El SIAPA comprará un radar para hallar los hoyos que ya conocemos de memoria
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Gran noticia para la ciencia tapatía: el SIAPA anunció que alista camiones equipados con radar para detectar socavones y otras irregularidades en el subsuelo. Solo falta un detallito administrativo: que la CONAGUA suelte los fondos. Es decir, tenemos el plan, tenemos la ilusión y tenemos los hoyos. Falta el dinero, que en este país es como el agua del Santiago: existe, pero uno preferiría no acercarse a ver de dónde viene.
El director del organismo explicó que los equipos harán sondeos en el subsuelo para identificar oquedades, y que se destinarán a las zonas de la ciudad con infraestructura más antigua. Ahí está el chiste involuntario: en Guadalajara, 'infraestructura más antigua' es prácticamente un sinónimo de 'infraestructura'. Vamos a mandar el radar a recorrer el centro histórico y va a regresar pitando como detector de metales en un cementerio.
Uno agradece la tecnología, de veras. Pero permítanos la modesta observación: el socavón tapatío no es un fenómeno oculto que requiera ondas electromagnéticas. El socavón se anuncia solo. Primero un bordito. Luego una grieta con carácter. Luego el vecino pone una llanta pintada de blanco, una rama, un palo con trapo rojo y ya, la ciudadanía instaló su propio sistema de alerta temprana sin licitación, sin radar y sin presupuesto federal. Si el SIAPA quiere ahorrarse los camiones, que contrate a la señora de la esquina que lleva ocho meses tomándole fotos al hundimiento.
En Puerto Vallarta, mientras tanto, los vecinos hicieron el trabajo de campo: reportaron un socavón enorme junto a la unidad deportiva Agustín Flores Contreras, y advirtieron que en temporada de lluvias el agua tapa el hoyo y ya no se aprecia ni su profundidad ni sus dimensiones. Metodología cero pesos, resultados inmediatos. El área, dicen, la transitan familias, estudiantes y deportistas. O sea, público cautivo para el experimento.
El problema de fondo, nunca mejor dicho, es que detectar no es reparar. Podemos terminar con un mapa espectacular, en alta resolución, con todos los huecos del subsuelo metropolitano marcaditos en colores bonitos, y luego descubrir que el presupuesto se acabó en el mapa. Sería el documento más honesto jamás producido por la administración pública jalisciense: un atlas del vacío.
Así que bienvenido el radar. Ojalá llegue. Ojalá venga acompañado de una cuadrilla, cemento y ganas. Y ojalá algún día la ciudad presuma no cuántos socavones detectó, sino cuántos cerró. Mientras tanto, la ciudadanía seguirá usando el método tradicional: manejar despacio, rezarle a la Zapopana y esquivar.
El director del organismo explicó que los equipos harán sondeos en el subsuelo para identificar oquedades, y que se destinarán a las zonas de la ciudad con infraestructura más antigua. Ahí está el chiste involuntario: en Guadalajara, 'infraestructura más antigua' es prácticamente un sinónimo de 'infraestructura'. Vamos a mandar el radar a recorrer el centro histórico y va a regresar pitando como detector de metales en un cementerio.
Uno agradece la tecnología, de veras. Pero permítanos la modesta observación: el socavón tapatío no es un fenómeno oculto que requiera ondas electromagnéticas. El socavón se anuncia solo. Primero un bordito. Luego una grieta con carácter. Luego el vecino pone una llanta pintada de blanco, una rama, un palo con trapo rojo y ya, la ciudadanía instaló su propio sistema de alerta temprana sin licitación, sin radar y sin presupuesto federal. Si el SIAPA quiere ahorrarse los camiones, que contrate a la señora de la esquina que lleva ocho meses tomándole fotos al hundimiento.
En Puerto Vallarta, mientras tanto, los vecinos hicieron el trabajo de campo: reportaron un socavón enorme junto a la unidad deportiva Agustín Flores Contreras, y advirtieron que en temporada de lluvias el agua tapa el hoyo y ya no se aprecia ni su profundidad ni sus dimensiones. Metodología cero pesos, resultados inmediatos. El área, dicen, la transitan familias, estudiantes y deportistas. O sea, público cautivo para el experimento.
El problema de fondo, nunca mejor dicho, es que detectar no es reparar. Podemos terminar con un mapa espectacular, en alta resolución, con todos los huecos del subsuelo metropolitano marcaditos en colores bonitos, y luego descubrir que el presupuesto se acabó en el mapa. Sería el documento más honesto jamás producido por la administración pública jalisciense: un atlas del vacío.
Así que bienvenido el radar. Ojalá llegue. Ojalá venga acompañado de una cuadrilla, cemento y ganas. Y ojalá algún día la ciudad presuma no cuántos socavones detectó, sino cuántos cerró. Mientras tanto, la ciudadanía seguirá usando el método tradicional: manejar despacio, rezarle a la Zapopana y esquivar.