Vacaciones sin salir de Juárez: la alberca del hotel como destino de ensueño
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Frente al verano que muchos no pudieron aprovechar, los hoteles de Ciudad Juárez lanzaron una propuesta que es mitad turismo y mitad terapia de aceptación: quédese en la ciudad, pero finja que se fue. Según la Asociación de Hoteles y Moteles, los establecimientos ofrecen albercas, restaurantes y paquetes con desayuno incluido para disfrutar 'sin salir de la ciudad'. Es decir, el sueño de todo juarense agotado: broncearse a quince minutos de su casa, con la tranquilidad de que si se le olvida el cargador, puede ir por él.
Hay que reconocerle a la industria hotelera un talento notable para el reencuadre emocional. Lo que antes se llamaba 'no me alcanzó para ir a la playa', hoy es un elegante 'staycation'. Lo que era 'me quedé en Juárez', ahora es 'redescubrí mi ciudad'. Y funciona, porque el ser humano es capaz de sentirse de vacaciones con solo escuchar el chapoteo de una alberca y oler el cloro con entusiasmo. Total, el mar también es agua con sal y gente desconocida flotando cerca; la diferencia es que aquí la sal la trae usted en la frente por el calorón.
Lo genial del paquete es la promesa del desayuno incluido, ese milagro hotelero que convierte a cualquier huésped en un depredador del bufé. No importa que la alberca esté a diez cuadras del trabajo: si hay huevos revueltos que no lavé yo, es vacación. La psicología del descanso no distingue código postal.
Y quizá ahí está lo entrañable del asunto. En una frontera que trabaja duro, que verifica carros, que aguanta calor y titulares pesados, darse el lujo de una noche de hotel en la propia ciudad es un pequeño acto de rebeldía contra el cansancio. No es Cancún, no es San Diego, es la colonia de al lado con toallas dobladas en forma de cisne. Pero si eso basta para recargar pilas y salir el lunes menos amargado, bendita alberca. Que disfrute su viaje, viajero de trayecto corto: no olvide bloqueador, ni fingir sorpresa al llegar.
Hay que reconocerle a la industria hotelera un talento notable para el reencuadre emocional. Lo que antes se llamaba 'no me alcanzó para ir a la playa', hoy es un elegante 'staycation'. Lo que era 'me quedé en Juárez', ahora es 'redescubrí mi ciudad'. Y funciona, porque el ser humano es capaz de sentirse de vacaciones con solo escuchar el chapoteo de una alberca y oler el cloro con entusiasmo. Total, el mar también es agua con sal y gente desconocida flotando cerca; la diferencia es que aquí la sal la trae usted en la frente por el calorón.
Lo genial del paquete es la promesa del desayuno incluido, ese milagro hotelero que convierte a cualquier huésped en un depredador del bufé. No importa que la alberca esté a diez cuadras del trabajo: si hay huevos revueltos que no lavé yo, es vacación. La psicología del descanso no distingue código postal.
Y quizá ahí está lo entrañable del asunto. En una frontera que trabaja duro, que verifica carros, que aguanta calor y titulares pesados, darse el lujo de una noche de hotel en la propia ciudad es un pequeño acto de rebeldía contra el cansancio. No es Cancún, no es San Diego, es la colonia de al lado con toallas dobladas en forma de cisne. Pero si eso basta para recargar pilas y salir el lunes menos amargado, bendita alberca. Que disfrute su viaje, viajero de trayecto corto: no olvide bloqueador, ni fingir sorpresa al llegar.