San Miguel tendrá el Home Depot más bonito de México, y eso ya lo explica todo
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El alcalde Mauricio Trejo anunció que San Miguel de Allende tendrá el Home Depot más bonito de México. No el mejor surtido. No el más barato. El más bonito. Y en esa jerarquía de adjetivos está condensada toda la filosofía urbana del pueblo mágico más caro del país.
El proyecto se anunció desde abril de 2025 y apenas ahora recibió luz verde municipal, luego de que la empresa modificara su imagen corporativa, su diseño arquitectónico y sus criterios de sustentabilidad para adaptarse a la identidad sanmiguelense. Traducción del comunicado al español: le quitaron el naranja, le pusieron cantera y ya pasó el examen de admisión.
Hay que reconocer el mérito estético. San Miguel lleva décadas defendiendo con uñas y dientes su paleta de colores, y la disciplina ha funcionado: la ciudad es genuinamente hermosa y el turismo internacional lo confirma con la cartera. Pero el episodio revela algo más divertido, que es la naturaleza exacta del trato. La conservación del patrimonio en San Miguel no consiste en decidir qué se construye, sino en decidir de qué color se construye. Ninguna cadena global tiene problema con eso. Una empresa transnacional puede cambiar de tono corporativo en una tarde y no le duele nada. Lo que jamás negocia es el metro cuadrado.
Así que el municipio se sentó a la mesa con toda su autoridad soberana, y el resultado de la negociación fue una paleta de color y unos criterios de sustentabilidad. Digamos que no fue exactamente el Tratado de Westfalia.
Y sin embargo, hay que ser justos: la tienda hace falta. Los sanmiguelenses de carne y hueso —los que viven ahí todo el año, no los que aterrizan en diciembre— también necesitan comprar cemento, tubos y una llave de lavabo sin peregrinar a Querétaro. La ciudad no puede ser exclusivamente un escenario. Alguien tiene que reparar los techos de las casas coloniales que tanto se fotografían, y ese alguien necesita ferretería.
El problema no es la tienda. El problema es el criterio con el que se decide. Porque si el estándar municipal es la armonía visual, entonces cualquier cosa entra con tal de vestirse de cantera. Un centro comercial con arcos, un estacionamiento con fachada virreinal, una franquicia de hamburguesas con herrería forjada. La ciudad conserva su postal intacta mientras cambia por dentro por completo, que es exactamente cómo se muere un pueblo sin que nadie se dé cuenta: se ve idéntico en las fotos.
En el mismo San Miguel, mientras tanto, sucede algo que sí merece el adjetivo bonito y casi nadie lo presume: tras catorce años de planeación, Audubon de México impulsa doce murales y un corredor ambiental en el Arroyo Las Cachinches, para promover biodiversidad y recuperar espacio público. Catorce años de trabajo comunitario contra quince meses de trámite corporativo. Adivine cuál de los dos proyectos abrió primero la conferencia de prensa.
Que conste: nadie se opone al taladro. Solo pedimos que cuando se inaugure el pasillo de plomería, alguien recuerde que la identidad de un pueblo no vive en el color de la fachada. Vive en quién puede seguir pagando la renta detrás de ella.
El proyecto se anunció desde abril de 2025 y apenas ahora recibió luz verde municipal, luego de que la empresa modificara su imagen corporativa, su diseño arquitectónico y sus criterios de sustentabilidad para adaptarse a la identidad sanmiguelense. Traducción del comunicado al español: le quitaron el naranja, le pusieron cantera y ya pasó el examen de admisión.
Hay que reconocer el mérito estético. San Miguel lleva décadas defendiendo con uñas y dientes su paleta de colores, y la disciplina ha funcionado: la ciudad es genuinamente hermosa y el turismo internacional lo confirma con la cartera. Pero el episodio revela algo más divertido, que es la naturaleza exacta del trato. La conservación del patrimonio en San Miguel no consiste en decidir qué se construye, sino en decidir de qué color se construye. Ninguna cadena global tiene problema con eso. Una empresa transnacional puede cambiar de tono corporativo en una tarde y no le duele nada. Lo que jamás negocia es el metro cuadrado.
Así que el municipio se sentó a la mesa con toda su autoridad soberana, y el resultado de la negociación fue una paleta de color y unos criterios de sustentabilidad. Digamos que no fue exactamente el Tratado de Westfalia.
Y sin embargo, hay que ser justos: la tienda hace falta. Los sanmiguelenses de carne y hueso —los que viven ahí todo el año, no los que aterrizan en diciembre— también necesitan comprar cemento, tubos y una llave de lavabo sin peregrinar a Querétaro. La ciudad no puede ser exclusivamente un escenario. Alguien tiene que reparar los techos de las casas coloniales que tanto se fotografían, y ese alguien necesita ferretería.
El problema no es la tienda. El problema es el criterio con el que se decide. Porque si el estándar municipal es la armonía visual, entonces cualquier cosa entra con tal de vestirse de cantera. Un centro comercial con arcos, un estacionamiento con fachada virreinal, una franquicia de hamburguesas con herrería forjada. La ciudad conserva su postal intacta mientras cambia por dentro por completo, que es exactamente cómo se muere un pueblo sin que nadie se dé cuenta: se ve idéntico en las fotos.
En el mismo San Miguel, mientras tanto, sucede algo que sí merece el adjetivo bonito y casi nadie lo presume: tras catorce años de planeación, Audubon de México impulsa doce murales y un corredor ambiental en el Arroyo Las Cachinches, para promover biodiversidad y recuperar espacio público. Catorce años de trabajo comunitario contra quince meses de trámite corporativo. Adivine cuál de los dos proyectos abrió primero la conferencia de prensa.
Que conste: nadie se opone al taladro. Solo pedimos que cuando se inaugure el pasillo de plomería, alguien recuerde que la identidad de un pueblo no vive en el color de la fachada. Vive en quién puede seguir pagando la renta detrás de ella.