En el Conservatorio de las Rosas la inteligencia artificial reprobó Historia del Arte
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Desde uno de los edificios más antiguos y bellos de Morelia llegó esta semana un comunicado tranquilizador para la humanidad: la inteligencia artificial, según docentes y egresados del Conservatorio de las Rosas, todavía está lejos de reemplazar la creatividad humana. La frase que quedará para la posteridad la dijeron durante la presentación del Sexto Encuentro de Exalumnos: la IA no ha logrado crear una sinfonía como la de los grandes maestros, ni una novela como las de Víctor Hugo, ni un poema como los de Amado Nervo.
Y tienen toda la razón. También es cierto que a la mayoría de los humanos nos pasa exactamente lo mismo: nadie en la fila del pan ha compuesto una sinfonía como Beethoven, y aquí seguimos, sin que nos amenacen con la extinción. El listón que le pusieron a la máquina —igualar a Víctor Hugo o a Nervo— es tan alto que con ese criterio el 99.9% de la especie también debería preocuparse por su reemplazo inmediato.
Lo entrañable del asunto es la elección de rivales. En pleno 2026, cuando el debate global gira en torno a algoritmos que redactan, dibujan y cantan a destajo, en Morelia se convocó a la defensa de la civilización invocando a un poeta tepiqueño de hace un siglo. Es una estrategia con un encanto profundamente michoacano: enfrentar el futuro con la artillería del pasado, y hacerlo desde un ex convento del siglo XVIII. Si algo va a defender el alma humana contra la máquina, que sea desde las Rosas y con Nervo de escudo.
En el fondo, los maestros tienen un punto legítimo y hasta noble: la educación artística cobra hoy más relevancia porque cultiva la sensibilidad, la originalidad y la capacidad de emocionar, cualidades que no se descargan de una nube. Nadie en su sano juicio va a discutir que aprender música y arte sea valioso. El problema es el tono triunfalista, como si la creatividad humana ya hubiera ganado la guerra cuando apenas empieza a leer los términos y condiciones.
Así que celebremos la buena noticia con la mesura que amerita: por ahora, ningún robot ha escrito el 'Amado Nervo' definitivo, ni falta que hace, porque el original sigue disponible. Y mientras la IA no aprenda a sentir, a fallar, a desafinar y a enamorarse mal —que es de donde sale casi todo el arte decente—, los muchachos del Conservatorio pueden dormir tranquilos. Eso sí: que no bajen la guardia, porque la máquina no descansa, no cobra y, a diferencia de la obra de Tata Vasco, sí termina lo que empieza.
Y tienen toda la razón. También es cierto que a la mayoría de los humanos nos pasa exactamente lo mismo: nadie en la fila del pan ha compuesto una sinfonía como Beethoven, y aquí seguimos, sin que nos amenacen con la extinción. El listón que le pusieron a la máquina —igualar a Víctor Hugo o a Nervo— es tan alto que con ese criterio el 99.9% de la especie también debería preocuparse por su reemplazo inmediato.
Lo entrañable del asunto es la elección de rivales. En pleno 2026, cuando el debate global gira en torno a algoritmos que redactan, dibujan y cantan a destajo, en Morelia se convocó a la defensa de la civilización invocando a un poeta tepiqueño de hace un siglo. Es una estrategia con un encanto profundamente michoacano: enfrentar el futuro con la artillería del pasado, y hacerlo desde un ex convento del siglo XVIII. Si algo va a defender el alma humana contra la máquina, que sea desde las Rosas y con Nervo de escudo.
En el fondo, los maestros tienen un punto legítimo y hasta noble: la educación artística cobra hoy más relevancia porque cultiva la sensibilidad, la originalidad y la capacidad de emocionar, cualidades que no se descargan de una nube. Nadie en su sano juicio va a discutir que aprender música y arte sea valioso. El problema es el tono triunfalista, como si la creatividad humana ya hubiera ganado la guerra cuando apenas empieza a leer los términos y condiciones.
Así que celebremos la buena noticia con la mesura que amerita: por ahora, ningún robot ha escrito el 'Amado Nervo' definitivo, ni falta que hace, porque el original sigue disponible. Y mientras la IA no aprenda a sentir, a fallar, a desafinar y a enamorarse mal —que es de donde sale casi todo el arte decente—, los muchachos del Conservatorio pueden dormir tranquilos. Eso sí: que no bajen la guardia, porque la máquina no descansa, no cobra y, a diferencia de la obra de Tata Vasco, sí termina lo que empieza.