Tres inspectores para el río más contaminado de México: el operativo más flaco del país
Tamaño de letra
Hay datos que no necesitan adjetivos porque ya vienen humillados de fábrica. En la página de la Conagua aparecen tres nombres —Jorge Cervantes, Gabriela González y Javier Ramírez— y son los únicos tres inspectores asignados a la cuenca Lerma-Santiago, encargados de vigilar las descargas irregulares en el río Santiago, el más contaminado de México, ese que atraviesa Jalisco con la elegancia de una cañería a cielo abierto.
Tres. No tres brigadas. No tres coordinaciones. Tres personas. Si se enferma una, la vigilancia del río más contaminado del país baja un 33 por ciento. Si dos se van de vacaciones al mismo tiempo, El Salto queda oficialmente a merced de la buena voluntad industrial, que como todos sabemos es un recurso natural abundantísimo en la zona.
Este dato conviene tenerlo en la mano antes de aplaudir el triunfalismo que se escuchó desde la mañanera, donde la titular de Semarnat, Alicia Bárcena, presentó avances con el tono de quien acaba de resolver algo. Y en cierto sentido lo resolvió: resolvió la nota del día. El río sigue igual.
La otra pieza del arsenal ya viene en camino: cuatro trampas flotantes para frenar la contaminación por residuos sólidos, tres de ellas en El Salto, uno de los municipios más golpeados. Cuatro dispositivos. Es decir, el plan operativo completo contra la basura del río Santiago cabe en la caja de una camioneta. Uno imagina la escena: las trampas flotando dignamente mientras la espuma —esa espuma que no es de residuos sólidos, señores— pasa por encima saludando.
Hay que ser justos: también hay una cifra grande. El Gobierno federal asegura que invertirá 20 mil millones de pesos durante el sexenio para sanear los ríos Atoyac, Lerma-Santiago y Tula, con la promesa de beneficiar a 25 millones de personas en diez estados. Veinte mil millones suena espectacular hasta que se divide entre tres ríos, diez estados, seis años y la vieja costumbre nacional de que el dinero anunciado y el dinero ejercido son primos lejanos que casi nunca se ven en las fiestas.
El problema no es que falte discurso. De discurso sobre el río Santiago hemos tenido para llenar la presa. Faltan inspectores, faltan sanciones que duelan y falta que alguien explique cómo se vigilan cientos de kilómetros de cuenca industrializada con una plantilla del tamaño de una mesa de dominó. Porque una trampa flotante atrapa botellas; no atrapa a quien descarga.
Mientras tanto, en El Salto la gente respira lo que respira, con la garantía institucional de que hay tres personas cuidándolos y cuatro artefactos en camino. Que nadie diga que no hay estrategia: la hay, es solo que cabe en un tuit.
Tres. No tres brigadas. No tres coordinaciones. Tres personas. Si se enferma una, la vigilancia del río más contaminado del país baja un 33 por ciento. Si dos se van de vacaciones al mismo tiempo, El Salto queda oficialmente a merced de la buena voluntad industrial, que como todos sabemos es un recurso natural abundantísimo en la zona.
Este dato conviene tenerlo en la mano antes de aplaudir el triunfalismo que se escuchó desde la mañanera, donde la titular de Semarnat, Alicia Bárcena, presentó avances con el tono de quien acaba de resolver algo. Y en cierto sentido lo resolvió: resolvió la nota del día. El río sigue igual.
La otra pieza del arsenal ya viene en camino: cuatro trampas flotantes para frenar la contaminación por residuos sólidos, tres de ellas en El Salto, uno de los municipios más golpeados. Cuatro dispositivos. Es decir, el plan operativo completo contra la basura del río Santiago cabe en la caja de una camioneta. Uno imagina la escena: las trampas flotando dignamente mientras la espuma —esa espuma que no es de residuos sólidos, señores— pasa por encima saludando.
Hay que ser justos: también hay una cifra grande. El Gobierno federal asegura que invertirá 20 mil millones de pesos durante el sexenio para sanear los ríos Atoyac, Lerma-Santiago y Tula, con la promesa de beneficiar a 25 millones de personas en diez estados. Veinte mil millones suena espectacular hasta que se divide entre tres ríos, diez estados, seis años y la vieja costumbre nacional de que el dinero anunciado y el dinero ejercido son primos lejanos que casi nunca se ven en las fiestas.
El problema no es que falte discurso. De discurso sobre el río Santiago hemos tenido para llenar la presa. Faltan inspectores, faltan sanciones que duelan y falta que alguien explique cómo se vigilan cientos de kilómetros de cuenca industrializada con una plantilla del tamaño de una mesa de dominó. Porque una trampa flotante atrapa botellas; no atrapa a quien descarga.
Mientras tanto, en El Salto la gente respira lo que respira, con la garantía institucional de que hay tres personas cuidándolos y cuatro artefactos en camino. Que nadie diga que no hay estrategia: la hay, es solo que cabe en un tuit.