El socavón de la Del Valle no apareció: hizo carrera
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Diez metros de largo por cuatro y medio de profundidad. Eso mide el nuevo integrante de la colonia Del Valle, ubicado entre Concepción Béistegui y Adolfo Prieto, producto de una tubería rota. Los vecinos reportan que el hoyo se abrió la noche del miércoles, pero también aclaran algo que debería estar tatuado en el escudo de la ciudad: el pavimento llevaba meses hundido, y en el centro tenía un orificio pequeño que fue creciendo.
O sea que el socavón no fue un accidente. Fue una carrera. Empezó de becario —un hoyito modesto, casi tímido, de esos que uno esquiva con la llanta y se olvida—, fue ascendiendo con paciencia, cumplió metas trimestrales, y anoche por fin llegó a director general. Diez metros. Con vista a la banqueta. Nadie asciende así de rápido sin padrino, y su padrino es el mismo de siempre: la costumbre de no arreglar nada mientras quepa un coche.
Hay una regla no escrita del urbanismo capitalino: un desperfecto solo existe cuando cabe una camioneta adentro. Antes de eso es "un detallito". El hundimiento con orificio central es, en realidad, un sistema de aviso perfecto, una alarma que la ciudad instaló gratis, y que llevamos décadas usando como decoración. Es como el foquito del tablero del coche: parpadea meses, lo ignoras, y un día el motor decide jubilarse en Periférico.
Lo que sigue es previsible como misa de domingo: ya empezó la reparación. Vendrán las mallas naranjas, los conos que se roban, el letrero de "disculpe las molestias, trabajamos para usted" —el haiku oficial de esta ciudad—, el desvío que dura tres semanas más de lo prometido y, al final, un parche de asfalto de un tono distinto al resto de la calle, como cicatriz mal cosida, que en dos temporadas de lluvia volverá a hundirse un poquito. Y en el centro, discreto, aparecerá otra vez un orificio pequeño. Un becario nuevo. Con ambiciones.
Y conste: no es que la ciudad no invierta. Ahí está el plan de siete mil millones de pesos para drenaje, los tanques tormenta, los colectores. Todo cierto y todo necesario. El problema es que la infraestructura subterránea de esta capital tiene edad de jubilarse con pensión completa, y nosotros la tratamos como si fuera un chavo de veintitantos al que puedes exigirle todo sin darle mantenimiento ni vacaciones.
Mientras tanto, los vecinos de la Del Valle tienen ahora una atracción. Que le pongan cadena, cobren veinte pesos y organicen tours nocturnos. Con lo recaudado, quizá alcance para la tubería.
O sea que el socavón no fue un accidente. Fue una carrera. Empezó de becario —un hoyito modesto, casi tímido, de esos que uno esquiva con la llanta y se olvida—, fue ascendiendo con paciencia, cumplió metas trimestrales, y anoche por fin llegó a director general. Diez metros. Con vista a la banqueta. Nadie asciende así de rápido sin padrino, y su padrino es el mismo de siempre: la costumbre de no arreglar nada mientras quepa un coche.
Hay una regla no escrita del urbanismo capitalino: un desperfecto solo existe cuando cabe una camioneta adentro. Antes de eso es "un detallito". El hundimiento con orificio central es, en realidad, un sistema de aviso perfecto, una alarma que la ciudad instaló gratis, y que llevamos décadas usando como decoración. Es como el foquito del tablero del coche: parpadea meses, lo ignoras, y un día el motor decide jubilarse en Periférico.
Lo que sigue es previsible como misa de domingo: ya empezó la reparación. Vendrán las mallas naranjas, los conos que se roban, el letrero de "disculpe las molestias, trabajamos para usted" —el haiku oficial de esta ciudad—, el desvío que dura tres semanas más de lo prometido y, al final, un parche de asfalto de un tono distinto al resto de la calle, como cicatriz mal cosida, que en dos temporadas de lluvia volverá a hundirse un poquito. Y en el centro, discreto, aparecerá otra vez un orificio pequeño. Un becario nuevo. Con ambiciones.
Y conste: no es que la ciudad no invierta. Ahí está el plan de siete mil millones de pesos para drenaje, los tanques tormenta, los colectores. Todo cierto y todo necesario. El problema es que la infraestructura subterránea de esta capital tiene edad de jubilarse con pensión completa, y nosotros la tratamos como si fuera un chavo de veintitantos al que puedes exigirle todo sin darle mantenimiento ni vacaciones.
Mientras tanto, los vecinos de la Del Valle tienen ahora una atracción. Que le pongan cadena, cobren veinte pesos y organicen tours nocturnos. Con lo recaudado, quizá alcance para la tubería.