal: reparar fugas, sanear, distribuir, y no cobrar como si el agua brotara del cielo, cosa que, técnicamente, sí ocurre, pero no gracias a ningún organismo. Cuando la solución hídrica de una metrópoli depende de que el temporal sea generoso y la Virgen esté de buenas, algo en el organigrama se descompuso hace rato.
Que conste: la devoción de miles de personas de la Ribera es genuina y respetable, y su preocupación por el lago es más honesta que muchos informes de gobierno. El problema no es la fe; es que la fe esté cubriendo la vacante que dejó la gestión pública. Ojalá el buen temporal llegue y suba la cota. Pero ojalá también que, mientras cae la lluvia bendita, alguien allá abajo por fin decida quién manda en el agua, porque de milagros ya vamos sobrados y de tubos funcionando seguimos cortos.