En Uruapan, 206 cámaras; en Morelia, seguimos esperando el papelito
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Hay días en que el destino escribe la ironía solito y uno nomás la transcribe. El gobernador acudió a Uruapan a supervisar el Centro de Monitoreo del teleférico local y constató, con la satisfacción del deber cumplido, la operación de 206 videocámaras conectadas en tiempo real al C5. Doscientas seis. Distribuidas en las seis estaciones, vigilando a los 18 mil pasajeros que cada día suben y bajan por los cielos de la ciudad del aguacate. La seguridad, nos aseguran, está garantizada. Y uno se alegra, de verdad, porque no hay nada más tranquilizador que saber que cientos de ojos electrónicos velan por que nadie pase un mal rato a treinta metros del suelo.
El problema es la geografía comparada. Porque a esa misma hora, en Morelia, el otro teleférico —el de la capital— vivía un momento menos fotogénico: vencía el plazo para que la empresa responsable entregara el dictamen sobre el cable que se cayó. No las cámaras que lo vigilaban. El cable. Eso que sostiene la cabina. Y como el dictamen no llegó, las autoridades concedieron generosamente 24 horas más de prórroga.
Entonces tenemos el retrato completo del transporte por cable michoacano: en una ciudad, tecnología de punta para ver todo lo que pasa; en la otra, todavía averiguando por qué pasó lo que no debía pasar. Es la parábola perfecta del gobierno moderno: invertimos fortunas en observar la realidad en alta definición, pero cuando la realidad se suelta y se cae, resulta que nadie tiene el reporte a la mano.
Uno agradece las 206 cámaras de Uruapan, en serio. Pero sospecha que al usuario promedio le tranquilizaría más un cable que no se caiga que un catálogo completo de ángulos para ver, en tiempo real y desde seis estaciones, el momento exacto en que las cosas salen mal. La videovigilancia es maravillosa para investigar. Para prevenir, sigue ganando el mantenimiento aburrido, ese que no sale en conferencia de prensa. Súbase con confianza, pasajero: lo están cuidando muchísimo. Otra cosa es que lo estén sosteniendo.
El problema es la geografía comparada. Porque a esa misma hora, en Morelia, el otro teleférico —el de la capital— vivía un momento menos fotogénico: vencía el plazo para que la empresa responsable entregara el dictamen sobre el cable que se cayó. No las cámaras que lo vigilaban. El cable. Eso que sostiene la cabina. Y como el dictamen no llegó, las autoridades concedieron generosamente 24 horas más de prórroga.
Entonces tenemos el retrato completo del transporte por cable michoacano: en una ciudad, tecnología de punta para ver todo lo que pasa; en la otra, todavía averiguando por qué pasó lo que no debía pasar. Es la parábola perfecta del gobierno moderno: invertimos fortunas en observar la realidad en alta definición, pero cuando la realidad se suelta y se cae, resulta que nadie tiene el reporte a la mano.
Uno agradece las 206 cámaras de Uruapan, en serio. Pero sospecha que al usuario promedio le tranquilizaría más un cable que no se caiga que un catálogo completo de ángulos para ver, en tiempo real y desde seis estaciones, el momento exacto en que las cosas salen mal. La videovigilancia es maravillosa para investigar. Para prevenir, sigue ganando el mantenimiento aburrido, ese que no sale en conferencia de prensa. Súbase con confianza, pasajero: lo están cuidando muchísimo. Otra cosa es que lo estén sosteniendo.