Ochenta maquinitas, un operativo: Morelia inaugura el combate por entregas
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Hay dos noticias que en Morelia salieron el mismo día y que, juntas, forman una comedia perfecta.
La primera: el secretario del Ayuntamiento, Yankel Alfredo Benítez Silva, informó que se detectaron 80 puntos con máquinas tragamonedas en la ciudad, con mayor presencia en la zona norte, las tenencias y la zona norte del Centro Histórico. Ochenta. Un número que no se detecta: se tropieza uno con él. Para llegar a ochenta puntos de maquinitas no hace falta inteligencia municipal, hace falta salir a la tienda.
La segunda: ese mismo día se desplegó un fuerte operativo encabezado por autoridades federales y estatales —Fiscalía General del Estado, con apoyo del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional— sobre Madero Oriente, entre Las Tarascas e Isidro Huarte, para cumplimentar una orden judicial y asegurar máquinas tragamonedas en un establecimiento. Se cerró parcialmente el tránsito. Hubo despliegue. Hubo tres órdenes de gobierno coordinadas.
Para una. De ochenta.
Es el modelo michoacano de eficiencia: convocar al Ejército Mexicano para el 1.25% del problema y luego mandar boletín. Si mantenemos ese ritmo —un local por operativo, un operativo por semana, suponiendo que no haya puentes ni Semana Santa— Morelia queda libre de tragamonedas en algún punto de 2028, justo cuando ya haya otro gobierno que pueda echarle la culpa al anterior.
Lo verdaderamente notable es la geografía. La zona norte del Centro Histórico. Es decir: no están escondidas en una bodega de la periferia detrás de una puerta falsa. Están en el corazón de una ciudad Patrimonio de la Humanidad, sobre la avenida por la que pasan las procesiones, los desfiles, los tours guiados y, presumiblemente, cada funcionario municipal camino a su oficina. Todos los días. Durante años. Y apenas se "detectaron".
Uno se imagina la escena institucional: el secretario del Ayuntamiento asomándose a la ventana, señalando con el dedo y diciendo, con genuina sorpresa, "oiga, ¿eso que hace pin-pin-pin desde 2019 será una tragamonedas?". Y todo el gabinete guardando un respetuoso silencio.
El detalle no menor: mientras el aparato de seguridad del Estado mexicano se concentra en una calle del Centro para llevarse maquinitas, en la carretera Morelia–Quiroga, en el crucero de El Correo, un grupo de sujetos armados intentaba llevarse un tractocamión amenazando al conductor. Distinto departamento, mismo presupuesto, muy distinta urgencia.
Que quede claro: cumplir una orden judicial está bien. Aplicar la ley está bien. El chiste no es que hayan actuado; el chiste es la aritmética. Ochenta puntos identificados, un local intervenido, y un comunicado redactado con el tono de quien acaba de desmantelar un cártel internacional del azar.
Los otros setenta y nueve, por lo pronto, siguen operando con la tranquilidad de quien sabe leer un calendario. Y con el consuelo de que, en esta ciudad, ser detectado y ser molestado son dos trámites completamente distintos, con ventanillas separadas y horarios que nunca coinciden.
Pin. Pin. Pin.
La primera: el secretario del Ayuntamiento, Yankel Alfredo Benítez Silva, informó que se detectaron 80 puntos con máquinas tragamonedas en la ciudad, con mayor presencia en la zona norte, las tenencias y la zona norte del Centro Histórico. Ochenta. Un número que no se detecta: se tropieza uno con él. Para llegar a ochenta puntos de maquinitas no hace falta inteligencia municipal, hace falta salir a la tienda.
La segunda: ese mismo día se desplegó un fuerte operativo encabezado por autoridades federales y estatales —Fiscalía General del Estado, con apoyo del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional— sobre Madero Oriente, entre Las Tarascas e Isidro Huarte, para cumplimentar una orden judicial y asegurar máquinas tragamonedas en un establecimiento. Se cerró parcialmente el tránsito. Hubo despliegue. Hubo tres órdenes de gobierno coordinadas.
Para una. De ochenta.
Es el modelo michoacano de eficiencia: convocar al Ejército Mexicano para el 1.25% del problema y luego mandar boletín. Si mantenemos ese ritmo —un local por operativo, un operativo por semana, suponiendo que no haya puentes ni Semana Santa— Morelia queda libre de tragamonedas en algún punto de 2028, justo cuando ya haya otro gobierno que pueda echarle la culpa al anterior.
Lo verdaderamente notable es la geografía. La zona norte del Centro Histórico. Es decir: no están escondidas en una bodega de la periferia detrás de una puerta falsa. Están en el corazón de una ciudad Patrimonio de la Humanidad, sobre la avenida por la que pasan las procesiones, los desfiles, los tours guiados y, presumiblemente, cada funcionario municipal camino a su oficina. Todos los días. Durante años. Y apenas se "detectaron".
Uno se imagina la escena institucional: el secretario del Ayuntamiento asomándose a la ventana, señalando con el dedo y diciendo, con genuina sorpresa, "oiga, ¿eso que hace pin-pin-pin desde 2019 será una tragamonedas?". Y todo el gabinete guardando un respetuoso silencio.
El detalle no menor: mientras el aparato de seguridad del Estado mexicano se concentra en una calle del Centro para llevarse maquinitas, en la carretera Morelia–Quiroga, en el crucero de El Correo, un grupo de sujetos armados intentaba llevarse un tractocamión amenazando al conductor. Distinto departamento, mismo presupuesto, muy distinta urgencia.
Que quede claro: cumplir una orden judicial está bien. Aplicar la ley está bien. El chiste no es que hayan actuado; el chiste es la aritmética. Ochenta puntos identificados, un local intervenido, y un comunicado redactado con el tono de quien acaba de desmantelar un cártel internacional del azar.
Los otros setenta y nueve, por lo pronto, siguen operando con la tranquilidad de quien sabe leer un calendario. Y con el consuelo de que, en esta ciudad, ser detectado y ser molestado son dos trámites completamente distintos, con ventanillas separadas y horarios que nunca coinciden.
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