El régimen descubre que algunos brincos de sapo se escuchan hasta la Casa Blanca
Tamaño de letra
En la política mexicana hay lealtades que duran para siempre y otras que duran hasta que suena el teléfono desde el otro lado de la frontera. Esta semana el país se enteró, por la columna de un periodista, de un audio en el que presuntamente se escucha a la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, ofreciendo colaborar con autoridades estadounidenses. La gobernadora admitió que la grabación es auténtica, aunque aclaró que se trata de "fragmentos aislados y sacados de contexto", esa figura retórica tan socorrida que ya debería tener su propio monumento.
El editorial de La Jornada, siempre delicado, resumió el ambiente con una pregunta que quema: "Si colabora como sapo, delata como sapo y trabaja a las órdenes de otra nación como sapo, ¿qué es?". Y ahí quedó flotando la palabra que nadie del oficialismo quería pronunciar, brincando de columna en columna como el anfibio del refrán.
Desde arriba, el operativo de contención fue inmediato. La Presidenta y el secretario de Seguridad minimizaron los ofrecimientos para reducir el golpe a la 4T, mientras el aparato oficial insiste en su catecismo de cada mañana: que no hay impunidad, que se trata igual a los de Morena que a los de oposición, que nadie protege a nadie, que no hay vínculos con el narco. Un columnista, con toda la mala leche del gremio, dedicó su espacio a preguntar simplemente: "¿Usted le cree a la Presidenta?". La pregunta, hay que decirlo, no requería respuesta larga.
Lo jugoso del asunto es el detalle técnico: las reuniones de los gabinetes de seguridad no son públicas y ahí se maneja información de inteligencia, objetivos prioritarios y operaciones en curso. O sea, no es cualquier chisme de pasillo el que estaría en juego. Por eso el episodio puso al régimen, como escribió otro analista, en un tobogán: figuras con pies de barro cuyas lealtades resisten firmes hasta el instante exacto en que su libertad —o su visa— corre peligro.
Y así, entre desmentidos, tarjetas informativas y la eterna promesa de que aquí todos son tratados por igual, el movimiento descubre que la política es como el estanque: lucen todos muy serenos en la superficie, hasta que empiezan a brincar los sapos.
El editorial de La Jornada, siempre delicado, resumió el ambiente con una pregunta que quema: "Si colabora como sapo, delata como sapo y trabaja a las órdenes de otra nación como sapo, ¿qué es?". Y ahí quedó flotando la palabra que nadie del oficialismo quería pronunciar, brincando de columna en columna como el anfibio del refrán.
Desde arriba, el operativo de contención fue inmediato. La Presidenta y el secretario de Seguridad minimizaron los ofrecimientos para reducir el golpe a la 4T, mientras el aparato oficial insiste en su catecismo de cada mañana: que no hay impunidad, que se trata igual a los de Morena que a los de oposición, que nadie protege a nadie, que no hay vínculos con el narco. Un columnista, con toda la mala leche del gremio, dedicó su espacio a preguntar simplemente: "¿Usted le cree a la Presidenta?". La pregunta, hay que decirlo, no requería respuesta larga.
Lo jugoso del asunto es el detalle técnico: las reuniones de los gabinetes de seguridad no son públicas y ahí se maneja información de inteligencia, objetivos prioritarios y operaciones en curso. O sea, no es cualquier chisme de pasillo el que estaría en juego. Por eso el episodio puso al régimen, como escribió otro analista, en un tobogán: figuras con pies de barro cuyas lealtades resisten firmes hasta el instante exacto en que su libertad —o su visa— corre peligro.
Y así, entre desmentidos, tarjetas informativas y la eterna promesa de que aquí todos son tratados por igual, el movimiento descubre que la política es como el estanque: lucen todos muy serenos en la superficie, hasta que empiezan a brincar los sapos.