El SIAPA de París y el nuestro: uno tiene fuentes, el otro tiene versiones
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Hay crisis que se miden en litros y otras que se miden en comunicados. La del agua en el Área Metropolitana de Guadalajara logró la hazaña de ser ambas: sale poca, sale sucia, y de la boca de los funcionarios sale muchísima.
Esta semana el gobernador Pablo Lemus por fin se puso al frente del problema —tras el Mundial y una cirugía de urgencia— para anunciar un plan emergente de pipas, agua embotellada y vales de garrafón destinados a las colonias que, según la Comisión Estatal de Derechos Humanos, reciben agua sucia y pestilente. El número exacto de colonias afectadas depende del funcionario: unas 600 aquí, unas 200 allá. Lo único constante es que ninguna quiere abrir la llave sin antes persignarse.
El Gobierno estatal también entregó al Congreso el Plan Hídrico, un documento técnico de 400 páginas con obras de corto, mediano y largo plazo. Todo muy completo, salvo por el capítulo que a uno le interesa: de dónde saldrán los cinco mil millones iniciales —y los veinte mil adicionales— que nadie ha sabido aclarar. Un plan que sabe exactamente qué construir, pero no con qué; el equivalente hidráulico de tener el mapa del tesoro sin la pala.
Y mientras el líquido no fluye, la culpa sí que corre a presión. La bancada de Movimiento Ciudadano señaló al Gobierno federal como el gran responsable, le reclama a la Conagua 131 millones y acusa a Morena de aportar "cero pesos, cero centavos y cero soluciones". La Federación contestó que hay más de dos mil doscientos millones invertidos en obras hidráulicas para Jalisco. En medio, el alcalde de Zapopan pidió no politizar el agua, frase que en Jalisco produce el mismo efecto que echarle cloro a un río: se agradece, pero no alcanza.
Por si fuera poco, en el Congreso se estudia condonar el pago a las colonias que reciben agua contaminada, aunque la propia presidenta de la Comisión de Hacienda advierte que el SIAPA no tiene dinero ni para operar. Alguien tuvo la delicadeza de recordarnos, además, que en París hay mil 300 fuentes públicas de agua potable y un organismo que abastece a tres millones de personas. Nosotros tenemos organismo, tenemos tres millones de usuarios, y tenemos una crisis que —en el mejor de los escenarios— empezaría a resolverse hasta fin de año. La diferencia con París, al parecer, no es el agua: es que allá sí sale.
Esta semana el gobernador Pablo Lemus por fin se puso al frente del problema —tras el Mundial y una cirugía de urgencia— para anunciar un plan emergente de pipas, agua embotellada y vales de garrafón destinados a las colonias que, según la Comisión Estatal de Derechos Humanos, reciben agua sucia y pestilente. El número exacto de colonias afectadas depende del funcionario: unas 600 aquí, unas 200 allá. Lo único constante es que ninguna quiere abrir la llave sin antes persignarse.
El Gobierno estatal también entregó al Congreso el Plan Hídrico, un documento técnico de 400 páginas con obras de corto, mediano y largo plazo. Todo muy completo, salvo por el capítulo que a uno le interesa: de dónde saldrán los cinco mil millones iniciales —y los veinte mil adicionales— que nadie ha sabido aclarar. Un plan que sabe exactamente qué construir, pero no con qué; el equivalente hidráulico de tener el mapa del tesoro sin la pala.
Y mientras el líquido no fluye, la culpa sí que corre a presión. La bancada de Movimiento Ciudadano señaló al Gobierno federal como el gran responsable, le reclama a la Conagua 131 millones y acusa a Morena de aportar "cero pesos, cero centavos y cero soluciones". La Federación contestó que hay más de dos mil doscientos millones invertidos en obras hidráulicas para Jalisco. En medio, el alcalde de Zapopan pidió no politizar el agua, frase que en Jalisco produce el mismo efecto que echarle cloro a un río: se agradece, pero no alcanza.
Por si fuera poco, en el Congreso se estudia condonar el pago a las colonias que reciben agua contaminada, aunque la propia presidenta de la Comisión de Hacienda advierte que el SIAPA no tiene dinero ni para operar. Alguien tuvo la delicadeza de recordarnos, además, que en París hay mil 300 fuentes públicas de agua potable y un organismo que abastece a tres millones de personas. Nosotros tenemos organismo, tenemos tres millones de usuarios, y tenemos una crisis que —en el mejor de los escenarios— empezaría a resolverse hasta fin de año. La diferencia con París, al parecer, no es el agua: es que allá sí sale.