La guardería tenía cámaras y maestras capacitadas: lo único que no tenía era la lista
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El letrero afuera del centro infantil en San Nicolás de los Garza lo decía todo, con orgullo y en letras grandes: cámaras de vigilancia, maestras capacitadas. Es el tipo de cartel que uno lee al inscribir a su hijo y suelta el aire. Ahí está el dinero de la colegiatura, convertido en tranquilidad.
El martes por la tarde, según la denuncia de la madre, ese centro entregó a sus dos hijos —de tres años, gemelos, Hari y Kali— a un hombre que no estaba en la lista de personas autorizadas para recogerlos. Las encargadas, dice la nota, "habrían confiado". Confiaron. Qué palabra tan bonita y tan mal usada. La lista de autorizados no existe para que la consulten cuando les nazca; existe precisamente para los días en que a alguien le nazca confiar.
La madre, Andrea Reyna, tuvo que hacer lo que hace cualquier mexicana cuando el sistema le falla: agarró el celular, grabó un video y lo subió a Instagram. Pidió ayuda a la ciudadanía. Explicó que el hombre estaba en situación de calle, que hacía malabares en cruceros y que, según ella, presentaba consumo de sustancias. Esa fue la Alerta Amber real: una mamá, un teléfono y el algoritmo.
Los niños aparecieron al día siguiente en Saltillo. La Fiscalía de Coahuila confirmó la localización, hubo un detenido de 31 años que presuntamente es el padre, y al corte de las diez y media de la noche del miércoles los gemelos ya estaban con su madre. Final feliz. Aplausos genuinos para quienes los buscaron y los encontraron.
Pero permítanos el mal gusto de no aplaudir todavía y hacer la aritmética. Dos niños de tres años cruzaron una frontera estatal completa. Recorrieron ochenta y tantos kilómetros. Salieron de Nuevo León y aparecieron en otro estado. Eso no fue un descuido de segundos: eso fue una tarde entera de camino, y arrancó en una puerta donde alguien decidió que la lista era una sugerencia y no un protocolo.
Las cámaras de vigilancia, por cierto, seguramente funcionaron a la perfección. Grabaron en alta definición el momento exacto en que el sistema se rindió. Esa es la gran ironía de la seguridad en México: tenemos un país entero videograbando su propia negligencia, en 1080p, con respaldo en la nube. Somos capaces de documentarlo todo y de impedir muy poco. La cámara no detiene a nadie en la puerta. La cámara solo garantiza que después habrá material para el noticiero.
Y el letrero seguirá ahí. Cámaras de vigilancia. Maestras capacitadas. Todo cierto. Todo insuficiente. Lo que hacía falta no costaba veinte mil pesos de instalación ni un diplomado: costaba levantar la vista de la libreta y preguntar un nombre.
Mañana cientos de padres en el área metropolitana van a dejar a sus hijos en una puerta parecida, confiando en un cartel parecido. Ojalá del otro lado haya alguien que hoy haya leído esta historia. Y que, cuando le toque, no confíe.
El martes por la tarde, según la denuncia de la madre, ese centro entregó a sus dos hijos —de tres años, gemelos, Hari y Kali— a un hombre que no estaba en la lista de personas autorizadas para recogerlos. Las encargadas, dice la nota, "habrían confiado". Confiaron. Qué palabra tan bonita y tan mal usada. La lista de autorizados no existe para que la consulten cuando les nazca; existe precisamente para los días en que a alguien le nazca confiar.
La madre, Andrea Reyna, tuvo que hacer lo que hace cualquier mexicana cuando el sistema le falla: agarró el celular, grabó un video y lo subió a Instagram. Pidió ayuda a la ciudadanía. Explicó que el hombre estaba en situación de calle, que hacía malabares en cruceros y que, según ella, presentaba consumo de sustancias. Esa fue la Alerta Amber real: una mamá, un teléfono y el algoritmo.
Los niños aparecieron al día siguiente en Saltillo. La Fiscalía de Coahuila confirmó la localización, hubo un detenido de 31 años que presuntamente es el padre, y al corte de las diez y media de la noche del miércoles los gemelos ya estaban con su madre. Final feliz. Aplausos genuinos para quienes los buscaron y los encontraron.
Pero permítanos el mal gusto de no aplaudir todavía y hacer la aritmética. Dos niños de tres años cruzaron una frontera estatal completa. Recorrieron ochenta y tantos kilómetros. Salieron de Nuevo León y aparecieron en otro estado. Eso no fue un descuido de segundos: eso fue una tarde entera de camino, y arrancó en una puerta donde alguien decidió que la lista era una sugerencia y no un protocolo.
Las cámaras de vigilancia, por cierto, seguramente funcionaron a la perfección. Grabaron en alta definición el momento exacto en que el sistema se rindió. Esa es la gran ironía de la seguridad en México: tenemos un país entero videograbando su propia negligencia, en 1080p, con respaldo en la nube. Somos capaces de documentarlo todo y de impedir muy poco. La cámara no detiene a nadie en la puerta. La cámara solo garantiza que después habrá material para el noticiero.
Y el letrero seguirá ahí. Cámaras de vigilancia. Maestras capacitadas. Todo cierto. Todo insuficiente. Lo que hacía falta no costaba veinte mil pesos de instalación ni un diplomado: costaba levantar la vista de la libreta y preguntar un nombre.
Mañana cientos de padres en el área metropolitana van a dejar a sus hijos en una puerta parecida, confiando en un cartel parecido. Ojalá del otro lado haya alguien que hoy haya leído esta historia. Y que, cuando le toque, no confíe.