Guanajuato sin sequía: se acabó el problema porque llovió
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Grandes noticias, paisanos: Guanajuato ya no tiene sequía. Lo dice el reporte hidrometeorológico y lo repite el titular con la solemnidad de un decreto: las principales presas del estado están al 78% de almacenamiento, con 1,374.7 millones de metros cúbicos. Tepuxtepec, Solís, la laguna de Yuriria, la Ignacio Allende, La Purísima, el Palote, La Soledad, La Esperanza, Mata, el Realito. Todas ahí, panzonas, brillando bajo el sol como si nunca hubieran estado en los huesos.
Y así, sin conferencias, sin reformas, sin plan estatal, sin un solo pozo clausurado, el problema hídrico del Bajío quedó resuelto. La estrategia fue infalible y de una sencillez que humilla a cualquier think tank: esperar a que lloviera.
En julio han caído 51.2 milímetros y en lo que va del año 319.6. En Irapuato la cosa es más generosa todavía: 619.31 milímetros acumulados, por encima de la media histórica anual de 605.20, con el municipio presumiendo un Plan Operativo de Lluvias con tres ejes —prevención, atención inmediata y resiliencia— y una red permanente de monitoreo. Tres ejes es exactamente el número necesario para que ninguna calle inundada se quede sin categoría administrativa. En Acámbaro las precipitaciones recuperaron el embalse. En Pénjamo rehabilitaron caminos en más de 35 comunidades. La lluvia, señores, es la mejor funcionaria pública que ha tenido este estado: trabaja de noche, no cobra dieta y no aspira a la boleta en 2027.
Porque conviene recordar, con la memoria que aquí se usa poco, lo que era la conversación hace no tanto: acuífero sobreexplotado, tandeos, pozos que se hunden, agricultores desesperados, camiones cisterna, León y sus polígonos esperando red, comunidades que juntaban agua en tambos. SAPAL, por cierto, va a invertir 103 millones para llevar agua y drenaje a asentamientos que se regularicen, lo cual sugiere que todavía hay una buena cantidad de guanajuatenses cuya relación con el agua no depende del porcentaje de la presa sino de la suerte.
Porque ese es el chiste que nadie quiere escuchar: una presa llena no es una política pública. Es un clima. El agua que hoy sobra puede faltar el año que entra sin pedir permiso, y el 78% de hoy se convierte en el 30% de mañana con una temporada floja y un par de veranos bravos. De hecho, ya entró la canícula y el IMSS anda recomendando cómo no morir de golpe de calor, que es la manera institucional de decir: no se emocionen.
Mientras tanto, celebramos. Es lo que sabemos hacer. Somos, según el INEGI, un pueblo que califica su vida con 8.65 de 10 aunque uno de cada cinco no llegue a fin de mes. Con esa disposición al optimismo, una presa al 78% nos alcanza para declarar la victoria contra el desierto, contra el cambio climático y contra la aritmética.
Disfruten las presas llenas. Tómenles foto. Van a servir para el próximo estiaje, cuando alguien pregunte qué se hizo en los años buenos y la respuesta oficial sea, otra vez, un reporte hidrometeorológico.
Y así, sin conferencias, sin reformas, sin plan estatal, sin un solo pozo clausurado, el problema hídrico del Bajío quedó resuelto. La estrategia fue infalible y de una sencillez que humilla a cualquier think tank: esperar a que lloviera.
En julio han caído 51.2 milímetros y en lo que va del año 319.6. En Irapuato la cosa es más generosa todavía: 619.31 milímetros acumulados, por encima de la media histórica anual de 605.20, con el municipio presumiendo un Plan Operativo de Lluvias con tres ejes —prevención, atención inmediata y resiliencia— y una red permanente de monitoreo. Tres ejes es exactamente el número necesario para que ninguna calle inundada se quede sin categoría administrativa. En Acámbaro las precipitaciones recuperaron el embalse. En Pénjamo rehabilitaron caminos en más de 35 comunidades. La lluvia, señores, es la mejor funcionaria pública que ha tenido este estado: trabaja de noche, no cobra dieta y no aspira a la boleta en 2027.
Porque conviene recordar, con la memoria que aquí se usa poco, lo que era la conversación hace no tanto: acuífero sobreexplotado, tandeos, pozos que se hunden, agricultores desesperados, camiones cisterna, León y sus polígonos esperando red, comunidades que juntaban agua en tambos. SAPAL, por cierto, va a invertir 103 millones para llevar agua y drenaje a asentamientos que se regularicen, lo cual sugiere que todavía hay una buena cantidad de guanajuatenses cuya relación con el agua no depende del porcentaje de la presa sino de la suerte.
Porque ese es el chiste que nadie quiere escuchar: una presa llena no es una política pública. Es un clima. El agua que hoy sobra puede faltar el año que entra sin pedir permiso, y el 78% de hoy se convierte en el 30% de mañana con una temporada floja y un par de veranos bravos. De hecho, ya entró la canícula y el IMSS anda recomendando cómo no morir de golpe de calor, que es la manera institucional de decir: no se emocionen.
Mientras tanto, celebramos. Es lo que sabemos hacer. Somos, según el INEGI, un pueblo que califica su vida con 8.65 de 10 aunque uno de cada cinco no llegue a fin de mes. Con esa disposición al optimismo, una presa al 78% nos alcanza para declarar la victoria contra el desierto, contra el cambio climático y contra la aritmética.
Disfruten las presas llenas. Tómenles foto. Van a servir para el próximo estiaje, cuando alguien pregunte qué se hizo en los años buenos y la respuesta oficial sea, otra vez, un reporte hidrometeorológico.