Jalisco, 'la sede más mexicana': campeones de un torneo que nosotros mismos organizamos
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Que nadie diga que a Jalisco le falta ambición. Mientras Francia y España se disputaban en la cancha un boleto a la final del Mundial 2026, aquí ya habíamos ganado un título propio: el de mejor sede. Lo anunció el gobernador Pablo Lemus, quien informó que Guadalajara no solo jugó el Mundial, sino que, según el marcador oficial, se coronó como la mejor anfitriona del torneo. Un campeonato peculiar, ese en el que uno es a la vez competidor, jurado y locutor de la premiación.
Por si el autoelogio necesitaba aval externo, la representante del Gobierno federal para la organización del Mundial, Gabriela Cuevas, certificó que Jalisco 'logró ser emblema de la mexicanidad' ante el mundo y cumplió su objetivo de consolidarse como 'la sede más mexicana'. Se enumeraron los méritos: cuatro partidos en el Estadio Guadalajara, llenos en el FIFA Fan Fest y en la Glorieta Minerva, conciertos masivos y ese ambiente festivo que llenó las calles del área metropolitana. Todo cierto, todo digno de presumirse. Solo que 'la sede más mexicana' es un halago de doble filo en un país donde esa etiqueta lo mismo evoca mariachi, tequila y calidez, que evoca la costumbre de resolverlo todo con una foto, un aplauso y la promesa de que lo pendiente ya viene en camino.
Porque conviene recordar el contexto de esta coronación mundialista: la misma metrópoli que fue emblema de la mexicanidad ante el planeta reparte agua turbia en 200 colonias, ensaya bloqueos carreteros por deporte y ve caer 32 árboles con cada tormenta seria. La mexicanidad, en su versión más honesta, es exactamente eso: la capacidad de organizar una fiesta impecable para el visitante mientras en la cocina la tubería gotea. Fuimos anfitriones generosos, hospitalarios, alegres. Nadie lo niega. La pregunta incómoda es si la misma energía que se invirtió en ser la mejor sede del mundo por cuatro partidos alcanzará para ser una sede decente de sí misma los otros 361 días del año.
Mientras tanto, disfrutemos el trofeo simbólico. Jalisco es campeón mundial de la anfitrionía, medallista de oro en calidez y —si seguimos así— firme candidato a repetir en la próxima categoría que inventemos. Que suene el mariachi. Y que alguien, por favor, revise la llave del agua antes de que se acabe la porra.
Por si el autoelogio necesitaba aval externo, la representante del Gobierno federal para la organización del Mundial, Gabriela Cuevas, certificó que Jalisco 'logró ser emblema de la mexicanidad' ante el mundo y cumplió su objetivo de consolidarse como 'la sede más mexicana'. Se enumeraron los méritos: cuatro partidos en el Estadio Guadalajara, llenos en el FIFA Fan Fest y en la Glorieta Minerva, conciertos masivos y ese ambiente festivo que llenó las calles del área metropolitana. Todo cierto, todo digno de presumirse. Solo que 'la sede más mexicana' es un halago de doble filo en un país donde esa etiqueta lo mismo evoca mariachi, tequila y calidez, que evoca la costumbre de resolverlo todo con una foto, un aplauso y la promesa de que lo pendiente ya viene en camino.
Porque conviene recordar el contexto de esta coronación mundialista: la misma metrópoli que fue emblema de la mexicanidad ante el planeta reparte agua turbia en 200 colonias, ensaya bloqueos carreteros por deporte y ve caer 32 árboles con cada tormenta seria. La mexicanidad, en su versión más honesta, es exactamente eso: la capacidad de organizar una fiesta impecable para el visitante mientras en la cocina la tubería gotea. Fuimos anfitriones generosos, hospitalarios, alegres. Nadie lo niega. La pregunta incómoda es si la misma energía que se invirtió en ser la mejor sede del mundo por cuatro partidos alcanzará para ser una sede decente de sí misma los otros 361 días del año.
Mientras tanto, disfrutemos el trofeo simbólico. Jalisco es campeón mundial de la anfitrionía, medallista de oro en calidez y —si seguimos así— firme candidato a repetir en la próxima categoría que inventemos. Que suene el mariachi. Y que alguien, por favor, revise la llave del agua antes de que se acabe la porra.