Cinco oficios y una clínica: la épica del Seguro Social a fuego lento
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Hay gestas que se cuentan con espadas y caballos. La de la clínica del IMSS en Irapuato se cuenta con oficios. Cinco, para ser exactos, los que un diputado federal asegura haber enviado al Seguro Social para conocer el avance del proyecto de la nueva unidad médica. Cinco hojas membretadas surcando la burocracia como flechas de papel, cada una con su sello, su acuse y su esperanza adjunta.
Los hechos: el legislador exigió recursos para concretar la clínica, dijo haber mandado al menos cinco oficios al IMSS para saber cómo va el asunto y, de paso, respondió a las críticas de un colega pidiendo "dejar de lado los colores partidistas". Un combo completo: exigencia, evidencia documental y llamado a la unidad. Lo único que faltó fue la clínica.
Porque ese es el detalle incómodo de toda esta diplomacia de papelería: los oficios no atienden partos, no recetan, no operan apéndices. Son, en el mejor de los casos, el acta de que alguien preguntó. Y preguntar está muy bien —ojalá todos los funcionarios preguntaran tanto—, pero el irapuatense que hace fila para una cita médica no se cura con un acuse de recibido. Llevamos un sexenio entero de obras inauguradas con tijera y listón; aquí el listón sigue esperando a que la clínica exista para cortarlo.
Lo de "dejar de lado los colores partidistas" merece capítulo aparte. Es, sin duda, una de las frases más nobles del repertorio político mexicano y, simultáneamente, una de las que más se pronuncian justo en medio de un pleito entre colores. Pedir que se acaben los colores mientras uno responde públicamente a las críticas del adversario es como pedir silencio gritando: el mensaje es bueno, el método se contradice solito. Si de veras se dejaran los colores, la clínica ya tendría hasta estacionamiento.
No dudamos de la buena fe. Cinco oficios revelan, cuando menos, constancia: hay quien no manda ni uno. Pero la insistencia documental tiene un techo. Llega un punto en que el sexto oficio ya no es gestión, es coleccionismo. Y mientras los papeles van y vienen entre dependencias, la salud de la gente no entiende de trámites: se enferma en tiempo real, sin esperar respuesta a vuelta de correo.
La moraleja para Irapuato es agridulce. Por un lado, qué bueno que haya quien empuje el tema y no lo deje morir en el cajón. Por el otro, ojalá la próxima conferencia no sea para anunciar el oficio número seis, sino para mostrar la primera pala de tierra. Porque los pacientes no necesitan saber cuántas cartas se enviaron; necesitan saber dónde van a atenderse cuando les duela algo.
Que siga la gestión, pues, pero con resultados de carne y concreto. Lo demás —los oficios, los colores, los reproches entre colegas— es ruido de medio tiempo. La afición irapuatense ya aprendió a distinguir entre el que promete que va por la clínica y el que, algún día, corte el listón de una que de verdad abra sus puertas. Mientras tanto, archivamos este capítulo en la carpeta más gruesa del Bajío: la de los buenos propósitos en papel membretado.
Los hechos: el legislador exigió recursos para concretar la clínica, dijo haber mandado al menos cinco oficios al IMSS para saber cómo va el asunto y, de paso, respondió a las críticas de un colega pidiendo "dejar de lado los colores partidistas". Un combo completo: exigencia, evidencia documental y llamado a la unidad. Lo único que faltó fue la clínica.
Porque ese es el detalle incómodo de toda esta diplomacia de papelería: los oficios no atienden partos, no recetan, no operan apéndices. Son, en el mejor de los casos, el acta de que alguien preguntó. Y preguntar está muy bien —ojalá todos los funcionarios preguntaran tanto—, pero el irapuatense que hace fila para una cita médica no se cura con un acuse de recibido. Llevamos un sexenio entero de obras inauguradas con tijera y listón; aquí el listón sigue esperando a que la clínica exista para cortarlo.
Lo de "dejar de lado los colores partidistas" merece capítulo aparte. Es, sin duda, una de las frases más nobles del repertorio político mexicano y, simultáneamente, una de las que más se pronuncian justo en medio de un pleito entre colores. Pedir que se acaben los colores mientras uno responde públicamente a las críticas del adversario es como pedir silencio gritando: el mensaje es bueno, el método se contradice solito. Si de veras se dejaran los colores, la clínica ya tendría hasta estacionamiento.
No dudamos de la buena fe. Cinco oficios revelan, cuando menos, constancia: hay quien no manda ni uno. Pero la insistencia documental tiene un techo. Llega un punto en que el sexto oficio ya no es gestión, es coleccionismo. Y mientras los papeles van y vienen entre dependencias, la salud de la gente no entiende de trámites: se enferma en tiempo real, sin esperar respuesta a vuelta de correo.
La moraleja para Irapuato es agridulce. Por un lado, qué bueno que haya quien empuje el tema y no lo deje morir en el cajón. Por el otro, ojalá la próxima conferencia no sea para anunciar el oficio número seis, sino para mostrar la primera pala de tierra. Porque los pacientes no necesitan saber cuántas cartas se enviaron; necesitan saber dónde van a atenderse cuando les duela algo.
Que siga la gestión, pues, pero con resultados de carne y concreto. Lo demás —los oficios, los colores, los reproches entre colegas— es ruido de medio tiempo. La afición irapuatense ya aprendió a distinguir entre el que promete que va por la clínica y el que, algún día, corte el listón de una que de verdad abra sus puertas. Mientras tanto, archivamos este capítulo en la carpeta más gruesa del Bajío: la de los buenos propósitos en papel membretado.